La cita. Un relato de Santiago Jimenez

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Por lo general, en un relato los hechos son difusos. No se sabe dónde empiezan y mucho menos dónde terminan.

La cita

 Por Santiago Jiménez Quijano

@Santiagojq

 

El restaurante era una de esas nuevas propuestas que estaban invadiendo la ciudad y que seguían el mismo patrón: nombres rimbombantes, porciones diminutas en platos enormes y precios exorbitantes. Patricia lucía un vestido que dejaba los hombros descubiertos y se había recogido una parte del pelo con un gancho (que a Eduardo le pareció que la hacía ver aún más joven), dejando que el resto bajara liso y ligero hasta su cuello. Eduardo había reservado un lugar con vista al patio interior de la casa, en cuyo centro había un inmenso mango. Cuando se sentaron, Patricia sacó el celular y lo puso sobre la mesa.

Eduardo inició la conversación preguntándole generalidades de la vida para poder contar algunos aspectos de la suya propia. Ella alcanzó a decir que sus padres eran sobreprotectores y que el nuevo trabajo en la empresa era muy importante para ella. Él, que se había divorciado hacía poco y que trataba de rehacer su vida. Pero nunca pudieron intercambiar más de dos ideas, porque la charla era constantemente interrumpida por el sonido agudo y como de campana que salía del celular de Patricia y que parecía obligarla a fijar su atención en él y a deslizar sus dedos sobre la pantalla. Cada interrupción desconcertaba un poco más a Eduardo, que perdía el hilo de la conversación iniciada y se iba quedando sin temas para seguir hablando. No podía creer que estuviera perdiendo la batalla por captar la atención de un ser humano, con un teléfono. En algún momento quiso decirle que lo guardara, pero ante el apego de la muchacha por el aparato, prefirió no hacerlo, no supo cómo reaccionaría ella a un pedido así.

El camarero llegó con la carta y Patricia hizo una pequeña broma por los nombres de los platos. Eduardo pensó que ésta era su última oportunidad de establecer una comunicación fluida con su cita. Podrían burlarse del restaurante, del arribismo de la propuesta de fusión gastronómica entre las cocinas vallecaucana y thai, jactarse de que no era sino otra forma de explotar a la nueva clase emergente de Cali y echarse la culpa por haberla llevado a un sitio así, en fin, burlarse de sí mismo, la antigua fórmula para encantar a una mujer. Pero cuando empezó a hablar, el sonido de campanas se hizo presente de nuevo y Patricia desvió su mirada hacia la superficie luminosa sobre la mesa.

―Es Ana María.

―¿Quién?― preguntó él.

―La niña de contabilidad.

―Ahh…

―¿Le puedo decir que estamos comiendo juntos?

―Decile lo que querás.

Patricia debió haber notado la brusquedad en el tono de Eduardo ―que se arrepintió inmediatamente de su respuesta, porque que abría la posibilidad de que en la empresa se enteraran de lo que estaba pasando―, pero el afán por responder el mensaje de su amiga no se lo permitió. Tecleó algo con sus dedos pulgares y luego de unos segundos, en los que mantuvo la vista fija sobre la pantalla, el celular gritó de nuevo anunciando la reacción de Ana María y ella soltó una pequeña risita pícara. Eduardo ni siquiera se molestó por preguntarle cuál era la broma.

Cuando llegó la comida, Patricia expresó su sorpresa, de forma socarrona, por lo pequeño de las porciones. Pero Eduardo ya no estaba de humor para responderle, así que se limitó a componer un gesto amable y a mirar hacia el árbol del patio. Recordó una época en la que todas las casas en Cali tenían sembrado un mango y se preguntó si las mujeres de la edad de Patricia lo sabrían o si les importaría. Ella, mientras tanto, le sacaba una foto al plato y se disponía a publicarla entre sus amigos, excitada ante la posibilidad de volverse interesante por un segundo. Ahora tenía el teléfono en la mano todo el tiempo, a un lado de su rostro, y reía constantemente ante la pantalla.

Terminaron de comer y Eduardo pidió la cuenta. Mientras el mesero se alejaba con los billetes, ellos se ponían de pie. Patricia guardó el celular y miró, sonriente, a Eduardo. Fue la primera vez que pudo verla a los ojos más de un segundo. Patricia le dio las gracias por la invitación y por haber salvado su puesto en la empresa.

―Tenemos que repetirlo. Pero la próxima pago yo.

Él quiso decirle que por nada del mundo repetiría una experiencia como aquella, pero nuevamente apareció el sonido agudo que había sido su tortura durante la velada, y Patricia se puso a rebuscar el celular obsesivamente dentro de su cartera. Cuando lo tuvo de nuevo en sus manos, fue como si le volviera la vida. Se quedó mirando la pantalla en silencio y en esa posición dio la vuelta hacia la salida.

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