La ilusión de la paz

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Pablo UribePor Pablo Uribe

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Nadie puede negar la coyuntura en que nos encontramos, así nos guste o no, la “paz” se está negociando en La Habana. No sabemos qué pueda pasar; no sabemos si todo esto es un show, si las Farc están volviendo a hacer la misma jugada de El Caguán; no sabemos si se puedan poner de acuerdo; lo único que sabemos es que en este momento están negociando y que es posible que el grupo narcoterrorista más antiguo del mundo pueda estar entregando las armas próximamente.

En esta coyuntura se han escuchado propuestas acerca del dinero destinado a la “guerra”. Ya hay voces, que con una fuerte insistencia, están pidiendo un corte drástico en el presupuesto que le destinamos a la defensa de la patria apenas se firmen los acuerdos con las Farc, pues dicen que si ya firmamos la paz, ¿para qué vamos a seguir gastando en balas y muerte?

Puede que las personas que hacen estas propuestas tengan las mejores intenciones del mundo y quieran ver mayor inversión en escuelas, hospitales y bibliotecas, lo cual, desde cualquier punto de vista, es algo deseable. Pero hay que tener en cuenta hechos importantes, que no podemos ignorar, si lo que queremos es el bienestar de nuestros compatriotas. Quisiera tomarme el atrevimiento, si los lectores me lo permiten, de señalar estos hechos.

Primero, los señores que están sentados negociando en Cuba hace muchísimo tiempo dejaron de ser los comandantes de las Farc; a ellos ya no les hacen caso. Esto quedó demostrado en diciembre del año pasado, cuando los cabecillas le anunciaron al país que, por ser Navidad, iban a ordenar un cese al fuego… No les obedecieron, las estructuras de este grupo criminal siguieron matando, secuestrando, extorsionando y cometiendo actos terroristas.

Los del secretariado de las Farc se fueron hace mucho tiempo del país, en búsqueda de refugio en Venezuela y Ecuador, y al irse dejaron en Colombia cualquier autoridad que tenían sobre sus matones. Así que si no los respetaron en algo tan sencillo como un cese al fuego, ¿será que les van a hacer caso cuando les ordenen dejar las armas?

Segundo, la guerrilla dejó de ser guerrilla hace muchos años; ellos son una organización criminal: cambiaron la búsqueda del poder y las ideas comunistas por el dinero, dinero que viene de los mismos crímenes que ellos cometen. Los cabecillas que están en La Habana ven con buenos ojos la “paz”, porque, como dicen en mi tierra, la van a sacar barata, van a dejar sus negocios criminales a cambio de no pasar un solo día en la cárcel, de ir al Congreso de la República y de conservar la fortuna de toda una vida de crimen. ¡Es un negociazo!

Pero es negocio para ellos, no para sus bandos medios y menos para los de abajo, ellos no tienen las grandes fortunas de Timochenko, o sus beneficios penales, o un asiento listico en el Congreso; ellos no tienen ningún incentivo para dejar el crimen. La historia de Colombia nos enseñó que este tipo de pactos, como el que se está cocinando en La Habana, solo sirven para que los de abajo suban y sigan cometiendo crímenes. Así pasó en el Valle del Cauca cuando el cartel de Cali se entregó: los narcos más pequeños de la ciudad les dieron una palmadita en la espalda, los felicitaron y se fueron a construir el cartel del norte del Valle, una organización todavía más sanguinaria, criminal y poderosa.

Señores lectores, la firma del acuerdo de “paz” en La Habana no significa la consolidación de la seguridad o la eliminación de la violencia; significa algo diferente, aunque igual de importante: acabar con el estigma de ser un país con un conflicto interno. Por eso no debemos quitarle ni un solo peso a la seguridad de la patria, pues esta idea democrática, que ha demostrado con creces sus efectos positivos, es como una casa, que se construye día a día, con mucho esfuerzo y trabajo, ya tenemos el terreno y las paredes, pero falta el techo, faltan las puertas, faltan las ventanas… todavía falta mucho. No abandonemos esta casa, terminemos de construirla.

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