La región Pacífico y el cambio climático

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Luis-Eduardo-LobatoEl año de 1992 se celebró la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. El principal acuerdo de la reunión fue la firma del Protocolo de Kioto, en el que se reconocía la necesidad de disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, responsables en gran medida del cambio climático. A partir de ese año, se han realizado varias cumbres internacionales y locales en las que quedan consignadas promesas y acuerdos en ese sentido.

En Lima (Perú),  se adelanta por estos días la Cumbre de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 20). El objetivo que se persigue es “estabilizar los niveles de emisión de gases de efecto invernadero en un plazo que permita a los ecosistemas adaptarse naturalmente al cambio climático, asegurar la producción de alimentos y permitir el desarrollo económico de manera sostenible”. Días previos a la Cumbre, Estados Unidos y China se comprometieron a reducir para el año 2030 a un 25% y un 30%, respectivamente, las emisiones de gas carbónico que registraban en 2005.

Indudablemente, sin voluntad política de las grandes potencias económicas, que son las mayores responsables del cambio climático, no se podrá avanzar en la superación de este problema. Pero también cabría la pregunta: ¿Qué responsabilidad o cómo podrían contribuir las naciones de menor desarrollo económico? Si lo bajamos a Colombia: ¿Qué se está haciendo en Colombia para afrontar este reto vital?

Podríamos reducir aún más el espectro anterior y formular el siguiente interrogante: ¿Qué está sucediendo en  la región Pacífico colombiana en materia de emisión de gases de efecto  invernadero?  La revisión de hechos, prácticas y actividades que se desarrollan en la actualidad en esta región, nos permite aseverar que muy poco o  nada. Por el contrario se está contribuyendo al aumento de esta problemática. A continuación se describen algunos de estos factores causales:

Una situación de vieja data está relacionada con la tala de árboles maderables. En un Informe del Sistema Nacional de Monitoreo de Bosques publicado en octubre de 2014, se estima que en Colombia se deforestaron 120.933 has en el año 2013, pero no se hace una discriminación por regiones de Colombia. Aunque es bien conocido que en la región Pacífico este es un fenómeno recurrente. Años atrás (2010), en otro de los informes publicados por el Ministerio del Medio Ambiente e IDEAM y divulgado por Noticias Caracol se mencionaba que los nuevos focos de deforestación en esta región eran la vía Cali-Buenaventura, Tumaco y Urabá.

La siembra a gran escala de la palma africana, además de la problemática social y de violencia que generó, es uno de los fenómenos que más afecta la biodiversidad de la región y contribuye a la desestabilización climática. En un informe publicado en 2010 por el portal de La Silla Vacía se estipulaba que en Tumaco (Nariño) las plantaciones de este cultivo ascendían a 36.000 has. En el Chocó, Nixon Arboleda (Revista Luna Azul de la Universidad de Caldas, 2008) calculaba en 3245 has sembradas en ese departamento.

La siembra de matas de coca es otra de las prácticas con las que la región Pacífico contribuye al cambio climático. En el Informe titulado “Colombia. Monitoreo de Cultivos de Coca 2013”, publicado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito en Junio de 2014,  se establece que de las áreas cultivadas de coca del país suman 48.000 has. De este total, tres departamentos de esta región aportan el 38 %. Se discriminan en el siguiente orden: Nariño 13.177 has (27%), Cauca 3326 has (7%), Chocó 1661(3%) y Valle 398 has (1%).

Otro de los factores que crece con el correr de los días y produce efectos adversos en los microclimas de la región es la minería. En varios de los ríos que bañan la región se registra un número muy grande de explotación minera, con licencia ambiental o no, arrojan a estas fuentes de agua miles y miles de toneladas de mercurio y cianuro y propician riesgos de avalanchas al perforar las montañas por donde cruzan estos ríos.

La magnitud del daño producido en los bosques es mayor, ya que en las estadísticas se habla de cifras netas, pero no se tiene en cuenta los daños colaterales que generan estas prácticas extractivistas o sustitutivas. Por ejemplo por cada hectárea de coca que se siembre se destruyen otras dos, en cada fumigación con plaguicidas que se realice sobre los cultivos de palma se afectan varias hectáreas a la redonda; la contaminación de los ríos por mercurio o cianuro afecta la biodiversidad a lo largo de varios kilómetros de su recorrido y aun no se ha estimado cuántas áreas de corales, algas o población de organismos unicelulares del Océano Pacífico (vitales para la producción de oxígeno de la biosfera) han desaparecido por esta misma acción.

Mientras esto sucede, los organismos estatales encargados de realizar la vigilancia de las áreas protegidas, poco control ejercen y son ineficientes a la hora de cumplir con las  funciones para las cuáles fueron creadas. La consecuencia de esta inacción es el paulatino e  inexorable derretimiento de los casquetes de los nevados con que contaba el país, la destrucción sistemática de los bosques andinos y tropicales y la sucesión de estaciones climáticas rigurosas cada año. El resultado final son los deslizamientos, inundaciones, sequías que periódicamente producen damnificados y muertos a lo largo del país.

Por Luis Eduardo Lobato Paz

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

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