La política en Colombia

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 Por Oscar Gamboa Zúñiga

Quienes vivieron plenamente la política partidista en Colombia, deben sentir mucha tristeza y dolor de ver lo que hoy es el ejercicio político en nuestro país. Épocas que alcance a vivir siendo adolescente, pero de lo cual he leído muchísimo y he escuchado relatos de personas que la vivieron y fueron actores, perteneciendo a los partidos liberal y conservador.

Mi nostalgia y hasta impotencia, no es frente al hecho que se haya acabado el desgastado bipartidismo, sino los criterios y valores bajo los cuales se rige la dinámica de los partidos y la política hoy en general. Los principios rectores de un partido político y el ejercicio de ello, debe ser precisamente la democracia interna, la coherencia ideológica, la disciplina y unos solidos valores éticos y morales. Si los aplicamos a lo que tenemos hoy, tengo inmensas dudas que los “partidos” que hoy tenemos puedan ser calificados como tales.

Algunos de los indicadores del deterioro de los mencionados principios rectores están reflejados en las posturas y decisiones que se toman en las corporaciones publicas desde donde se hacen las leyes, se ejecutan estas o se vigilan las mismas. Escoger hoy un presidente del Congreso no obedece a un proceso depurado sino a una componenda transaccional del yo te apoyo y tú me pagas; se elige un miembro de la “comisión de acusaciones” que esta investigado, pero es precisamente en esa comisión donde se investiga y juzga a quienes lo están investigando, de verdad es una vergüenza.

Desde el nivel ejecutivo si la aplicación de una ley o alguna disposición afecta los intereses de amigos que apoyaron la campaña, son influyentes o manejan medios de comunicación poderosos, entonces se “mama gallo” para implementarla o se le buscan unos esguinces para no tocarles sus intereses.

Y que decir de los que vigilan el cumplimiento de las leyes e impartir justicia. Lo más común ahora es el vencimiento de términos, aplicar doble instancia retroactiva para beneficiar a personas con nombre propio, sin medir toda la chorrera de políticos que fueron unos verdaderos hampones y hasta presuntos autores materiales de horribles masacres, pero estoy seguro no demora y salen libres, y como los delitos no son de sangre, pero los votos si, seguirán eligiéndose en cuerpo ajeno en sus esposas e hijos, con lo cual aseguran su continuidad dentro de las mieles del poder así sea que “estén tras” las rejas.

Los partidos políticos tienen dizque unos “comités de ética” que quisiera uno saber qué es lo que hacen, a quien investigan, porque primero son algunos medios o valientes columnistas quienes hacen las investigaciones y descubren fechorías, pero a pesar de ello y a veces con pruebas fehacientes, no se observa en los partidos esa postura firme y decidida para hacer sus investigaciones y/o expulsar de sus huestes a alguno de sus militantes que estén enredados en líos y escándalos, por el contrario se hacen más bien sujetos de proteccion por parte de su “partido”.

Con razón entonces ya veo tenemos más de 15 candidatos presidenciales, aun faltando año y medio para las elecciones. Ya a las instituciones más dignas de la patria aspiran investigados sin ruborizarse y los partidos a los que pertenecen, miran para otro lado como sino tuvieran nada que ver. A nada ni a nadie se le teme, esto moral y éticamente se ha ido convirtiendo en una verdadera guachafita y emergen cada vez más, cuevas de rolando cuyos huéspedes están listos como las hienas para dar el zarpazo y seguir en lo mismo, augurándole a las próximas generaciones una democracia incierta.

Lo anteriormente expuesto se siente con más rigor a nivel regional donde la valentía de investigaciones periodísticas es absolutamente vulnerable a la intimidación, amenaza o a la aridez de dejarles por fuera de la pauta que es lo que les permite en ultimas sobrevivir.

Hace unos días vimos algunas imágenes de graves incidentes en Guatemala, donde turbas enfurecidas e incontrolables incendiaron parte del edifico del parlamento. Grave, gravísimo que esto suceda, pero es inevitable mirarse el ombligo, o sea, en este caso a nuestro país y aunque ojalá eso nunca nos vaya a pasar, innegablemente se siente como cierto temor de que nos pueda suceder. ¿Y porque el temor? Sencillamente porque la gran mayoría de la clase política no quiere irresponsablemente entender que debemos recuperar la política seria, decente, ética, coherente, respetuosa, esperanzadora. Yo sigo en mi tozudez y no me cansare de ello, aunque muchos se burlen de mí y me tilden de iluso soñador y demasiado inocente. Si ser inocente es hacer esto, bienvenida mi inocencia.

Finalmente, el constituyente primario tendrá la palabra, o se sacude y en las urnas le cambia el rumbo a esto, o definitivamente nos condena a seguir rumbo al infierno y como dirían los japoneses, haciéndose el hara kiri.

 

 

 

 

 

 

 

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