La rebelión de las ratas, medio siglo después

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Habrá que tener mucho tiempo de sobra para hacer lo que en su momento Gustavo Álvarez Gardeazábal hizo como tesis de pregrado: “La novelística de la violencia en Colombia”, un análisis de 10 ó más novelas sobre relatos que giran en torno a aquella época aciaga. Solo por si acaso, alguna vez Augusto Monterroso dijo que “el novelista es un ser mal educado que supone a sus interlocutores dispuestos a escucharlo durante días”. Mal educado, el novelista, y bien desocupado, el lector. Bueno, lo cierto es que en pregrado es difícil no perder el tiempo.

Yo llevo varios días escuchando a Toni Morrison, pero eso es otra cosa. Que me disculpen los seguidores de Zapata Olivella, pero Morrison… Morrison es otro nivel.

De la tesis de Gardeazábal rescato esta conclusión: “En plena mitad del siglo XX se escribe en Colombia en las formas y estilos del siglo XIX (Europeo)”.

Los costumbristas se quedaron en Balzac, Maupassant y Zola. O más atrás. En un riguroso estudio de Alan Swingewood sobre novela y revolución se señala que desde sus orígenes esta se ha concebido como un reflejo de la sociedad, en el siglo XVII Hause advertía en la literatura una “arma ideológica utilizada en la clase media en la lucha contra la aristocracia terrateniente”, más adelante Hippolyte Taine, habló de los mismo: un espejo de la sociedad y por lo tanto un arte de documentación histórica. Pero después se supo que no –ya sabemos que, como dijo Cortázar, un escritor lo es por lo creador y no por lo revolucionario–, y luego vino la teoría de Marx y de Trotsky… y hasta ahí voy.

Toda esa digresión –todavía no entiendo– para hablar de La rebelión de las ratas, esa novela que se publicó hace más de medio siglo y que, empero, sigue reflejando las condiciones de vida de los mineros y las de su círculo social.

¿Soto Aparicio vidente o la clase política que detenta el poder en este país invidente? ¡Las dos cosas!

En una entrevista en señal Colombia Fernando espetó: “yo envejezco pero mis libros son absolutamente profundos”. Y en efecto, la novela del escritor colombiano no dista de las actuales circunstancias socio-económicas de las comunidades que circundan las minas.

Hay que resaltar eso, que esta novela humaniza una problemática de la que, salvo por la caída en el precio de los commoditys y de algunos detrimentos ambientales, no se hace hincapié. No. Salvo unos pocos, nadie se acuerda de los conflictos a los que se ven abocados los mineros que hoy trabajan en las minas legales e ilegales.

Tendré la oportunidad de hablar con el maestro Soto Aparicio en la feria del libro de Bogotá y ahí le preguntaré cómo fue la experiencia suya en la mina de Carbón de la chapa en Boyacá, que según le escuché lo hizo en función de apropiarse del trabajo de los mineros. También, le cuestionaré si antes de escribirla lo sedujo el argumento de Germinal, el relato de Zola que narra una situación similar pero que se ubica en un territorio de Francia.

Me resulta inquietante saber por qué a un escritor lo atraía más el naturalismo de los europeos cuando Proust había descrito con irrepetible majestad las horas y horas de Swann en su aposento, cuando Bukowski hablaba de putas, alcohólicos y de sujetos que se jalaban el falo, Faulkner dinamizaba sus relatos con su polifonía, Borges y su exquisita prosística, Rulfo y sus profundos laconismos, en fin, ¿Qué llevó a que Fernando se inclinara por escribir esta novela a pesar de ser un ávido lector de esto que refiero y muchas otras obras que ignoro? Lo único cierto es que releer La rebelión de las ratas 53 años después de su publicación suscita emociones más lacerantes de las que uno sintió estando en el colegio: es verdad que desde el punto de vista literario no es una obra maestra, pero debo confesar que, al igual que muchos de mis compañeros de antaño, descubrir que eso que se narra en la novela se sigue sucediendo mucho tiempo después y con consecuencias más agudas resulta desconcertante.

Empezando el libro el autor presagia:

“Era necesario que el valle perdiere su aspecto bucólico para que la nación recobrara su estabilidad económica”.

Sí maestro, tal parece que es necesario…

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