La Región Pacífica, más allá de los acuerdos de paz

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Luis Eduardo Lobato Paz

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 

En la actualidad las discusiones de analistas, líderes políticos y grupos armados se concentran en determinar cuáles pueden ser los acuerdos en materia de víctimas y la exploración de vías para poner fin al conflicto armado en Colombia. Pero el verdadero proceso de paz comenzaría cuando se propongan o materialicen programas para desarrollar una sociedad más incluyente y equitativa en el país. Esta tarea va a ser la más exigente y retadora para los futuros gobernantes y va a consumir muchas energías. Evidentemente no se trata de construir un país y pensar que todo lo existente se va a remover, incluso se podría tratar de recuperar prácticas productivas que desaparecieron por la acción de las fuerzas ilegales y las propias dinámicas del conflicto armado.

Una revisión a lo que ha sucedido en la región pacífica colombiana en las últimas tres décadas nos muestra una involución en varios campos sociales y económicos. Examinemos estos aspectos:

Un primer hecho está relacionado con la reducción de los volúmenes de pesca en las zonas costaneras y ribereñas. Este fenómeno se produjo por la combinación de factores como el desplazamiento de la población de varias localidades que quedaron inmersas en las disputas territoriales entre guerrilleros, paramilitares y bandas criminales; la reducción de los bancos de peces por la contaminación con cianuro y mercurio que produce la actividad minera desbordada y, la proliferación de barcos con banderas de otros países que realizan labores de pesca ante la falta de control que ejercen las autoridades costeras.

Un segundo caso está relacionado con la reducción sustancial de las parcelas cafeteras que se dio en la zona norte del departamento del Valle del Cauca por la contrarreforma que agenciaron los narcotraficantes, quienes adquirieron por compra o coacción, muchas de las pequeñas propiedades y las reemplazaron por pastos para la cría de caballos.

Un tercer caso en el que se observa un retroceso es lo relacionado con la oferta alimentaria de varias poblaciones del Cauca. Poblaciones como Toribío, Jambaló, Corinto, Miranda y Silvia, que se caracterizaron hasta las primeras décadas del siglo XX por ser despensas alimenticias para el Norte del Cauca y sur del Valle, redujeron sustancialmente sus volúmenes productivos y algunas de ellas se volvieron “importadoras” de alimentos. Esto fue el resultado de las sustituciones de cultivos que se dieron  en varias de ellas,  de los productos de pan coger por plantas psicotrópicas. En Santander de Quilichao, por ejemplo, procesos productivos consolidados de producción de panela en zonas de población afro, se vinieron abajo por la irrupción de la fiebre del oro que se vive desde hace un poco más de tres años.

En Nariño los daños se han ocasionado en las áreas andinas y costaneras. En las primeras, gran parte de los bosques de niebla fueron talados para realizar en esos terrenos labores agrícolas o ganaderas. En las segundas, en especial en Tumaco, varios minifundios de vocación agrícola fueron adquiridos por compañías nacionales o extranjeras para iniciar procesos de cría de camarones, los cuales no han arrojado hasta el momento los resultados esperados por los inversionistas. En otras áreas de la costa Pacífica nariñense, las avanzadas de cultivadores de palma africana y coca han destruido vastos ecosistemas de bosque tropical y generado desplazamientos de cientos de familias de afrocolombianos e indígenas.

A estas afectaciones se les puede sumar las fumigaciones con glifosato que se realizaron sobre áreas del Macizo colombiano en el Cauca y de la costa nariñense para erradicar cultivos de uso ilícito en épocas anteriores y recientes, cuyos impactos y daños sobre los ecosistemas no han sido cuantificados hasta ahora.

Esta suma detallada de impactos generados por los grupos ilegales, las dinámicas del conflicto interno o por prácticas productivas nos muestra que, antes de pensar en nuevos programas o proyectos para la región Pacífica,  habría que implementar planes para resarcir aquellos daños sociales y ambientales que se han producido en las últimas décadas; y recuperar varios de los procesos productivos que generaron en épocas anteriores mayor integración de las comunidades, que les ofrecían mejores condiciones para la distribución de recursos y mayores oportunidades de lograr la seguridad alimentaria.

Vislumbrar planes de recuperación de los procesos productivos perdidos, la recuperación de los ecosistemas o la formulación de nuevos planes de desarrollo debe ser algo consensuado en los que las comunidades sean escuchadas acerca de lo que quieren y pueden hacer con sus bienes y vidas. Sea también la oportunidad de analizar críticamente el impacto de modelos productivos,  basados en la minería, palmicultura y la acuicultura, que se han tratado de imponer en el pacífico colombiano y han significado muerte y desplazamiento de miles de indígenas y afrocolombianos.

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