La bacanería

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CÉSAR LÓPEZPor. César López

Twitter: @cesarlopez_

Buena gente, parchado, todo bien y chévere podrían ser comportamientos que describen a un bacán, una persona que ‘le pega’ a la bacanería. Pero a veces la bacanería es mal entendida y se confunde con ‘hagámonos pasito’ y colaborarle al otro, una línea que dejó de ser delgada para ser ampliada y convertirse en un desparpajo total, donde la flexibilidad y la tolerancia se encuentran diluidas en un comportamiento mediocre y extremadamente permisivo. Uno podría pensar que la bacanería es propia de los calentanos, y que contrario a lo anterior, puede ser una virtud; pero cuando este tipo de vínculo solidario se aplica para el cumplimiento de normas y compromisos, deja de serlo.

Soy de los que defiende a capa y espada lo sencillo, breve y poco adornado como comportamiento, pero de ahí a tener que ceder a los acuerdos solo por un dedo pulgar levantado para ser un bacán, hay mucha diferencia. Prestame, llevame, dejame, entre otras peticiones lo vuelven a uno aparentemente un bacán, pero más bien llegan a explorar el atrevimiento y propagar que para la bacanería no hay límites ni topes, y ahí es donde empieza a ser motor de un comportamiento para estancarse.

Entonces al profesor bacano los estudiantes le llegan tarde y no le entregan los trabajos a tiempo, es más, piden que no les dejen trabajos o que sean en parejas. Al jefe bacano sus subordinados le piden permisos constantemente y todo queda para mañana. Es ahí cuando la bacanería se abre espacios entre nuestro día a día para congelar el tiempo, hacer que no pase nada y no nos deja. La bacanería es tan peligrosa, que también sirve para pedir rebajas, pedir favores y permitir que llegue una vez más y para siempre la vieja premisa de un bacán: “Es la última vez”.

Pedir que lo dejen colar en la fila, que le den plata y que le den copia en un trabajo son códigos de bacanería que se sellan con la mano empuñada y levantando el dedo gordo, eso casi que no falla. Estamos en un ambiente bacano, lo vivimos todo el tiempo; un gran espacio lleno de excusas y de hablar en términos de “la verdad es que…” o “para serte sincero…”. Es el juego de “colabóreme, que yo le colaboro”, “no vuelve a pasar” y “no seás chimbo”.

Todo esto porque somos del trópico, cálidos y bacanes, pero nuestra infinita permisibilidad y flexibilidad, acompañada de una gran amnesia y memoria selectiva, hace que seamos sumamente mediocres; tanto, que en tierras de bacanes una simple lluvia es excusa para no ir o llegar tarde a todo. Relajados, así son los bacanes, antes ‘buena papa’ y ahora ‘una madre’, todos frescos y sin estrés, porque habitamos el espacio de las posibilidades infinitas y donde todos se arregla hablando. Para el bacán siempre hay una posibilidad y una excepción, no importa el tema, porque le encuentra ‘el quiebre’ a todo.

Yo prefiero bajarle a la bacanería y subirle a la seriedad, saber qué sigue y entender que a veces no es no y listo. Se gana, se pierde, así es la vida de verdad pa’ Dios y nosotros nos inventamos vainas para ser más sociables y llamativos, pero en últimas  estamos perdiendo, cada vez somos menos competitivos y confiables. Todo tiene un límite, quedar mal no está bien, porque bacán no es lo mismo que pendejo, así como bacán tampoco es lo mismo que avispado y astuto. Nosotros mismos no estamos quedando en nuestra tela bacana y nos estamos enredando, las cosas en serio salen adelante siendo serios y responsables, lo cual no debería reñir con ser un auténtico bacán.

Por eso como dice la Chimoltrufia, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, debemos trabajar de forma responsable, con actitud positiva y siendo responsables de nuestros actos y asumiéndolos, para no quedarnos por fuera sin partir del hecho que por ser unos bacanes debemos romper nuestros acuerdos y faltarnos al respeto.

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