La imagen como contadora de historias: Nueve disparos de Jorge Andrés Giraldo

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Por Juan Merchán

Su mirada es firme, lo es también su tono de voz, su mano al estrecharla y la convicción que sus palabras transmiten. Mientras responde las preguntas del público, su madre, la otra protagonista de esta historia, se asemeja a un ojo que todo lo ve. Se pasea por toda la sala con cámara en mano, moviendo de pregunta a respuesta el objetivo. Jorge Andrés Giraldo no mueve su cabeza al hablar, pero es heredero de esa tradición militar de impregnar el movimiento de las manos con ese gesto categórico, inapelable. Una hora y media antes de este cruce de preguntas firmadas con admiración y respuestas extensas, propias del que tiene algo que decir, pero aun así coherentes con sus preguntas, la función había empezado.

Hay en Cali una propensión a la imagen, quieta y en movimiento. Los barrios bajos, el cruce racial, el chontaduro y el champús vendiéndose en la esquina, la sangre bajando por un andén y buscando el hueco de la alcantarilla, la música estallando sin control desde los bares, el tono de voz que emana confianza de alguien que quizá solo te quiere hacer daño, o quizá no, esa es la cuestión, estar listo para todo. Son todas esas escenas que impresionan las que hacen de esa urbe un escenario ideal para la captura de imágenes, para el registro que busca un destinatario que halle lo bello o lo sublime, según lo kantiano que sea el sujeto en cuestión.

Hacer fotografía o cine es caro. El sesgo que el dinero genera deja por fuera a aquellos destinatarios, quizá poseedores de una contemplación y asimilación similar o superior a la de un artista, pero sin la formación académica con la cual formar un criterio, y sin los ceros en la cuenta bancaria para comprar equipos con los cuales “hacer arte”. Aunque simplista, esta afirmación ha calado en la interpretación de la realidad de un pueblo que prefiere dedicarse a las carreras que den plata.

-“Su papá me abandonó cuando tenía 6 meses de embarazo. Me tocó sola”

Ante una situación económica apremiante, es bien conocida la entereza del colombiano para sobrellevar dificultades, evitar trampas del camino, avanzar con la fuerza de los empujones. Con un niño bajo el brazo, un marido ausente, y receptora de aquella bastardía sartriana que tizna una gran mayoría de américa latina[1], Blanca Antía logra obtener un trabajo en un estudio fotográfico de Cali. Allí inicia su idilio irrefrenable por la captura de imágenes, y como todo padre o toda madre, su objetivo constante de captura es su recién nacido; el hijo es lo bello y lo sublime para el que hijos tiene.

El hijo es Jorge Andrés Giraldo. Su madre registró su crecimiento y vida de infancia con constancia, dejando de lado las penurias para centrarse en la alegría. Aunque siempre sea lo más fácil, Blanca no desmorona la figura paterna ausente contándole a su hijo la verdad. En el San Andresito del Centro, esta madre es vista asiduamente en los almacenes de juguetes, pidiendo algunos a cuotas, empacándolos y con letra diferente a la suya escribir Con amor, tu papá, desde Venezuela. Jorge Andrés recibe entonces juguetes nuevos de su padre ausente, comprados por su madre presente, y ese padre crece en la cabeza de un niño que aparece en más de 200 fotos, en la mayoría con los juguetes de su madre convertida en padre.

Crecer en la Cali de los 90 y en alguno de los barrios bajos es una asunción de valentía. En la primera mitad de la década, ese imperante Cartel de Gilberto y Miguel reemplazaba a las dos figuras centrales de la sociedad civil nacional: el estado y la iglesia. Ellos dictaban las leyes en los barrios, y a ellos había que recurrir como el fiel recurre a un santo para lograr un favor. Cali era un constante gracias don Gilberto por los favores recibidos. Si a esto se añade a la figura de una madre trabajando todo el día para lograr pagar la renta y un padre que nunca vendrá, el adolescente Jorge Andrés es entonces entregado a la ausencia. Se arroja a la calle y a los amigos rockeros de la sexta, conoce la rebeldía propia de su edad, al mismo tiempo que surge en él también el impulso de la imagen. Sus primeros registros fotográficos y de video se centran en esa transformación de la inocencia (que en realidad nunca lo fue), un rechazo a su condición social, a lo que le tocó por decisión de esos otros que nunca están. De allí brotan constantes cambios de escuela, peleas muy fuertes con su madre y el desdén de continuar con algo que no tiene sentido alguno. Una entrega a la nada.

Algo siniestro debe suceder en una sociedad cuando en ella se incuba el deseo de surgir socialmente a costa de los otros, un deseo impuesto por la injusticia. Para lograrlo, existen siempre las legales vías, las vías del estado. En Colombia, educarse es una deus-ex machina para la línea argumental de la vida de un joven de estratos bajos, de colegio público y quien ayuda en las noches a su madre vendiendo lotería.  La universidad privada es inaccesible por ingresos, la universidad pública es inconquistable por nivel educativo. Se entrona entonces la otra forma de legal de acceder a ese ser alguien en la vida, esa otra forma que de paso pretende corregir con disciplina la rebeldía de Jorge.

-“Estoy muy orgulloso del ejército nacional y la armada que represento”.

El muchacho ingresa al ejército. En las fotos iniciales se le ve nervioso, agitado, esos nervios propios del que sabe que viene un cambio. En un periplo arduo y extenso que lo lleva por varios batallones y va moldeando su carácter, centrando sus prioridades, atenuando su genio, pero que sin embargo no logra derrumbar su deseo por el registro.  Luego de un año de servicio, y de vivenciar ese poder disciplinario que la estructura militar impone, Giraldo decide continuar prestando su cuerpo, mente, y, también, su registro audiovisual a una vida militar a la que cree como la vida que le tocó, la única vida a la cual acceder y en la cual triunfar.

En un video intimista, el ahora adulto Giraldo, con gestos faciales que no dificultan percibir una madurez recién adquirida, le habla a su familia sobre su decisión de enfocarse en inteligencia militar para continuar su proceso profesional usando las armas legítimas del estado. Es la primera década de los 2000, y el conflicto armado colombiano no da espera para lograr sus 5 minutos de imagen en los noticieros más vistos del país. Es La guerra de frente, esa la del corazón grande y de una mano firme que como semillas negras siembra el campo nacional con los pedazos de carne de jóvenes provenientes de allá del mismo barrio bajo. Ese video de una grabadora familiar tiene el impulso revelador del miedo en los ojos de Jorge Andrés, y es en cierto caso premonitorio. De cualquier forma, ¿no es acertado predecir la muerte propia en el país donde la muerte reina?

Ese miedo es quizá el motor que obtura la cámara en cada viaje del joven sargento Giraldo a los lugares donde ronda la muerte. Logra registrar mutilaciones, cortes, heridas profundas, amputaciones, bajas, ojos desorbitados que quedaron tranzados en vida. Son cuerpos de bando y bando, son imágenes que traen a la mente los oscuros relatos de las guerras, no son imágenes propagandísticas de la victoria sobre el enemigo.  Cada foto pareciese como si llegara a expiar un temor propio, o como si fueran elementos para lograr una costumbre forzosa, una asimilación de la crueldad reinante. O simplemente pueden ser su forma de mostrarse a su hijo que acaba de nacer, mostrar su vida en caso de que la pierda antes de ese proceso paternal de la enseñanza.

-“Respeto a los guerrilleros. Me llena de felicidad saber que van a llegar a un colchón, no a un cambuche. Millones de mujeres han parido hijos para la guerra. Finalmente ellos y nosotros somos los mismos.”

En una noche, caminando por las calles de Buenaventura (pudo haber sido cualquier otra ciudad, cualquier otro el momento) Giraldo es atacado por miembros urbanos de las FARC. Él y otros miembros del ejército son objeto de un ataque sorpresivo, ataque que deja 9 disparos en el cuerpo del Sargento al que le faltaba una cuadra para llegar al batallón. Llega así el destrozo interno, el dolor, la angustia de la pérdida de la vida. Un proceso que, cómo no, su madre y familia registran ahora con cámaras de celulares, en medio de una tristeza inconmensurable la cámara sigue encendida.

Ese, el momento de la recuperación, es el momento que impulsa el deseo narrador. Luego de un largo proceso de recuperación, Giraldo logra vencer el dolor, la frustración de perder 94% de capacidad física, se sobrepone a la rabia intensa y alcanza un perdón que parece descabellado para aquél que no ha sentido el oprobioso sonido de las balas zumbando sus oídos. El retorno de su padre, la presencia incólume de su madre, su hijo con ojos abiertos esperando el abrazo, fueron base suficiente para convencerse que la vida militar no era el fin último de su recorrido vital. Debido al ataque que sufrió, Giraldo recibe una beca para estudios universitarios, unos estudios pagados con cada una de las 9 heridas recibidas. La historia de Jorge Andrés es, también, esa, la historia del acceso a una carrera profesional dadas las condiciones que la sangre derramada permite.

Jorge Andrés es el director del documental 9 Disparos (Cali, 2017) que se estrenó el FICCI 2017. Esta producción, que ha generado una aclamación masiva por parte del público del festival y que sin duda generará debate en el país, documenta la historia de vida, dolor, estoicismo y consagración de su director, un infante de la Armada Colombiana y especialista en inteligencia quien en abril de 2006 sufrió un certero atentado por parte de un frente de las FARC. 9 Disparos hace referencia no solo al número de proyectiles que su cuerpo recibió en aquel momento, sino los 9 momentos singulares en su tiempo de vida que lo definieron como persona, hijo, padre, miembro del ejército y creador audiovisual.  Quizá ha llegado el momento en el país para ver este tipo de narrativa casi que inédita en el cine nacional. Quizá llegó el momento ya de mirarnos a la cara y excavar unos miedos, unos momentos y actos que quedaron sepultados en la profunda psiquis nacional.

 

 

[1] Su bastardía fue fruto de la violencia y el drama propios del país.  A una temprana edad, su madre fue asesinada y su padre murió poco tiempo después.

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