La historia del Deportivo Cali y otras historias de vida de Gustavo Lotero

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En 1976 Maria Elvira Bonilla escribió una crónica sobre una de las personas más queridas en ese entonces, se trata de Gustavo Lotero, más conocido en el mundo de la tauromaquia y el futbol como “Plumitas”. Esta crónica recoge algunos hechos importantes de la vida de este vallecaucano, quien dentro de sus mayores aportes ha sido ser uno de los que trajeron el futbol al Valle, y posteriormente dando inicio a lo que hoy en día es el Deportivo Cali.

En 1912 fundo el primer equipo de futbol que hubo en Cali: The Cali Football Team”
En 1912 fundo el primer equipo de futbol que hubo en Cali: The Cali Football Team”

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Cumplió 89 años, 89 años de respirar el mismo aire, de recorrer las mismas calles. No quizás, ciertamente, es el caleño que más años lleva haciendo el mismo paseo por el parque La María, la orilla del río Cali, la Plaza de Cayzedo. Se llama Gustavo Lotero y le dicen “Plumitas”.  No hay testigo como él; es un hombre del siglo XIX con una memoria lúcida que llega hasta sus cuatro años de nacido cuando su madre le dio “la primera paliza con un fuete palmireño, aunque no me acuerdo bien por qué”. Y de allí en adelante ha visto transformar la vida pastoril de Cali en una urbe de desconocidos para Plumitas. No se queja. Se ha adaptado.

“Algunos vicios me han dejado, otros los dejé yo”, aguardiente de vez en cuando y poca comida, decía Gustavo Lotero
“Algunos vicios me han dejado, otros los dejé yo”, aguardiente de vez en cuando y poca comida, decía Gustavo Lotero

Contemporáneos suyos sólo quedan cuatro vivos: Lalo Romero, Hernando Domínguez, Alejandro Sarasti y Pachito Ospina. Caminando erguidos por las calles, en guayabera y sin bastón, Alejandro Sarasti y “Plumitas”. “Sarasti lee sin anteojos y come rellenas a media noche”. Plumitas tiene una memoria sin baches, recuerda y cuenta. Del año treinta en adelante todo le parece ya demasiado próximo, casi despreciable. La música contemporánea le aturde: “A mí que no me saquen de mis valses y mis pasillos”; el destape le incomoda: “No es que me queje de que las mujeres muestren lo que tienen bello pero, hombre, es que hay cosas que no son de mostrar”.

Ahora siente la pérdida de pasión en los partidos políticos; le estorban los besos y los abrazos callejeros, “no hay como un beso furtivo, eso anunciado pa’ qué”, y no consigue acostumbrarse a salir a la calle y no encontrar las viejas tertulias frescas y bien conversadas, “ya no hay con quien hablar”; pero a pesar de todo, a pesar de tener que soportar “las tinieblas de esos rascacielos que están hechos más bien para palomas que para humanos”, vive contento y se soslaya de haber sido fiel a la sabiduría de una máxima que aprendió desde niño: “no le pidas a la vida más de lo que la vida puede darte”.

Vago de profesión, “y no me avergüenza, lo aconsejo”. El mismo día en que cumplió sesenta años se retiró de trabajar y por principio dejó de adquirir “compromisos pagados”. Veinticinco años vivió en España atendiendo amigos viajeros, comiendo bien y bebiendo mejor, sin perderse una sola corrida de toros. Hoy goza hablando del pasado pero del pasado en serio, el pasado de principios de siglo, de los años 10, cuando Cali era “una aldea sensacional. Para qué lo voy a negar; tengo buena memoria, como los brutos… no hay bruto sin memoria”.

Plumitas conoció pues una Cali sin luz eléctrica. “Solo había unos faroles colocados en la esquina de la Plaza de Cayzedo que llegaban hasta la galería. Cada día a las seis de la tarde los encendía el negro Francisco Moreno, que le llamaban “Pacho el farolero”, y a las seis de la mañana los apagaba nuevamente. A esto le llamaban el alumbrado público y daba tanta luz como un cocuyo”.

“La Plaza de Cayzedo no era la plaza pública, era el mercado con toldas y verduleros que venían de Las Nieves, Felidia, Pichindé, La Leonera”. Allí iba cada día Plumitas de compras con su abuela para hacerse a los ingredientes de lo que solía ser la comida común de los caleños: “por la mañana sopa de tortilla y por la noche sancocho; otras veces carne asada, arroz blanco, empanadas o tamales”.

Foto de la Avenida Belalcazar, vuelta de los Pedrones
Foto de la Avenida Belalcazar, vuelta de los Pedrones

El Cali de otros tiempos

Vivió una Cali donde sólo había tres policías… “y sobraban: Miguel Labrada, el negro Cañadas y Robertote, que en vez de amonestar, alcahueteaban”.

Plumitas a sus 89 años no utilizaba bastón y caminaba erguido
Plumitas a sus 89 años no utilizaba bastón y caminaba erguido

De la guerra de los Mil Días puede hablar con aires de protagonista, tal vez no como luchador, peri sí la padeció en carne propia. “Yo le llevaba las viandas a mi papá a la cárcel. Estuvo catorce meses preso y todo por ser liberal. Mi mamá cosía en la casa, cosía para los turcos que eran los únicos que compraban. Pasamos meses sin sal porque a los liberales nada nos vendían”.

Aprendió a nadar en los charcos del río Cali; “retozábamos en cualquier charco, en el del Burro, en el de Los Pedrones, La Estaca, La Quebrada del Buenvivir, La Merced, La Ermita, La Perla, hasta cuando en 1911 llegó el alcalde Guillermo Triana y resolvió parcelar el río para separar los charcos de los hombres de los de las mujeres; El Burro y La Estaca para los hombres; Pedrones y La Merced para las mujeres”.

Lo mandaron en viaje expreso a Dagua a ver llegar la primera locomotora, “eso era un gentío el que la esperaba, yo me eché un día a caballo para conocer el Ferrocarril del Pacífico”. “Fue tal el jolgorio que mandaron a imprimir una vajilla cuyos platos tenían grabada la ley que ordenaba la construcción del ferrocarril”. Fue Plumitas uno de los tantos pacientes caleños que debió someterse a las visitas médicas de a caballo “cuando la gente se moría de disentería, tifo o tuberculosis”.

Aprendió a escribir con el manual de la ortografía en verso: “Llevan la jota, tejemaneje, objeto, hereje, ejecutoria, ejercer, dije, apoplejía, bujía, vejiga… y jinete con majestad”.

Vivió una Cali conde la “elegancia se imponía. No importaban para nada las quejas del calor. Hombres con saco, chaleco y pantalón de paño; las mujeres, si eran sirvientas, pues saraza, percal y lienzo, pies descalzos, porque desde entonces funcionaba el dicho aquel de que ‘el negro enzapatado no vale pa’nada’, mientras que las señoras dejaban sus medidas en las casas de moda francesas para que a través del almacén Menotti les importaran los últimos diseños. No había nadie mal vestido en la ciudad”.

La suerte de los enamorados no era la más graciosa. Plumitas cuenta de un romance que soportó pacientemente durante tres años sin acercarse siquiera a la amada, “el dedo se lo rocé cuando le coloqué una argolla que le regalé. Las visitas eran enventanadas, uno con los pies sobre el empedrado y ella con la cara detrás de los barrotes”.

Estuvo en primera línea cuando se logró sintonizar por primera vez una emisora radial en Cali y no esconce, ni siquiera ahora, su desconcierto cuando en 1912 presenció la llegada del carro a Cali. “Era un Ford y se volcó al darle la vuelta a la plaza. Lo traían don Enrique Otoya, Luis López, Ulpiano Lloreda… imagínese usted lo que era poder ir de la Plaza de Cayzedo a San Nicolás en menos de cinco minutos”.

Una vista al pasado del Puente Ortiz
Una vista al pasado del Puente Ortiz

Origen del Deportivo Cali

Fundó el primer equipo de futbol que hubo en Cali, también en 2012: “The Cali Footbal Team”. Todo era en inglés, las posiciones eran back, goalkeeper, referee, etc. Amigos de infancia que viajaron a estudiar a Inglaterra trajeron el deporte; “la fiebre comenzó cuando a Raúl Ayala de le ocurrió traer un balón desinflado y nos puso a todos a aprender”. De allí salió el Deportivo Cali.

La llegada de las “austriacas” y las “francesas” fue famosa en Cali. “Aquí de las casas de prostitución no se sabía nada hasta que llegaron Martha y Lucía, las austriacas, en 1917. Su casa, la primera en la ciudad, se llamaba La Cuna de Venus, nombre muy bonito y apropiado; tenían pianola y buena música. Se hicieron famosas La Mujer Catálogo y Las Esdrújulas que eran Céfola y Débora. El oficio era bien fino, costaba cuatro pesos la noche, que eran cuatro dólares. Las señoras no sólo no se daban cuenta sino que era hasta legítimo que los hombres tuviesen su sucursal”.

Solo en 1920 hubo para las mujeres algún oficio alternativo. “Eso fue a raíz de la guerra del 14 que a las mujeres les dio por ser secretarias o enfermeras!. Por esos días se dieron los primeros cursos de mecanografía y así las primeras secretarias de la historia. “De separaciones nadie hablaba… se sabía que lo que se atara en la tierra era atado en el cielo. Eso de las separaciones es una cosa nueva, un invento de mujeres, porque además en esos tiempos si el marido resultaba borracho, realmente insoportable, ellas regresaban tranquilas a la casa de sus padres. Y no pasaba nada”. Solo en el año 30 se vieron las primeras parejas de mano cogida en el Paseo Bolívar bajo las frondosas ceibas. El uniforme militar atraía a las muchachas de esa época y como allí quedaba el Batallón Pichincha, nada resultaba más atractivo que un par de charreteras”.

De uno de los festejos que más se acuerda, “aunque yo no salí a recibirlo porque era godo y yo a ningún godo le hago la venia”, fue la llegada del presidente Marco Fidel Suárez. “Allí si puede decirse que todo Cali salió a su encuentro y la casa de don Pacho Fernández en la plaza la engalardonaron de luces. Las mujeres de sombrero y paraguas, los hombres de corbata o corbatín”.

En el año de 1921 comenzaron a celebrarse los carnavales en Cali y “la verdad fue un buen respiro para todos. En la elección de una de las reinas quemaron el Salón Moderno y la cosa cambió porque las fiestas ya duraban hasta la media noche; eso sí, cada señorita cargaba su libretica donde anotaba: la primera pieza con fulano, la segunda con sutano… era imposible bailar más de tres piezas con el mismo tipo… Nada de eso de ahora en que el baile es solo un pretexto… nada de eso”.

Su memoria no quiere dejarla llegar hasta “más acá del año 30”. “yo he sido un hombre sin aspiraciones; como a los muchachos de mi época, lo que más no interesaba era que nos cogiera la tarde bien vestidos”. Con frac y buena compañía asistió al Teatro Municipal en 1931 a inaugurarlo con la Opera Bracale. Ya en ese entonces era gerente de la Lotería. “No era que yo supiera mucho, pero apedillarse Lotero marcaba ya un destino”.

Inventó las ordenanzas que hoy rigen y su lema: “La Lotería del Valle, la única que repite el Premio Mayor hasta que éste quede en manos de usted”, y como gran primicia anunciaba el mismo día a la persona ganadora”. Fue tal el éxito que en menos de seis meses hizo $73.000 de utilidades. Ese fue el Cali de Plumitas.

“Algunos vicios me han dejado, otros los dejé yo”, aguardiente de vez en cuando y poca comida. Durante años ha sido cronista taurino a pesar de ser escasa su formación académica. “Aprendí a leer en la casa; mis padres eran maestros y cuando la educación cayó en manos de los curas y las monjas, como buenos liberales no se fiaron de ellos. Amarrado a la pata de la mesa de la máquina de coser de mi mamá aprendí a sumar y en la oficina de don Ulpiano Lloreda, junto a mi papá, a multiplicar”.

No se le ven los años. Parece todavía estar recién llegado de España a donde partió en 1953. “La transformación de Cali fue realmente entre el año de 1930 y 1950, cuando ésto se comenzó a llenar de forasteros buscafortuna”. A Plumitas le tocó al fin y al cabo una ciudad con 46.800 habitantes, pocas calles y dos barrios, el Vallano y El Empedrado, tres parroquias con un cura escandaloso –Buenaventura Jiménez- y tres policías, un colegio y cinco escuelas; nada que ver con la ciudad de 1.300.000 habitantes…

“Así que si me quiere creer que la vida era mejor, pues créame y si no hágase el nudito”. Vaya forma de mandarlo a uno para el diablo. En fin. Son 89 años que obligan a creer.

San Francisco en la época
San Francisco en la época

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