La crisis del campo, ¿de quién es responsabilidad?

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Floro-Hermes-Gómez-PinedaFloro Hermes Gómez Pineda

Twitter: @Florohermes

De nuevo estamos ante un paro agrario. Esto significa dos cosas: que la solución que se le dio al paro anterior no se ha cumplido y que mucho se ha tenido que hacer mal para seguir en esta situación, dentro de la cual los colombianos nos hemos acostumbrado a escuchar, y parece que a aceptar (porque muy pocos dicen algo), “la economía va bien, pero el país va mal”.

Esta incongruencia, que no acepta un examen de lógica formal, debe ser explicada en primer lugar por el Ministerio de Agricultura que, en sus distintas rendiciones de cuentas, ha venido afirmando de la buena trasformación de la política agropecuaria del país, de los éxitos alcanzados, los cuales de manera insólita se expresan en dos paros agrarios, el escándalo de Agro Ingreso Seguro, los 44 años sin realizar un censo agropecuario, el 46.8% de los campesinos viviendo en la miseria, la falta de crédito agropecuario, las peores cosechas de café de la historia, la caída de precios en el azúcar y la panela, el freno al desarrollo de la palma con ministro palmicultor por la no definición en la política delas UAF, la no resolución del problema de los precios de los insumos, el crecimiento de las importaciones de alimentos en nombre de los TLC, el contrabando de productos de primera necesidad, la crisis de los cítricos que examiné en mi columna de 22 de junio de 2013 Nuestra producción de cítricos, en estado crítico, el hecho de que el Gobierno Nacional permita que el ingreso externo se robe el ingreso interno, como lo examiné en mi columna de febrero 24 El ingreso externo se roba nuestro empleo.

Estos problemas indican la ausencia del “Libro Blanco de la Agricultura de la República de Colombia” que diga cuál ha de ser nuestro modelo agrícola, que sea rentable y en el que quepan todos; es decir, estamos ante un claro ejemplo de qué es hacer política sin política, lo cual permite la incongruencia “la economía va bien, pero el país va mal”, que en tiempos electorales es de muy buen recibo para unos y otros, máxime cuando quienes están en paro enarbolan el lema “por la defensa del productor nacional y su dignificación laboral”, que a la demagogia y a la política agrícola paliativa le viene bien.

Pero, aquí no concluye todo. Existe un clima de incertidumbre con respecto a cómo se resolverá en los diálogos de La Habana la cuestión del derecho a la territorialidad, el reconocimiento de los campesinos como sujetos políticos, la sustitución de cultivos ilegales, el mercado de la tierra, las cadenas de comercialización.

En conclusión, en Colombia se hace política agraria sin política agropecuaria; es decir, que más allá de los problemas que alcancé a enumerar, los problemas de fondo son otros: uno estructural, ¿cuál ha de ser nuestro modelo de producción agropecuaria? O lo que es igual, una agenda agraria gubernamental.

Y, otro operacional, ¿cómo hacer que los productos que logremos se comercialicen? En otras palabras, una agenda intersectorial.

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