La fiesta

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Por Santiago Jimenez

@santiagojq

Va a ser la mejor fiesta en la historia de este barrio. Nadie se va a quedar sin asistir, pero a mí solo me importa que vaya Nayerli. Por ella la organicé. Seguramente irá con Jerson, su novio, pero eso no me importa, al fin y al cabo yo también voy a llevar a Katya. No quiero ni imaginarme la cara que van a poner esas dos cuando se encuentren. Mentiras. Es lo que he estado imaginándome las última semanas. Les van a salir chispas de los ojos y en medio de la noche, cuando ya hayan pasado los mariachis y se haya quemado toda la pólvora, el show va a correr por cuenta de ellas, agarradas del pelo, tirando puños descontroladamente, dando vueltas por el piso. Lo van a hacer por mí, porque ambas me aman, aunque Nayerli sea incapaz de reconocerlo. En cambio, entre Jerson y yo no habrá problemas. Ambos sabemos cómo es la cosa y además no creo que él tenga el valor de enfrentarse conmigo.

Volviendo a la pelea de mis mujeres, espero que gane Nayerli. No sólo porque es más fuerte sino también porque es lo que quiero que ocurra. Eso me dará una razón para dejar a Katya. Le diré que es muy débil y que me ha humillado frente a todos. Ella no dirá nada. Sabe que el solo hecho de haber estado conmigo es más de lo que habría podido esperar en toda su vida. Entonces tendré el camino libre para volver con Nayerli. Jerson no podrá oponerse. Menos después de que su mujer haya demostrado ser más fuerte que él. Pero acá es donde van a comenzar los problemas. Porque aunque Nayerli me adora, no sé si quiere volver a estar conmigo. Lo que nos pasó fue muy fuerte. Yo pensé que nos iba a unir hasta la muerte, pero ella se derrumbó. Y yo hice lo que tenía que hacer, en mi posición, siendo el líder de tanta gente, no podía hacer otra cosa. Ella sabía cómo eran las reglas desde el principio, pero creo que esperaba que por su padecimiento yo me comportara de otra manera.

Después de lo que nos pasó, la abandoné a su suerte y eso estuvo mal, lo supe porque su presencia empezó a perseguirme todas las noches, antes de acostarme, y se me fue haciendo cada vez más difícil quedarme dormido. En mi trabajo es cuestión de vida o muerte que duerma al menos ocho horas diarias. De otra manera no puedo mantener la cierta claridad mental que me permita estar un paso delante de mis enemigos, detectar cualquier movimiento en contra, en fin,  estar alerta, pero la imagen de Nayerli no me dejaba pegar los ojos más de cuatro o cinco horas en toda la noche y durante el día me la pasaba adormilado y ausente. Eso me hizo tomar malas decisiones o tomar las buenas demasiado tarde. Me descuidé, no presté la suficiente atención a los detalles. Y las consecuencias estuvieron a la vista de todos: perdimos muchos hombres, mucho territorio. Los negocios empezaron a irse en picada, los grandes jefes a desconfiar de mi liderazgo. Les prometí que las cosas se iban a arreglar, a enderezarse. Me dieron una última oportunidad.

Nos fuimos por el barrio reclutando lo que se nos pasara por el frente. Pero en esas calles ya no quedaban hombres. Nos tocó echar mano de niños de doce y trece años. Parecíamos un kínder. Pero el experimento funcionó como nunca lo hubiera pensado. Esos niños de ahora son unas fieras, no le tienen miedo a nada y cuando uno los mira a los ojos es como si estuviera viendo al mismo Diablo. En menos de un mes recuperamos las esquinas, los negocios, los parques. Y entonces empezamos a expandir las fronteras. Yo seguía sin dormir muy bien, pero al menos estaba rodeado de personas que cubrían mis errores. Del viejo grupo sólo quedábamos unos pocos, pero gracias a la fiereza y a la entrega de los niños, pudimos ocuparnos entre varios de múltiples tareas que antes solo tenía que hacer yo.

Llegó una nueva era de oro. Los jefes estaban contentos y los chiquillos se conformaban con poco, parecía ser suficiente pago dejarlos estar a nuestro lado, encargándose del trabajo sucio. Para ellos era un juego. Las autoridades estaban más perdidas que nunca, no sabían qué hacer ante esta nueva situación. Y como ellos no podían reclutar niños, pues llevaban las de perder.

Así que todo iba bien, pero yo seguía pensando en Nayerli. Ni en uno solo de los momentos más extremos, buenos o malos, dejó de perseguirme su mirada adolorida el día que la dejé tirada en aquel cuartucho. Y ahora la iba a ver de nuevo. Sabía que estaría presente porque yo había organizado la fiesta y el que no fuera tendría que irse del barrio para no sufrir las consecuencias. Nayerli vivía en la misma casa de siempre y gracias a la protección que le di pudo seguir haciendo la vida que siempre quiso. Estudiar y esas cosas. Incluso di vía libre en el barrio para que si alguien quisiera cortejarla lo hiciera. Después de lo que había vivido conmigo, seguro que no estaría interesada en tener otro hombre y tampoco veía a nadie capaz de estar con ella sabiendo que había sido mía. Por eso me sorprendió lo de Jerson, pero cuando me enteré de su noviazgo tampoco hice un drama. Era un tipo inofensivo, de esos que van a la universidad y no quiere problemas con nadie. Lo que quiero decir es que no era una amenaza y eso estaba bien. Serviría para que Nayerli se volviera a acostumbrar a estar con un hombre mientras yo rehacía mi vida y recobraba el espíritu para recuperarla.

Aunque la mayoría de la gente conocía mi historia con Nayerli, nadie sabía lo que había pasado al final. Nos habían visto ser novios desde muy pequeños, antes de que a mí se me torciera el destino, y no entendían lo de nuestra separación. Mis amigos, los que cayeron y los que aún estaban conmigo, sabían que era la única mujer a la que podría querer en toda la vida y eso les hacía preguntarse por qué todo se había acabado, pero sobre todo, por qué yo no volvía y tomaba lo que me pertenecía. Sin embargo, yo no les decía nada. Dejé que pasara el tiempo. Seguía sin dormir por las noches, pero hacía un esfuerzo para que no se notara el sufrimiento y lograr que ellos se olvidaran del asunto o se acostumbraran a mi nueva cara. Finalmente una de las dos cosas ocurrió y estuve listo para hacer la fiesta. De esa manera, solo Nayerli puede saber que la organicé para volver a verla. Es la única que puede desobedecerme y no asistir. Eso quiere decir que si aparece, está dispuesta a volver conmigo. Pero no sé si va a venir. Lo de las miradas electrizantes con Katya y su pelea en medio de la algarabía de los presentes, no es más que un deseo que se ha venido presentando, cada vez con más frecuencia, en mis interminables noches de insomnio.

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