La Muerte del abuelo

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ESTRAVAGARIO quiso para esta edición compartir un cuento del escritor caleño, Gustavo Gonzales Zafra. Su desarrollo literario lo hace a través de  la Universidad del Valle donde estudió en la Facultad de Letras y entra al mundo literario sobre los setentas ya que esa época la Universidad del Valle celebra su 50 Aniversario de Fundación, ocasión que se aprovechó para participar en un Concurso Nacional de Cuento donde nuestro autor figura entre los ganadores. La revista LOGOS, lanzada por la misma institución, publica sus ensayos sobre escritores latinoamericanos mientras que la prestigiosa revista mexicana EL CUENTO da a conocer uno de sus primeros y mejores relatos. Para esta oportunidad traemos “la muerte del abuelo”.

La Muerte del abuelo

Gustavo Gonzales Zafra

ejemlpo titulo“A la hora del almuerzo, cuando toda la familia se encontraba reunida, el abuelo acostumbraba contar una historia que resonaba en mi imaginación como algo mítico o legendario. Su voz tronaba sobre nuestras cabezas, ronca y desafiante, como queriendo sobreponerse a las premoniciones de muerte que lo obsesionaban en esa época. Se encontraba bastante enfermo y aunque el médico le aseguraba que a pesar de sus años contaba aún con las fuerzas necesarias para soportar la operación y recuperarse, él estaba convencido de que entre la familia y el doctor se habían puesto de acuerdo para tratar de ocultarle la gravedad de su enfermedad y su ineluctable fin. De esa obsesión y del permanente antagonismo con la familia que tantos conflictos ocasionó entre los miembros yo me enteré mucho tiempo después, esas eran cosas que los mayores ocultaban a los menores. En cambio fui olvidando paulatinamente la historia que él contaba. En mi memoria ha quedado reducida a una anécdota vaga e incompleta y a sus aires de leyenda. Se trataba de una rivalidad de familias, de una venganza o una amenaza que se prolongaba de generación en generación. La narración culminaba en el momento en que uno de los antagonistas llegaba, al final de un largo y penoso viaje, frente a la casa de sus rivales, gritaba el apellido y pedía perdón. Desde la otra acera, conservando una cautelosa distancia, el viajero gritaba:-¡Perdóname!-.

Era un ruego dirigido a cualquiera de los miembros de la familia que en ese momento dentro de la casa, sentados a la mesa, se disponían a empezar la comida. Alguien se levantaba entonces y se dirigía a la ventana. En mi memoria la historia se detiene allí, no recuerdo la continuación. ¿O tal vez no había continuación? ¿Le perdonaban por fin a ese representante de la última generación de una familia que todavía cargaba con el peso de una vieja rivalidad? ¿Le negaban el perdón? ¿Le respondían con la violencia? Recuerdo solo la voz grave del abuelo, su parloteo que me parecía extrañamente solitario en medio de nosotros”

Este párrafo pertenece a un largo relato en el que, muchos años después, traté de reconstruir ese período con todos los conflictos y las confusiones que ocasionó en la vida familiar. Fue algo penoso, mi abuela, mi madre, mis tías, lo describen como un “período insoportable” y hablan siempre de la “crueldad” de ese hombre, que en lugar de resignarse y comportarse como un “buen enfermo”, pretendía imponerles y hacerles sufrir su enfermedad a todos y cada uno. El complot del médico y la familia no existía, por supuesto. El abuelo soportó bastante bien la operación aunque a causa de sus años le significó una larga convalecencia, y poco a poco se recuperó y estuvo en condiciones de reincorporarse a sus actividades, de volver a su sombría oficina de abogado en la que se sentía tan a gusto, y de seguir litigando durante una buena cantidad de tiempo. Mientras tanto yo crecí, olvidé su historia, su sentido o su sin-sentido, y accedí en todos los pormenores y secretos a la otra historia, la de nuestra familia. En la época en que comencé a escribir llené muchas páginas con esos hechos, no porque quisiera narrar la historia de mi familia, sino porque pretendía servirme de eso para narrar otra cosa. El resultado fue desastroso, lo confieso.  Nada salió en claro de  esas páginas, ni la historia de mi familia ni lo otro. Pero las conservé tal vez con la esperanza de poder servirme más adelante de ese material, corregirlo, reescribirlo.

La segunda y definitiva enfermedad del abuelo recayó sobre un hombre ya completamente minado por la vejez, sin energías para revelarse, sin convicción para asumir de nuevo el imponente papel del tirano.  Un buen enfermo, forzosamente. No podía valerse por sí mismo, entre mi abuela, mi madre y mis tías, se ocupaban de él. Lo bañaban, lo sentaban en el inodoro, le daban la comida. Su obstinación y a la vez su rencor por la vida se habían reducido a un débil murmullo hecho de espaciadas protestas o recriminaciones. Yo me ocupaba de sus lecturas. Al medio día, después de que alguna de las mujeres le daba de comer, le leía la prensa. Cuando se cansaba de las noticias levantaba un poco la mano y ese gesto significaba que también quería que le leyeran algunas páginas de una novela. Al comenzar mi tarea de lector, el primer día, le había preguntado qué novela o novelas preferiría que le leyera y él me había respondido:

-No seas pendejo, ¿no ves que me estoy muriendo? Todos los libros son iguales, todos cuentan la misma cosa.

Mientras le leía y él escuchaba, a veces con los ojos cerrados o con la mirada perdida en un horizonte trazado en el interior de su memoria, yo tenía la extraña sensación de que nos encontrábamos por fin frente a frente. Como al final de un largo viaje, sí. Algo sucedía entre nosotros, un poco a pesar de nosotros mismos, lo que hacía que me sintiera a medias ajeno a ese algo que era como un rodeo de la vida o la muerte, y probablemente también él. Cuando cerraba sus ojos yo aprovechaba para contemplar su rostro envejecido, el rictus amargo que le desfiguraba la boca, como si le doliera infinitamente la vejez. Me preguntaba cómo había visto envejecer a ese hombre, trataba de recordarlo y seguirlo hasta el momento de su definitiva postración. Lo recordaba desde la infancia, cuando los domingos me llevaba a pasear a los parques. Siempre había pensado en él como en uno de esos hombres que llegado el momento se mueren sin dilaciones. Su postración, su prolongada enfermedad, me parecía a veces una artimaña. ¿Qué esperaba, él, que nunca había querido esperar nada, hombre impaciente que todo lo que la vida le había proporcionado lo había vivido midiéndolo y doblándolo con su ambición, asumiéndolo por lo tanto como una derrota? O tal vez por eso esperaba y no se entregaba a su tradicional impaciencia, porque lo que su muerte le proporcionaba no le satisfacía, le parecía poco y miserable, regateaba con la muerte, quería más, una muerte más muerte, más. Su revuelta, su tiránica voluntad, se había transformado en un obstinado regateo.

Foto CUENTO 1

La evidente proximidad de su muerte, esa obstinación la postergaba diariamente. La familia vivía días sombríos y conflictivos en espera de un funeral que desde ya todo lo transformaba y confundía sin resolverse en el hecho. Mientras el abuelo no estuviera muerto era como un compromiso o un deber no aceptar la muerte, rehuir eso que sin embargo ya estaba decidido. Por lo mismo el franco dolor tampoco estaba permitido, eso hubiera sido una aceptación, un rehundimiento a la evidencia. Había que rehuir las manifestaciones que pusieran en evidencia la convicción de la muerte próxima. El silencio se impuso, el disimulo de los unos frente a los otros, las miradas vacías o desviadas. Los nervios de las mujeres comenzaban a flaquear, los hombres trataban de pasar fuera de casa la mayor parte del tiempo. El abuelo seguía luchando en su lecho. Cada día se desentendía más de su cuerpo, dejaba que las mujeres se ocuparan de él como si no le perteneciera y de verdad ese cuerpo enflaquecido y débil ya no pertenecía ni a él ni a nadie, era un cuerpo muerto.

Yo examinaba sus rasgos, los pliegues en torno a sus párpados, el brillo de sus ojos. Tardaba tanto en morir que había vencido mi dolor y me preguntaba si no sucedía lo mismo con otros miembros de la familia. Me daba cuenta que ya no esperábamos su muerte sino otra cosa que no era tampoco su reintegro a la vida. ¿Estaba el abuelo en trance de ganar de alguna manera su regateo con la muerte? En todo caso sólo en ese momento sentí alejarse de mí los escrúpulos y las consideraciones que hasta entonces me habían llevado a desechar la idea que me había venido a la cabeza al emprender, en los comienzos de su postración, la tarea de leerle todos los días después del almuerzo periódicos y novelas. La idea de leerle también mis manuscritos, interesado más en su reacción que en sus posibles comentarios, esperanzado en lo que esa lectura pudiera producir en él viniendo hacia mí. El abuelo había mostrado interés y satisfacción ante mis primeros intentos de escritura, aunque nunca había hecho ningún comentario a propósito de los relatos y artículos que había conseguido publicar en los periódicos de la ciudad. Y de cierta manera yo había vivido esperando de él una reacción más clara que su silencioso interés. Llegaba el momento, pensé, y al día siguiente me presenté a la hora de la lectura con un folder bajo el brazo.

-Quisiera leerte mis manuscritos –le dije.

Él me miró y el brillo de interés en sus ojos duró apenas unos segundos.

-está bien –murmuró-. Algunas páginas solamente, ya sabes que no consigo concentrarme durante mucho tiempo.

Escogí entonces el relato de su primera enfermedad, su primera postración. Ese relato que comenzaba con la evocación de otro relato, el suyo a la hora del almuerzo, y que yo recordaba de una manera imprecisa, incompleta. El abuelo cerró los ojos al cabo de un rato y yo me detuve creyendo que se había quedado dormido.

-¿Por qué te detienes?-dijo, abriéndolos de pronto-, continúa.

Pero lo que le seguía no pareció despertar en él ningún interés, varias páginas más adelante levantó la mano poniendo fin a la lectura. Cerré el folder y me puse de pie. Lo estuve observando un rato. Miraba al vacío, inmóvil.

–Estaba seguro de que vendría algún día- murmuró su voz fatigada-, pero esta agonía ya dura mucho tiempo. Si no se apura el maldito me va a encontrar muerto.

-¿Quién?- pregunté, pero él no quiso decir nada más.

Iba a preguntarle si quería que le siguiera leyendo los manuscritos o prefería que volviéramos a las novelas, pero decidí esperar al día siguiente. Lo dejé solo con sus recuerdos. Al salir, hasta la puerta me llegaron las últimas palabras de la frase repetida: -… me va a encontrar muerto.

De eso que acababa de descubrir, de la realidad de esa historia, nadie me había hablado en la familia. Al principio pensé que me la había ocultado por quién sabe qué oscuras razones. Esa misma noche interrogué a mi madre y entonces descubrí que ni para ella ni para nadie era una historia clara, que todos compartían la idea vaga e incompleta consignada en mi relato de la primera enfermedad del abuelo. Eso era todo lo que él les había transmitido, como si hubiera querido, a costa de luchar consigo mismo, que la herencia de esa venganza o amenaza desapareciera con él, sin alcanzar a nadie más en el seno de la familia.

Al día siguiente, durante el almuerzo, me enteré de que la tarde anterior había pedido que lo sentaran al lado de la ventana y también que su estado había empeorado. Cuando me presenté en su cuarto para la lectura comprobé que efectivamente su estado era grave. La lectura no sería posible ese día. El abuelo perdía a veces el conocimiento, no reconocía a las personas, deliraba y en su delirio pedía que lo sentaran al lado de la ventana o repetía:

-me va a encontrar muerto, el maldito. Me va a encontrar muerto…

Y sin embargo seguía luchando, me daba cuenta. Solo a costa de un gran esfuerzo la muerte conseguía arrancarle minuto tras minuto eso que le quedaba de vida. El viejo médico de la familia vino a verlo, solo por cumplir con un deber, claro. Cuando salía lo acompañé hasta la puerta de la calle.

-doctor, ¿Cree que sobrevivirá todavía esta noche?

No .respondió., y luego agregó dubitativo-:

-Eso sería algo sobrehumano.

Volví al cuarto y permanecí a su lado hasta el atardecer. Las mujeres se habían estado turnando para hacerme compañía. Solo por momentos de escasa duración el abuelo era capaz de reconocernos. A mi lado mi madre dejaba escapar espaciados sollozos y de vez en cuando se inclinaba sobre su rostro y le susurraba:

-Papá, soy yo, ¿me reconoces?

-Me va a encontrar muerto- repetía él.

-Hasta cuándo va a seguir regateándole tiempo a la muerte- pensaba yo, mirando por la ventana el cielo del atardecer, la brisa meciendo las ramas de los árboles, la calle animada de pronto por voces que pasaban.

“Hasta cuando”, pensé, y entonces me decidí. Salí del cuarto dejándolo en compañía de mi madre, descendí corriendo las gradas, crucé el jardín y la calle y desde la otra acera, haciendo bocina con las manos, grité a todo pulmón su nombre y le pedí que me perdonara. Lo repetí muchas veces, con todas mis fuerzas, con toda mi voluntad, con lágrimas en mis ojos, tratando de vencer esa densa barrera que ya la muerte había instaurado entre él y los vivientes. Y lo conseguí, su impresionante figura cadavérica apareció de pronto en el marco de la ventana.

-No, ¡no te perdono!- tronó su voz, sobrehumana.

¿Había esperado que me perdonara? Tal vez, no estoy seguro. Solo sé que en ese momento sentí ganas de oponer a su obstinación una violencia igual. Sentí ganas de agredirlo, ofenderlo, humillarlo. Me reí, me reí a las carcajadas de él y de mí, de la escena grotesca que los dos componíamos.

-¡No te perdono!- volvió a gritar enfurecido, y su figura desapareció de la ventana. Oí los gritos de mi madre llamando, pidiendo ayuda. Su voz gritando algo incomprensible antes de reaparecer en la ventana sosteniendo en las manos la vieja escopeta de caza que guardaba en el armario.

-¡No te perdono!- gritó de nuevo, llevándosela al hombro y apuntando, pero sus manos temblaban de rabia y debilidad. Y sin embargo el tiro me alcanzó en el hombro y en plena carrera, tratando de ponerme al resguardo. Sentí mi clavícula hacerse añicos. Antes de perder el conocimiento lo vi dejar caer la escopeta y doblarse bruscamente sobre la baranda de la ventana. Por fin había muerto.

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