La esclavitud del siglo XXI

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Juan Fernando Reyes Kuri

Un día cualquiera doña Magnolia se levantó mareada, podía caminar pero algo en su cuerpo no andaba bien. A los minutos comenzó a hablar trabada y ya no podía sostenerse de pie. El diagnóstico médico fue una isquemia cerebral, que es una “reducción del flujo sanguíneo cerebral hasta niveles que son insuficientes para mantener el metabolismo necesario para la normal función y estructura del cerebro”. Esto puede ocasionar la muerte o afectar la motricidad o puede causar la pérdida de capacidad de producir o comprender el lenguaje. Más exámenes vinieron y el diagnóstico empeoró. Tumores malignos en el hígado, un cáncer bastante avanzado. La recuperación de la motricidad y del lenguaje fue lenta pero llegó, al tiempo que el agresivo cáncer avanzaba.

Dos años duró Magnolia desde que se le enredó la lengua y en todo ese tiempo, incluso desde cuatro años atrás, no veía a su único hijo: Manuel. Él se había ido a Estados Unidos detrás del “sueño americano”, que no es otra cosa que mejores oportunidades para una vida digna.

Manuel no pudo asistir al entierro de su mamá y ella no lo pudo tener cerca en su enfermedad. Él no pudo salir de Estados Unidos porque no tenía “papeles”, era un inmigrante ilegal y prefirió quedarse con la ilusión de convertirse en ciudadano gringo y así tener plenos derechos. ¿Tener plenos derechos? Es la pregunta central de esta reflexión a propósito de la ley aprobada en el Senado de los Estados Unidos a favor de los inmigrantes, impulsada por un presidente que proviene de una familia de inmigrantes.

La Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada el 10 de diciembre de 1948 por más de 50 Estados habla de los derechos mínimos que todos tenemos tan solo por ser miembros de la especie humana,  “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Sin embargo, en pleno siglo XXI la esclavitud sí existe y se materializa en la restricción de los derechos de los inmigrantes.

Es cierto que los seres humanos ya no tienen cadenas físicas ni existe título de propiedad sobre alguna persona, pero en la práctica las cosas no distan mucho de aquellos siglos de barbarie.

No es justo por lo que tienen que pasar los inmigrantes, es indignante.  En Europa o Norteamérica tienen casi todos sus derechos limitados. Por ejemplo: les toca trabajar por largas jornadas por un salario muy inferior al que reciben los que tienen al día sus papeles, y muchos empresarios, conociendo su estatus migratorio, se aprovechan. Cuando un inmigrante se enferma de gravedad, sobre todo en Estados Unidos, le toca acabar con todos sus ahorros por los altos costos que tiene que pagar para ser atendido. ¿Se vive dignamente en esas condiciones? ¿Es justo que a los colombianos nos pidan visa para entrar a la mayoría de países del mundo? Espero que finalmente la Cámara de Representantes de Estados Unidos apruebe la mencionada ley, que ya pasó su correspondiente trámite en el Senado, pero el debate y las decisiones sobre el tema deben ser más profundas, completas y globales si en realidad el mundo está preocupado por los derechos de los seres humanos.

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