La Prensa y el General Palomino

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Por Germán Ayala Osorio

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

La corrupción, en todas sus modalidades y expresiones guarda estrecha relación con la institucionalidad que emana, cobija y asegura la existencia de procedimientos reglados, y que a su vez caracteriza la toma de decisiones y por supuesto, define la cultura organizacional. Todo lo anterior, con estrecha relación con un definido contexto político y socio cultural.

En un país con una rampante corrupción pública y privada como Colombia, lo que se advierte es una baja o negativa institucionalidad, afectada en buena medida por  liderazgos mesiánicos, perfiles autárquicos y ejercicios de poder asociados a un ethos mafioso que la sociedad ha legitimado por largo tiempo. Desde presidentes de la República, a jefes de sección, gerentes y mandos medios, entre otros.

Es en ese contexto y circunstancias que podemos entender el inadvertido e “inusitado” enriquecimiento económico del general de la Policía, Rodolfo Palomino, denunciado por la periodista Victoria Eugenia Dávila.

Noto, eso sí, un tufillo de “venganza” de la periodista en contra del general Palomino, dado que al parecer la periodista fue víctima de seguimientos ilegales (“chuzadas”) ordenados, supuestamente, por el alto oficial. ¿Por qué ahora, y justo después de las denuncias de posibles “chuzadas”, se decide “investigar” el patrimonio del General? ¿Quién le entregó la información a la periodista?

Ahora resulta que el General, de un momento a otro, dejó de ser el consentido de los medios masivos y por arte de birlibirloque le caben y le llueven toda clase de denuncias por corrupción. En varias ocasiones la misma periodista que “destapó” los hechos que darían cuenta de un enriquecimiento por parte del Oficial, exaltó y felicitó la labor del General Palomino.

Se equivocan los medios y el periodismo bogotano al concentrarse en la figura de Palomino. El hecho noticioso está en él, pero la mirada y el examen periodístico debe hacerse sobre la institucionalidad, sobre las reglas, los procedimientos y en general, por la evidente complicidad de entes de control que por omisión permiten que funcionarios estatales usen sus cargos y el poder para beneficio propio.

Le corresponde al periodismo y a los periodistas vigilar de cerca las actuaciones de funcionarios públicos de esta categoría, por cuanto la misma prensa recoge  a diario las versiones,  comunicados, versiones y opiniones de voceros y fuentes directas como lo es el mencionado oficial. En esa consulta permanente, los periodistas suelen exhibir una inconveniente admiración por oficiales de alto rango, hecho que sesga la mirada de los comunicadores y en ocasiones terminan siendo estafetas de funcionarios que los buscan para “lavar” la imagen de la institución o la de su gestión.

En esas permanentes consultas con voceros oficiales, los periodistas establecen relaciones de amistad que restringen o anulan la capacidad crítica de quienes deben vigilar las actuaciones de los funcionarios públicos. Y puede, incluso darse que el periodista termine exaltando a un funcionario que solo está cumpliendo con su deber. De allí que,  cuando el periodista admira o siente un desmesurado respeto o admiración por una fuente,  muere el reportero y nace un estafeta.

Insisto: ¿en dónde quedó la institucionalidad y los mecanismos de control interno de la Policía Nacional? Es claro que la institucionalidad pasa, se instala y tiene sentido por el poder discrecional de oficiales como Palomino. De ese modo, quien llegue mañana a ser director general de la Policía Nacional podría hacer exactamente lo mismo por cuanto está reglado y aceptado enriquecerse dentro de esta institución. Y en consecuencia, esas aparentes prácticas corruptas y la ceguera de los organismos de control, internos y externos, se pueden replicar en otras instituciones del Estado. De allí que pedir la cabeza del general Rodolfo Palomino no sirva de mucho si no se modifican los mecanismos de control interno y se consolide una institucionalidad que no derive del poder discrecional de un ministro, de un director o de un jefe de sección, entre otros.

Me pregunto: si en las Fuerzas Armadas (FFAA) existen oficinas de Control Interno y se cuenta con órganos de control  externo como la Procuraduría General de la Nación, ¿cómo es posible que nadie se haya percatado del incremento patrimonial del alto oficial? ¿Qué vigilancia ejerce la DIAN sobre funcionarios públicos que en ejercicio y en razón de sus funciones aparecen con patrimonios elevados, poco acordes con los salarios devengados?

Así como dentro de las mismas instituciones castrenses hay grupos de contra inteligencia encargados de vigilar a sus propios miembros, ¿por qué no se activan los mecanismos necesarios para hacer seguimiento a las inversiones y transacciones que hagan oficiales, suboficiales y personal administrativo, en especial cuando se trata de figuras como Palomino, que a diario los medios exaltan y convierten en Héroes?

Los hechos que hoy enlodan al general Rodolfo Palomino deben servir para que los periodistas en formación y aquellos que ya ejercen el oficio, entiendan que deben tomar distancia de las fuentes oficiales. No es conveniente establecer vínculos de amistad con los voceros de instituciones privadas y estatales. Una prudente distancia garantiza un ejercicio periodístico independiente, riguroso y serio.

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