La confianza no se logra con la difusión de los acuerdos

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@VillanoJair

Hace bien el Gobierno Nacional al difundir los acuerdos a los que se ha llegado –hasta el momento– con la delegación de las Farc.

Pero no es suficiente.

La transparencia de la que habla Santos y la confianza que cree que podrá generar la difusión de estos puntos se logra con otro tipo de mecanismos.  Está bien que se puedan leer los acuerdos, pero hay que pensar en quién tiene el tiempo para sentarse a analizar los mismos y desde que circunstancia socioeconómica lo hace, evidentemente a una persona que trabaja doce horas diarias por sacar adelante a los suyos no le queda tiempo de leer mamotretos engorrosos y atestados de tecnicismos, la confianza de la gente que no vive sino que sobrevive no se gana con la difusión de acuerdos parciales, si ellos –que deben esperar con exagerada antelación que se abran las puertas del hospital para solicitar una cita –saben que este país está lleno de acuerdos que no se cumplen, si los habitantes de la urbe se quejan por las constantes falencias del Estado, imagínese lo que pasa en zonas donde la ausencia de este prevalece; pregunto entonces ¿para qué son la difusión de los puntos negociados?:¿Para generar la confianza de los habitantes corrientes o para callar las insidiosas aseveraciones de la oposición que se aprovecha de los incautos para generar temor con vaguedades como la supuesta implementación del Castro-Chavismo?

La confianza y la transparencia se podrían lograr hablando claro; ¿y cómo? Uno, dejándose de juegos semánticos. Precisándole a la opinión pública, de una vez por todas, que con lo que se negocia en La Habana no se busca la paz sino la cesación pacífica del conflicto armado, que no se va a acabar la violencia pero que sí  podría disminuir. Ya la campaña presidencia pasó, de manera que es momento de esclarecer los maquillajes pintados en el discurso. Hay que hablar claro y no dejar cabos sueltos, ¡¿cómo así que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”?! ¿Quiere decir eso que si no se logra firmar el acuerdo general los cambios y las reformas para, digamos, el campo no se van a ejecutar? Ya sé que son estrategias del lenguaje, pero precisamente por tratarse de este se puede, como de hecho se está haciendo, prestar para todo tipo de equívocos. Hay que clarificar el discurso y dejarse de artilugios lingüísticos.

Más utópico pero igual de necesario es la participación seria por parte de los medios de comunicación; hace poco tuve la oportunidad de escuchar a Francisco Miranda en el marco de la Cátedra Semana y el papel del periodismo en el Posconflicto, dijo cosas interesantes pero en líneas generales su presentación fue regular. Hablar del contenido de la revista Semana en el proceso es desde luego importante, pero dado que la revista es un producto que no está al alcance de todas las audiencias por cuenta de sus mismos contenidos y además de su precio, se hace imprescindible empezar a mirar el papel de  los medios tradicionales, es decir, de los medios que están al alcance de todas y todos. Son los más importantes –en un país en el que casi toda su población  tiene televisor– porque son los del contenido más malo; medios en donde la información está sin contexto –así en algunos noticieros insistan que se analiza desde todos los ángulos–, donde las declaraciones ardientes ocupan los titulares, donde no se hace análisis en una multiplicidad de eventos. (Dicho sea de paso, la hipocresía en este país abunda: Gustavo Gómez se queja (y no le falta razón) por el sesgado contenido que le imprime Morris al Canal Capital, pero no dice nada por los silencios  (el silencio es otra manera de sesgar) implantado por Luis Carlos Vélez y Rodrigo Pardo en sus respectivos medios.) A la opinión pública le hablan del Castro-Chavismo y el neoliberalismo, pero a nadie le parece importante explicar en qué consisten estos modelos, también de los óbices que podría generar el Derecho Internacional Humanitario y el Estatuto de Roma, y muchos no quedamos preguntando de qué se tratan esos marcos jurídicos; por eso insisto en que siguen de espaldas al país, hablan de perdonar y  lo cierto es que ni Santos ni Montealegre ni Cristo y ni siquiera Uribe, son los que tendrán que tener, en una eventual desmovilización, reinsertados como vecinos, compañeros de trabajo o como amigos de sus hijos; de ahí que el ejercicio de la contextualización del origen del conflicto, de sus vicisitudes y su complejidad es tan importante, porque con ello se logra atenuar los blancos y negros (o la dicotomía entre buenos y malos) que los criterios de noticia y noticiabilidad han incrustado a lo largo de los años.

Ahora, otro aspecto fundamental para generar confianza entre los colombianos es que se empiecen a crear políticas en función del país y no de unos pocos; no se necesita firmar un acuerdo para comenzar a paliar las adversidades de los colombianos, resulta amargo tener que aceptar que problemáticas que el Estado ha debido que solucionar hace rato, se tengan que discutir con un grupo que está al margen de la ley y de nuestra lábil democracia. Eso dice mucho de la clase de país que tenemos.

Es increíble que la sensatez parezca provenir de una organización que a juzgar por sus actos es sumamente vesánica; mientras Santos habla de un país de maravillas en la asamblea de la ONU, las Farc dicen que los acuerdos a los que se han llegado son importantes pero modestos, y es que mientras se siga propendiendo por la entrega de licencias ambientales exprés, por la implementación de actividades que perjudican el ecosistema, por reformas a la educación y al salud a medias y por una paupérrima consideración con las manifestaciones culturales, la confianza no va a mejorar.

Con esta andanada de incongruencias la confianza de los que desde el comienzo de las conversaciones hemos estado a favor se va minando, ya lo había advertido el senador Robledo antes de las elecciones “Yo no creo en la paz de Santos”. Estoy a punto de creerle.

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