La verdadera corona perdida

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Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

 Robada. Arrebatada por quién va a saber qué oscuros intereses, económicos con toda certeza. En nuestras narices nos despojaron de la corona máxima, de la que más alcurnia representa. Se la llevó otro país. Nos la ganaron de frente y se hicieron a ella, ya sin reversa.

 No se trata de ese festín deschavetado que nos regaló el episodio del descorone de oropel en Miss Universo, en este caso no se están emulando dignidades ni poderes. La Corona de la Virgen de la Inmaculada Concepción de Popayán, mejor conocida como la Corona de los Andes, el pasado 2 de diciembre fue comprada en subasta por el Museo Metropolitano de Nueva York, sin que el gobierno colombiano, ni la ciudad de Popayán, ofrecieran nada por ella. Ni el case siquiera.

 El MET anunció gozoso la adquisición de “uno de los más importantes ejemplos de orfebrería colonial de América Latina, una magnífica corona de oro repujado de los siglos XVII y XVIII, con 443 esmeraldas”. La historia está en la Revista Arcadia (http://www.revistaarcadia.com/arte/articulo/met-compra-corona-andes-popayan/45292), no en los titulares de los grandes medios ni en las indignaciones de las redes sociales por estos días, que andan alebrestados por la pérdida de una parodia, de la otra corona, la de mentiras, la más superflua. A nadie parece importarle que nos hayan robado la Corona de los Andes.

Será porque tal vez no fue un robo, sino una equivocación. De error en error semejante patrimonio se escurrió entre los dedos, se negoció con él para enriquecimientos privados, y vaya uno a saber qué alcalde, cofrade o arzobispo, o cuál concierto de intereses, le arrebató a la Ciudad Blanca esta joya de orfebrería sin igual, la demostración fehaciente del poderío de estas tierras en épocas pretéritas.

 Receptora de los tesoros de la expoliación conquistadora, centro de poder eclesiástico y monárquico, dueña de minas y esclavos, la muy noble ciudad de Popayán y sus más expertos joyeros tardaron 5 años en construir esta joya votiva, que fue pieza central de los actos de la Semana Santa durante más 3 siglos. No en cualquier ciudad se produjeron joyas como ésta, que según cuenta la historia, fue apetecida por corsarios ingleses, por libertadores ambiciosos de poder y por monarcas del mundo entero.

 La Corona reposó en Popayán hasta que, como canta Escalona en la Custodia de Badillo, se la robó un ladrón honrado. Con el cuento de que la ciudad necesitaba un orfanato y un ancianato pero las arcas del arzobispado estaban menguadas, en 1914 se recibió el permiso papal de vender la joya. Unos años después, en 1936, un empresario de Chicago pagó 85 mil dólares y se hizo a este patrimonio insignia de la ciudad.

 Seguirle la pista a la Corona no es difícil, hay registro de sus ventas entre coleccionistas privados y de sus giras de exhibición por todo el mundo; incluso en 1995, a punto de ser subastada en Christie´s, el gobierno colombiano intentó infructuosamente comprarla. Hoy sabemos que al menos ahora está en manos de un gran museo, el MET de Nueva York, y que será exhibida al público de manera permanente. A los payaneses que queramos conocer lo que nos perteneció, nos toca esperar a que baje el dólar para viajar a Nueva York y allí, en el centro de Manhattan, la podremos encontrar.

 Pero más complicado es seguirle la pista a los 85 mil dólares que recibieron la curia, el arzobispo y los cofrades de la época. Hay versiones que indican que con ese dinero se construyó el Palacio Arzobispal de Popayán, y rumores de pasillo que cuentan cómo entre los abogados y el arzobispo se hicieron a su botín. Lo cierto es que ni orfanato ni ancianato, ni ninguna obra caritativa se benefició con ese dinero. El patrimonio de la ciudad se perdió, el cura se enriqueció y la Corona, que siguió su camino, en el siglo XXI superó el precio de 5 millones de dólares.

 La gran Corona de los Andes ya nunca va a volver a la ciudad. Se la llevaron, se la llevaron, se la llevaron, ya se perdió. Lo que pasa es que la tiene un ratero honrado, lo que ocurre es que un honrado se la robó.

 Adenda: Me voy a tomar en serio unas buenas vacaciones en enero, así que retornaré a estas páginas en 3 semanas. Para todos quienes han sido compañeros de viaje, de lectura y de cariño del 2015, deseo que el nuevo año traiga sensatez, alegrías y optimismo para enfrentar los nuevos tiempos de la paz que se avecinan. ¡Feliz Año!

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