La Mujer del Animal: Esa (tan nuestra) normalización de la violencia

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Por Juan Merchán

Amparo (Natalia Polo) toma un lápiz roído, cerca de terminar su uso escribe –en un cuaderno de similares condiciones–:

-“Señor, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué estoy pagando?”

Este resulta ser el único refugio de esta “Mujer del Animal”. Y es que la más reciente película de Víctor Gaviria y su muy gráfica exposición de la violencia de género permitiría que sujetos que no suelan recurrir a análisis sensatos de los dramas del país concordaran con esa explicación religiosa y/o poco racional del crimen reprochable y continuo del que la protagonista es objeto en tres cuartas partes de la cinta.

Si le está pasando eso es por pecadora, porque Dios la abandonó” parecen expresar los vecinos y conocidos de Amparo al presenciar cada uno de los maltratos que sufre. La cuestión acá no es que ella empiece a creer en este supuesto, sino marcado por El Creador para su tortuosa existencia (al fin al cabo, como lo dice Winston Smith, el ultrajado narrador y protagonista de 1984 de Orwell: No hay peor dolor que el dolor físico, nada que distorsione más los pensamientos). Lo que quiere evidenciar Gaviria es precisamente que los que pueden evitar esa cadena de oprobios e intervenir con autoridad justifiquen esa violencia a través de ese argumento del designio divino que castiga el ser por “mala esposa, mala mujer”, o simplemente a través de la más sutil pero a su vez más abyecta de las formas: la indiferencia.

El núcleo argumental de este filme, a pesar de lo que las imágenes induzcan a pensar, no es una oda tarantinesca a la violencia per se, donde sangre y carne revolotean frente a cámara para deleite del espectador (que disfruta de esa violencia pero rechaza, por desidia, analizar su origen).

La Mujer del Animal” es, sin duda, la película más descarnada, gráfica y violenta de las 4 que ha dirigido el realizador paisa. Sin embargo, apelar a este manejo crudo de la temática del maltrato no pretende hacer del mismo el centro de la narrativa, pues es el recurso necesario que Gaviria usa eficazmente para soslayar ese contraste que se establece cuando el puñetazo certero del victimario contra la indefensa víctima, la sangre corriendo luego por su cara, y sus gritos más de impotencia que de dolor, chocan contra la presencia impasible de los que contemplan la escena en esa comuna que ya en esos años se asentaban con desplazados del campo. Pareciera que Gaviria preguntara al público “¿Ustedes también darían la espalda? ¿Si les parece repugnante la escena, no es más repugnante justificar la violencia que muestra, o ignorarla?”. Es claro que El Mal es aquí el sujeto que toma cuerpo en El Animal, pero lo que se establece es esa aceptación, por cobardía o aceptación a ese Mal encarnando en un hombre.

Para aquellos que vean su sensibilidad afectada por esta sucesión de actos de violencia explícita habría que prestarles entrevistas, textos y ensayos que tratan la obra de Gaviria. Este poeta vuelto director afirmó alguna vez: “Yo hago cine con eso que otros dejan de lado: con las historias que transitan por lo social y con lo que los actores de la vida tienen para decir”. Y es que mientras el cine colombiano contemporáneo en su mayoría ha hecho un giro intimista hacia retóricas de marcada influencia europea (decisión respetable); Gaviria rompe su ausencia de 13 años del panorama fílmico nacional con un filme que trae a escena el doloroso drama de  renuncia a silencios largos, a pausas subjetivas y a diálogos concisos y trabajados para entregarse al rápido movimiento de cámara que solo la violencia despiadada de “El animal” (Tito Alexander Gómez) pide registrar a tal ritmo,  y recurre, como en sus películas anteriores, al diálogo fluido, sincero y, por encima de todo, natural; ese que incrementa en gran medida el dramatismo de cada escena de maltrato. Es precisamente la experiencia de Gaviria en el trabajo con actores naturales (ya una marca registrada en su filmografía) lo que, además de revestir a la historia con defendible verosimilitud y sensibilidad, también establece un acercamiento más fiable del espectador hacia la historia, a saber, ese que ataca, esa a la que están atacando pero antes que nada esos que están presenciando el ataque se asemejan triste y peligrosamente a cualquiera de nosotros.

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Esta historia de vejámenes, extrema misoginia y ante todo una criminal, cómplice e imperante normalización de estos actos se basó en la verídica historia de “El Animal”, pandillero de una comuna de Medellín, y el sometimiento que impuso sobre Margarita (Amparo en la cinta) de 1975 a 1980. Cuatro años de investigación y dos más de grabación están contenidos en dos horas de película que Gaviria y la productora han logrado exhibir en el reciente Festival de Cine de Toronto y Festival de Cine de Roma y que ahora se apresta para competir en la Sección Oficial Colombia del Festival Internacional de Cine de Cali (FICCALI).

Como es de esperarse, la polémica será inmediata en el país una vez se estrene masivamente en enero de 2017; sabemos todos ya la propensión nacional al escándalo superfluo. No obstante, esto parece no importarle a Gaviria, quien en la exhibición del filme en el más reciente BIFF (Bogotá International Film Festival) se mostró comprometido con esas historias que han de ser contadas, que se esconden no solo en Medellín y su muy vendido auge urbano y social, sino en muchas regiones del país donde el cine colombiano actual aún parece temeroso de entrar (con geniales excepciones) y poner en cámara y de forma directa a ese Mal y su tradicional normalización.

Lea aquí la entrevista con Victor Gaviria a propósito de la película.

 

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