La columna

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Por esa época, me partía los sesos encontrando historias para llenar las mil palabras de la columna que mi amigo Sánchez me había ofrecido luego de ver las condiciones en las que estaba viviendo. La paga no era buena, pero lo importante, decía él, era la oportunidad que me estaba dando para que la gente me conociera. Al principio todo marchaba de maravilla. Las anécdotas se amontonaban en mi cabeza y tenía que estar sentado casi todo el día frente al computador para sacarlas y aprovechar aquel torrente de situaciones y personajes que fluía sin parar. En poco tiempo escribí relatos suficientes para los próximos cuatro meses. Antes del día de entrega, sólo tenía que afinar algunos detalles, quitar o poner unas comas y quedaban listos para la publicación.

A pesar de la facilidad con la que estaba escribiendo, me vi en la necesidad de dejar de trabajar en mi tercera novela, que ya iba por la mitad y que me sacaría, esta sí, del anonimato. Era sobre un hombre que volvía a ver a su hijo quince años después de haberlo abandonado. El hijo era un sicópata y estaba dando sus primeros pasos para convertirse en asesino en serie. De hecho, su primera víctima sería su recién descubierto papá, a quien pensaba envenenar con cianuro. Intenté trabajar en ambos proyectos al tiempo, pero al final tuve que desistir y abandonar la novela, al menos temporalmente. El tono del libro se perdía en el de los relatos, los personajes se mezclaban, el ritmo se confundía. Fue una decisión difícil de tomar, pero tuve que aceptar que lo de la columna, por más precario que fuera, era real, me dejaba algo de dinero y lo del éxito de mi tercer libro era solo una especulación.

Las dos novelas anteriores las había escrito con el mismo entusiasmo y las había enviado a todos los concursos que había podido, gastándome el poco dinero que debía usar para comer o vestirme bien, pero hasta ahora no había ganado ninguno. Había quedado de finalista en un par de ocasiones, pero eso no me aseguraba nada, ni siquiera un cheque con una suma simbólica. Mis amigos me decían que con esos resultados podría ir a las mejores editoriales y asegurarme que publicaran mis novelas, pero yo sabía que eran unos chupasangres y que me mantendrían en la ruina y yo lo que quería era escribir para comer y vivir bien.

Lo que sí hice fue investigar sobre la muerte con cianuro, para estar preparado cuando retomara la novela y llegara al episodio del asesinato. Compré un poco de cianuro de potasio para sentir su olor almendrado y experimentar lo que es tener un veneno a la mano. Averigüé sobre los síntomas de su ingesta y cómo llegaba finalmente la muerte. Al principio se sienten fuertes dolores de cabeza, acompañados de somnolencia. Poco después llega el vértigo, el ritmo cardiaco y la respiración se aceleran, la cara se pone roja y hay náuseas y vomito. Todo esto deriva en convulsiones y dilatación de las pupilas; la piel se pone fría y húmeda, el ritmo cardiaco se acelera aún más y la respiración se vuelve superficial. La sensación que se experimenta es de quemazón interna y ahogo. En la fase final, la temperatura del cuerpo sigue bajando y la cara, los labios y las extremidades se tornan azules; el pulso se vuelve lento e irregular y la persona cae en coma y muere por un paro respiratorio.

Pensé que, incluso, la información podría servirme para escribir un relato. El tiempo había seguido pasando y me acercaba al punto en el que la primera colección de textos se agotaba. Necesitaba escribir de nuevo, pero nada se me ocurría. Me engañaba diciendo que cuando la presión por entregar fuera insoportable, las historias volverían a mí. Ese momento llegó, y no fue como esperaba. Escasamente lograba terminar a pocas horas del límite, después de un esfuerzo mental que me dejaba desecho y de haber pasado horas frente al computador sin escribir nada.

La columna había obtenido cierto prestigio. A la gente le gustaba y Sánchez me presionaba para que no bajara la calidad. Le dije que me estaba exprimiendo creativa y económicamente. Pero no respondió, no dijo nada de pagarme un poco mejor por lo que estaba haciendo. Claro que en ese punto ya no estaba seguro de que un aumento solucionaría mi problema. Yo no creía en la inspiración sino en el trabajo. Pero para crear necesitaba que mi mente llegara a un estado apropiado y eso solo lo lograba estimulando el espíritu en la forma adecuada. En los primeros meses había descuidado esta norma, pues no había sido necesaria, pero cuando me di cuenta de que no podía escribir con la facilidad de antes, volví al método que siempre me había funcionado: fui a conciertos de jazz, volví a leer a los clásicos, disfruté de ininteligibles películas ganadoras de festivales europeos. Pero era demasiado tarde. Seguía siendo extremadamente difícil poner tres palabras juntas en el papel. Entonces hice lo que hacen todos los artistas desesperados: me entregué al alcohol. Durante unas semanas, mientras me alcanzó el dinero para inundar mis venas de whisky, escribí algunos relatos no tan malos, aunque de forma atropellada. Cuando se acabaron los ahorros y los préstamos, tuve que descender a las drogas. Lejos de recuperarme, la esterilidad creativa se profundizó y, para empeorar, me había convertido en un guiñapo. Vivía con un malestar físico permanente y una irritabilidad a toda prueba. No pude volver a encontrar la calma necesaria para escribir y lo poco que tecleaban mis dedos era cada vez más confuso.

Ante los insistentes reclamos de Sánchez por la falta de calidad de los relatos, me defendía diciéndole que ahora mi literatura era experimental, pero la verdad es que mis textos eran incoherentes y absurdos. Sánchez me dijo que los lectores se estaban quejando, que hiciera algo para volver a lo de siempre. Yo le dije que estaba evolucionando como artista, que no podía estancarme en las estructuras que habían funcionado antes y que el público tendría que evolucionar conmigo o abandonarme. Pero Sánchez no se tragó mis excusas llenas de prepotencia y me advirtió que, de seguir así, iba a perder la columna. Mejor, le dije. Así podría volver a trabajar en la novela que me haría famoso. Pero yo sabía que estaba acabado y que en el estado en el que me encontraba no podría terminarla.

Una tarde de visita, viendo que mi vida y el apartamento en el que vivía se caían a pedazos, Sánchez me dijo que se sentía mal por mí, pero que me dejara de pendejadas. Era un ultimátum. La gente del periódico estaba cansada de mis narraciones incomprensibles. Me pidió que volviera a lo básico, a lo que le gustaba al público promedio y a lo que podía entender. A todo el mundo le gustan las historias de amor o donde hay un asesinato, me dijo. En lugar de enfurecerme por decirme lo que tenía que hacer, sus palabras tuvieron un efecto cataclísmico en mi ánimo. De pronto vi todo claro de nuevo. Le dije que tenía razón y le di las gracias. Sánchez, visiblemente conmovido por presenciar el efecto que habían tenido sus consejos, dijo que se alegraba por mí, que este sería un nuevo comienzo. Le pregunté si quería algo de tomar y dijo que quería un café. Fui a la cocina a prepararlo. En la despensa estaba el pequeño frasco con cianuro de potasio. Tomé un poco y lo mezclé con el azúcar de su taza. Salí de nuevo y al ver a Sánchez sentado, estirando la mano para tomar la bandeja, supe que escribiría el mejor relato de cuantos había escrito hasta ese día.

Santiago Jiménez

@santiagojq

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