Las barras bárbaras

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floro-hermesEl pasado fin de semana fuimos testigos de los desordenes causados como consecuencia directa del partido entre el América de Cali y el Deportivo Pereira, que perdía el primero 0-2, desórdenes que se han vuelto costumbre desde hace algunos años, cuyos protagonistas por regla general son jóvenes, situación que explico de la siguiente manera:

De unos años para acá, luego de la época del fútbol como entretención de mafiosos violentos y de los equipos como empresas para el lavado (blanqueo) de activos (producto de la debilidad de nuestro Estado), siguió la transformación del encuentro de afectos en encuentro de instintos, el cual desembocó en las eufemísticamente denominadas “barras bravas”, que debieran llamarse “bárbaras”.

Expreso “bárbaras”, pues reconozco en tales organizaciones humanas un estructuración superior al salvajismo, pero anterior a la idea de civilización, no obstante que ellas son una expresión de la “desindividuación”, una manifestación propia de la psicología social, que explica cómo se deja de ser individuo (el ideal de la modernidad liberal) y se regresa al sometimiento a la horda; o, al decir de Canetti, el transformarse en “rebaño obediente”, que quiere decir alejarse del ideal de la Ilustración de valerse del propio entendimiento.

Pero, esta clase de “barras bárbaras” no surgen en el vacío. Son el resultado, por una parte, como lo señaló el escritor británico Arthur Hopcraft, de múltiples factores generados de violencia futbolística: 1) las riñas entre jugadores; 2) el gusto por pelear y destruir de grupos de aficionados; 3) la distribución espacial de los estadios, y 4) los resentidos sociales.

Por la otra, son un fenómeno sobreviniente a la cultura mafiosa de lo ilegal, de lo oculto, del engaño y de la violencia, que como bien sabemos ha invadido todas nuestras esferas: desde el mundo vulnerable de los barrios populares de nuestras ciudades hasta la altura sagrada de la actividad política, con sus desgarradoras consecuencias.

En consecuencia, significó la expulsión de los aficionados que batían banderas, arrojaban serpentinas y confetis y, con sus gritos agradecían a los dioses del deporte. En su reemplazo ingresaron antisociales que baten puñales, arrojan objetos contundentes y, con sus gritos irascibles desafían los dioses de la muerte.

Pero, ¿quiénes son esos jóvenes de conductas antisociales? Ellos son el producto de nuestro sistema político y económico extractivo, que los marca con el signo de la crisis, el desempleo y la depresión salarial, dentro de una sociedad inmersa en un Estado incapaz de monopolizar la violencia, que no da opción.

Por lo tanto, esos jóvenes con claros trastornos antisociales, encuentran en el partido de fútbol de la semana el espacio para proclamar una superioridad dentro de una sociedad que les condena al anonimato y para reafirmar una identidad edificada sobre la negación del estatuto humano de los otros.

En conclusión, nos encontramos ante una crisis de la salud mental de miles de jóvenes, que no se resuelve con la idea ingenua, inadmisible en un médico, de prohibir los elementos de identidad (de trapos, gorras y prendas alusivas al equipo), pues esto sólo desembocará en un mayor anonimato, que conducirá a una mayor negación del estatuto humano al otro. Es urgente, tratar la patología de las “barras bárbaras”.

Floro Hermes Gómez Pineda

@Florohermes

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