La solución final

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Santiago Jiménez Quijano

@santiagojq

Silvia y yo cumplíamos ocho años de noviazgo y, lo que debió haber sido una celebración, se convirtió en un amargo intercambio de reclamos. Surgió, como siempre, el tema de nuestro futuro. Silvia pensaba que ya que ambos teníamos trabajo, no teníamos por qué seguir viviendo en las casas de nuestros padres. Esgrimí algunos vagos argumentos en contra, pero oculté la verdad: no quería perder mi libertad, ni tener que destinar la mayor parte de mi sueldo a pagar un crédito infinito para comprar una casa y un carro. Silvia me acusó de inmaduro y yo le respondí que siempre lo había sido y no entendía por qué ahora le molestaba. La idea del ser humano es crecer, volverse adulto, dijo. Entonces le dije que se fuera para otra parte con sus lecciones de superación personal, y eso fue lo que hizo. Se paró de la mesa sin darme tiempo a reaccionar y no volví a saber de ella en una semana.

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Cuando nos volvimos a ver, le dije que no teníamos por qué pelear, que lo nuestro era especial, de otra forma no hubiera durado tantos años. Aún éramos jóvenes y debíamos aprovecharlo, teníamos que viajar y hacer otras cosas que después, viviendo juntos, ya no podríamos hacer. En un arrebato de irresponsabilidad le dije que hasta podríamos pensar en tener un hijo. El rostro se le iluminó y me perdonó. Decidimos celebrar nuestra reconciliación yendo a comer. Propuse que fuéramos al restaurante de hamburguesas que a mí me gustaba, pero Silvia dijo que había un nuevo sitio de sushi que quería probar. Le pregunté desde cuándo le gustaba el sushi y ella dijo que quería probarlo porque a Lulú le encantaba y dije que ahora lo entendía todo y que no había nada de malo con mi restaurante, pero que al lado de sus amigos yo siempre era inferior. Se puso furiosa y se fue, y yo me arrepentí al instante, pero era demasiado tarde.

Silvia y yo habíamos nacido en la misma calle de un barrio popular. Nos habíamos hecho novios el último año de colegio y ella había escogido una universidad privada y yo una pública. Desde ese momento nació una tensión socioeconómica entre los dos, que ninguno se atrevía a reconocer. Yo quería  quedarme en el barrio, con mi gente, seguir siendo el mismo. Ella, olvidar su pasado e irse lo más lejos posible de aquel lugar. El caso es que, a partir de esa última pelea, las cosas no hicieron sino empeorar. Aunque seguía respondiendo mis llamadas, en su voz no había ningún entusiasmo y hablaba con monosílabos que a veces me enfurecían y otras me partían el alma. Le compraba regalos para ir a su casa, pero los recibía sin emoción y no me dejaba entrar. Rechazaba todas mis invitaciones a salir, decía que prefería estar en casa, y cuando me ofrecía a llevar una película para que la viéramos juntos, se negaba diciendo que prefería estar sola.

Después empezaron a llegar a mi cuenta correos anónimos que decían que yo era muy poca cosa para Silvia, que mejor me alejara de ella y la dejara en paz. Le pregunté si tenía algo que ver con eso y me dijo que no, pero que tal vez el escritor anónimo tenía razón. Si eso es lo que crees, entonces por qué no me dejas, le pregunté. Ella dijo bien, y sentí que yo mismo me había clavado el puñal en el corazón. Dejó de contestar mis llamadas y pasó un largo mes antes de volver a oír su voz. En esa ocasión hablaba como si estuviera confundida y yo supe que era la oportunidad de recuperarla. Fui a su casa y la consolé y no hubo reproches ni peleas de ningún tipo. Pensé que lo nuestro se había vuelto a enderezar. Me prometí que no la descuidaría más, que iba a ser el hombre que ella quería.

En el tiempo que estuvimos separados, los correos anónimos dejaron de llegar. Pero a los pocos días de que volvimos a hablar, aparecieron de nuevo. Llamé a su casa para saber cómo estaba y me encontré de nuevo con su voz fría. Me dijo que no me hiciera ilusiones por lo que había pasado la otra noche. Yo le prometí que era un hombre nuevo, le rogué que no se volviera a alejar de mí y lloré como un niño en la bocina del teléfono. Ella dijo que la volviera a llamar cuando me hubiera calmado.

Un día llegó un mensaje que decía que, menos mal, Silvia había encontrado a alguien que sí la sabía tratar como a una mujer. Perdí la cabeza. No la llamé porque sabía que en mi estado sería contraproducente. Entonces salí a caminar, tratando de aclarar la mente. Era una mañana soleada y yo me sentía como un tigre acorralado. Las cosas habían llegado a un punto de no retorno. Recordé la recomendación que me había hecho un amigo, sobre un lugar en el que encontraría el arma para ponerle fin a una situación como la que estaba viviendo. Fui hasta allá y la compré por el dinero equivalente a un mes de sueldo. Llamé a Silvia y, controlando mi excitación,  le dije que teníamos que vernos esa misma noche en el parque al lado de la casa. Preguntó, impasible, a qué se debía la prisa y por qué en ese lugar. Le dije que me iría de la ciudad al otro día y que debía decirle algo importante, lejos de los oídos de nuestros padres. Dijo que estaba bien, pero que no me demorara, porque tenía mucho que hacer. Le dije que no se preocupara, que sería cosa de cinco minutos.

Después fui a su trabajo y la esperé a la salida. Quería asegurarme de que lo que iba a hacer era lo correcto. La vi despedirse de sus compañeros y atravesar la avenida. Caminó sin prisa y entró a un café y se sentó en una mesa alejada de la ventana. La vi mirar a su alrededor y luego hacia el reloj en su muñeca. Al poco tiempo, llegó un hombre y se sentó con ella. Se saludaron con un beso en la boca. Yo temblaba de ira, pero me consolaba pensando que la decisión que había tomado era la mejor. Los vi tomarse de las manos sobre la mesa. Hablaban mirándose a los ojos y descubrí en el rostro de Silvia la sonrisa que creía perdida para siempre. No soporté más y me fui al parque a esperarla.

Faltaba mucho para nuestra cita y me torturé pensando en que no vendría. Sin embargo llegó puntual, caminando con ese insoportable aire de pasos ligeros de alguien feliz. Al verme, su expresión cambió y vino hacia mí como si se tratara de una tarea obligatoria. Yo permanecí con las manos en los bolsillos de la chaqueta para que no pudiera ver lo que había comprado y no se sintiera intimidada. La invité a caminar hasta las bancas, que estaban en el lado más oscuro del parque. Cuando llegamos, no la dejé sentar y le dije para qué la había citado. Su rostro se transfiguró, dos lágrimas cayeron de sus ojos y con voz entrecortada alcanzó a pronunciar un lánguido sí quiero, que luego repitió varias veces, cada vez más fuerte, a medida que iba recuperando el aliento.

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