Las desapariciones

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En un relato, no siempre un hecho es consecuencia de otro. Las cosas, simplemente, suceden.

Por Santiago Jiménez

@santiagojq

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De nuestro barrio, un día, empezaron a irse los hombres. No es que antes no hubiera sucedido. De ambos bandos venían y reclutaban a nuestros jóvenes o ellos mismos abandonaban sus hogares buscando otros rumbos y otros amores. De lo que estoy hablando es de una desaparición masiva. Primero fueron los hombres alrededor de los treinta años. Se fueron en el transcurso de una semana. Dejaron a sus mujeres y a sus hijos. Salieron por las noches, algunos sin avisar y otros diciendo que no se demoraban. Y no volvieron. No se supo si se los llevaban a la fuerza o si se fueron por su voluntad. Las esposas y las amantes los lloraron en silencio, pero no podían perder el tiempo pensándolos, ocupadas como estaban en los avatares de la subsistencia. Lo único que les recordaba que habían existido eran los sobres sin marcar que empezaron a llegar a sus puertas tiempo después, con algunos billetes gastados y viejos adentro.

Al cabo de un tiempo empezaron a irse los hombres alrededor de los veinte y los cuarenta. Las mujeres que no se habían casado entraron en pánico y se dejaban embarazar de cualquiera, en los cuartos de sus casas o en lotes deshabitados al lado de las calles oscuras. Temían que no quedara nadie que les diera un hijo. El barrio se fue convirtiendo en uno de mujeres, ancianos y niños. Nadie preguntaba qué estaba pasando. Ni en la radio, ni en la televisión, ni en la prensa salían noticias de los hombres que se iban.

La primera en hablar del tema abiertamente fue mi vecina Maruja. Cuando íbamos a lavar al río se preguntaba si en otros lugares estaría pasando lo mismo. Nosotras no le prestábamos atención porque no queríamos atormentarnos. Pero de tanto insistir, un día le prometimos que haríamos una expedición a los barrios vecinos. Salimos en la madrugada un grupo de cinco, y lo que encontramos adonde fuimos nos dejó perplejas: como en casa, no se veían hombres entre los veinte y los cincuenta años. Cruzamos palabras con algunas mujeres y las que quisieron hablar nos contaron una historia que era la misma nuestra. En parte fue un alivio saber que no éramos las únicas, pero también se nos metió cierta desesperanza en el cuerpo.

El viento de una tarde gris devolvió a algunos de los hombres que se habían ido como treintañeros en el primer grupo y que ahora parecían de setenta. Traían los rostros demacrados, los ojos trastornados y era como si les hubieran cortado la lengua. De tanto esperarlos, no pudimos contener las ganas de preguntarles dónde habían estado, haciendo qué y con quién y por qué no habían avisado al irse. Pero ellos permanecían mudos y nos atravesaban con la mirada. En las casas se la pasaban sentados, mirando por las ventanas hacia el cielo. De vez en cuando se levantaban y salían a caminar por el barrio y cuando se encontraban, ni siquiera entre ellos pronunciaban palabra alguna. Al verlos daba la sensación de que fueran árboles que hubieran aprendido a moverse y a deambular por nuestras calles.

Cada vez que un hombre volvía, el sobre dejaba de llegar a la puerta. Así que cada retornado se convertía en un cuerpo inútil y una boca más para alimentar con menos dinero. Las mujeres tuvimos que trabajar el doble, sin la oportunidad de soportarnos en nuestros hijos, porque ya para esa época no esperaban a volverse grandes para seguir el paso de sus padres. Ahora desaparecían a los doce o trece años. Como consecuencia de ello, las niñas de su edad, que habían despedido a los hombres que ahora volvían y decían ser sus padres, no tenían ninguna posibilidad de encontrar con quién hacer una familia. Vivían tristes y calladas, esperando que los hermanos de sus compañeras volvieran antes de que fuera muy tarde, para entregarse a vivir en poco tiempo lo que se habían perdido en años. Pero los demás no regresaban.

En una corta temporada se murieron todos los viejos y los hombres que habían regresado, y el barrio se fue quedando solo con mujeres entre los veinte y los cuarenta años. Fue la época en donde estuvo más limpio y callado que nunca.

Y entonces, en una tarde que amenazaba con repetir a las demás, desde la calle por la que se iba al centro de la ciudad, salieron de la nada contingentes de hombres que venían en busca de una casa para pasar la noche y el resto de sus vidas. No eran los que se habían ido del barrio, sino desconocidos que traían la misma cara de derrota y angustia de quienes habían regresado. También, como ellos, hablaban poco y no sonreían, pero las mujeres que habían crecido solitarias los agarraban como si hubieran sido un regalo del cielo y los metían en sus hogares para empezar a formar una familia. La vida fue un poco más llevadera, pero las mujeres sabían que en cualquier momento sus hombres partirían y esa certeza las  atormentaba y las empujaba a estar siempre de afán, siempre queriéndolo todo en el menor tiempo posible. Los hombres eran como máquinas y no rechistaban por la actitud de ellas, como si el nuevo ritmo frenético que proponían sus parejas no fuera sino un mundo en cámara lenta comparado con el que les había tocado soportar antes.

Hasta que Maruja volvió a hablar en el río. Preguntaba por qué las mujeres teníamos que vivir en esa zozobra permanente y cuándo sería el día en que podríamos tomar la decisión de irnos. Como la primera vez, no le prestamos atención a sus palabras. Pero luego de un tiempo todas nos estábamos preguntando lo mismo. Un domingo anunciamos a nuestros hombres que íbamos al mercado. Y no volvimos jamás.

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