La entrega de notas

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Santiago Jiménez

@santiagojq

cuentos-e-emocionalLa entrega de notas de Alejandra es a las tres de la tarde. El colegio queda al otro lado de la ciudad, así que para llegar a tiempo necesito salir, al menos, con una hora de anticipación. En lo que va del año, he pedido tres permisos para dejar la oficina: la vez que tuve que llevar a urgencias a mamá; cuando se rompió el tubo del agua y se inundó el apartamento; y los dos días que me ausenté por aquel virus que me tiró en la cama. Aunque todos eran justificados, no creo que tenga una cuarta oportunidad. El jefe toma como una ofensa personal que uno se vaya antes de la hora indicada. Dice que equivale a abrir la caja fuerte de la empresa y sacar todo el dinero. Cuando volví, un día antes y todavía enfermo, de la incapacidad que me había dado el médico por el virus, dijo que rezara porque mi mamá no muriera en lo que quedaba del año, porque ni para ir a su entierro me daría permiso. Faltan cuarenta y siete días para el 31 de diciembre. Y supongo que para el jefe una entrega de notas no es tan importante como la muerte de mamá.

Pero para mí sí lo es.

Desde que ganó la patria potestad de Alejandra, Fanny nunca ha dejado que yo haga este tipo de tareas. Pero su nuevo novio la invitó a pasar vacaciones en Miami. Salieron hace tres días. Todavía resuena en mi cabeza el tono desafiante y de superioridad de sus palabras, diciéndome que por nada del mundo se me ocurriera dejar de asistir a la entrega de notas de la niña, que ya sabía ella los problemas que yo tenía con las responsabilidades. Aguanté sus acusaciones solo porque sabía que tendría una semana junto a mi hija. El veneno de su madre todavía no la ha contaminado y sigo siendo su héroe. Estos tres días viviendo juntos han sido como volver al paraíso. He sido el padre que ella siempre ha idolatrado y, en recompensa por ese comportamiento, he recibido de esa pequeña criatura toda la intensa locura del síndrome de Electra.

Para empeorar las cosas, el señor Jefferson acaba de llamar y ha dicho que puedo pasar a verlo a las cinco de la tarde. Le dije que no había problema. Llevo esperando esa reunión por más de seis meses. Si finalmente se ha decidido a hablar conmigo, pueden ser buenas noticias para mí y para la empresa. A esa hora, podría ir por las notas de Alejandra y llegar a la reunión a tiempo. El problema es que no le ha ido bien últimamente en el colegio. El psicólogo dice que es una reacción normal a la separación de sus padres. Y eso significa que puedo estar atrapado con la directora del curso un buen rato. Tendría que llegar a las tres en punto y ser atendido de inmediato, pero los otros padres no tienen jefes como el mío y pueden pedir medio día sin problema. Muchos, incluso, piden el día entero, alegando otras actividades, y llegan media hora antes de la cita, así que, aun llegando a las tres, podría encontrarme con cinco padres en la fila.

Decirle al jefe que la visita de trabajo es a las tres y tomarme el resto de la tarde, tampoco serviría. Sabe que las reuniones con el señor Jefferson, debido a sus múltiples ocupaciones, no duran más de veinte minutos. Me obligaría a volver al trabajo antes de poder ir a la reunión verdadera. Hace poco más de un mes, salí de visitar a un cliente a las cuatro. Como mi apartamento quedaba cerca y la oficina lejos, le pedí permiso para no volver al trabajo. Me hizo volver. Llegué a las cuatro y cuarenta y cinco y estuve sentado en mi escritorio, viendo la pantalla del computador, los últimos quince minutos de la jornada laboral.

Está, como siempre, la posibilidad de renunciar. Pero eso ni siquiera es una opción. El abogado limpió mis ahorros durante el divorcio, ahora debo pagar la pensión de Fanny, el arriendo del apartamento al que me tuve que mudar luego de la separación, la comida, las salidas con Alejandra, mil cosas más. Tendría que haber buscado un puesto en otra empresa, pero el trabajo no me ha dejado tiempo. Además, si lo del negocio con Jefferson sale bien, me espera una jugosa comisión que me permitirá retirarme al menos por un año. Eso, siempre y cuando no le dé motivos al Jefe para retirarme la cuenta. Parece imposible, después de lo que he trabajado por el cliente, pero casos se habían visto, así que lo mejor es no darle una excusa para que me releve.

Solo me queda arrastrarme hasta su oficina, como una babosa sumisa y arrepentida, y tratar de hacerle entender la situación. Respiro profundo y cierro los ojos, tratando de apartar mi ser del cuerpo que habita, para que no tenga que sufrir la humillación que estoy a punto de padecer. El timbre agudo que anuncia la llegada de un nuevo mensaje en el computador rompe la meditación. Abro los ojos y lo leo, más por aplazar diez segundos lo que me dispongo a hacer, que por un verdadero interés. Es del colegio. Por petición de varios padres ocupados, la entrega de notas ha sido aplazada para el sábado en la tarde.

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