La falacia de la ‘desindustrialización’

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Esteban-PiedrahitaEn los últimos años ha hecho carrera entre economistas, líderes gremiales, columnistas y empresarios que Colombia sufre un proceso de desindustrialización acelerada el cual achacan, en diverso grado, a los efectos de la apertura y los TLC, el auge del sector minero-energético y la revaluación. Dicho fenómeno estaría comprometiendo la capacidad de la economía de generar desarrollo tecnológico, mejoras en productividad y empleo, al tiempo que la hace más vulnerable a los vaivenes de los precios de los productos básicos, configurando el cuadro clásico de la llamada enfermedad holandesa.

Aunque esta perspectiva recoge preocupaciones legítimas, no está corroborada por los hechos. Formular respuestas de política orientadas a enfrentar riesgos reales requiere un diagnóstico preciso y no caer en generalizaciones equívocas. Un punto de partida valioso para este propósito son los estudios de Juan Esteban Carranza, nuevo Gerente del Banco de la República en Cali y Director de su flamante Centro de Estudios sobre Economía Industrial e Internacional. En un documento de trabajo, Carranza, Ph.D. en economía de Yale, muestra cómo los datos de valor agregado (PIB) industrial en los que se basan muchos expertos para sus análisis son “engañosos” y que la industria colombiana antes que estancada está vivita y coleando.

Carranza afirma que es difícil determinar tendencias en el comportamiento histórico del valor agregado industrial pues las bases de cálculo del PIB han cambiado frecuentemente (‘75, ‘94, ‘00, ‘05). Las metodologías de medición del PIB han ido sofisticándose e incluyendo actividades antes excluídas o no debidamente capturadas, lo cual, de manera mecánica, reduce el peso porcentual de todos los otros rubros de la economía. Además reseña lo obvio, cuando hay un auge en algún sector (el minero-energético ha crecido a tasas cercanas al 10% anual en el país en los últimos tiempos), el peso relativo de todos los demás, incluyendo la industria, también se reduce en forma automática. Estos fenómenos estadísticos, que conducen a una caída natural en la relación PIB industrial/PIB, nada tienen que ver con “desindustrialización”.

Más aún, argumenta Carranza, el valor agregado o PIB industrial no resulta una medida idónea del tamaño de la industria en el tiempo, especialmente en un entorno de economía abierta como el de Colombia desde 1990. Con la internacionalización del país y la mayor exposición de las firmas nacionales a la competencia, se han generado incentivos crecientes a la “tercerización” de funciones, bienes y servicios no-estratégicos (ej. aseo, vigilancia, contabilidad, insumos, etc.), la “desintegración” vertical de las cadenas productivas y la especialización. Esto ha conducido a que una porción significativa de lo que antes se catalogaba como valor agregado “industrial”, ahora se clasifique en las cuentas nacionales como “servicios a las empresas”. De hecho, este último rubro del PIB ha experimentado un crecimiento importante en los últimos veinte años.

Al aplicar una medida que considera más precisa del tamaño de la industria, la producción bruta industrial (la cual incluye todos los eslabones de la cadena incluidos los “tercerizados”), Carranza encuentra que la misma creció a tasas bajas, pero positivas, en la década de los noventa y a tasas significativamente más altas, en torno al 3% anual, en la última década. El hecho de que entre 2001 y 2011, las exportaciones industriales aumentaron un 229% y el empleo industrial un 23%, corrobora que la última fue una buena década para la industria y eso que mediaron el desplome de las exportaciones a Venezuela (es peor la “enfermedad venezolana” que la “holandesa”) y la desaceleración económica de 2009.

Carranza concluye que el peso de la industria en la economía cayó algunos puntos en los noventa (apertura y crisis económica), pero se ha mantenido prácticamente estable desde el año 2000 (recuperación y auge minero-energético). Esto parecería indicar que la dinámica interna de la economía (mala en los noventas, buena en este siglo) tiene una incidencia mucho más representativa en la producción industrial que la revaluación, la internacionalización y los efectos indirectos del auge minero-energético.

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