Las filas que no se acaban…

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leo quinteroPor leo quintero 

Si hay algo que nivele a la sociedad caleña son las filas. Existen para toda clase de actividad.

 Hay filas  para entrar al Pascual Guerrero, especialmente cuando hay partidos de algún nivel de importancia que amerita que la Policía Nacional disponga de tres anillos de seguridad para evitar que sigan entrando los mismos aficionados  que siempre se cuelan.

 Hay filas para entrar al cine; a pesar de que el número de salas en la ciudad creció, aún siguen, siempre y cuando haya una buena película en cartelera, porque el cine sigue siendo una alternativa de fin de semana para los caleños, que son buenos consumidores de esta clase de espectáculos.

 Hay filas en las plazoletas de comida de los numerosos centros comerciales de Cali. Los comensales deben hacer fila para pedir, luego para pagar y finalmente esperar en las mesas con los avisos de cada restaurante, que van desde los más vistosos hasta los más insólitos, hasta que llegue el pedido.

 En esto estamos igual los caleños. La sociedad se nivela en el momento de hacer fila.

En donde el tema cambia de cariz es en la salud: porque las filas ahora se organizan no en horas cristianas, sino que comienzan en las madrugadas,  dependiendo de la zona de la ciudad. Si es en el oriente, arrancan a la medianoche o en la noche anterior, para recoger una de las diez, o veinte, o treinta fichas que como máximo entregan los centros de salud que manejan las Empresas Sociales del Estado, Eses, sin hache, aunque el servicio en muchas de ellas deja mucho que desear. En las laderas, las filas comienzan a las dos de la madrugada. En el sur, a las cuatro de la mañana. En todas las entidades del Estado se debe hacer fila, y más si es en el tema salud. La propia sede del Sisbén, la central, ubicada en el edificio de la Universidad del Valle, en la avenida Sexta, mantiene con clientela, que arranca a las cinco de la madrugada a esperar un servicio.

 Las filas se convierten en patrimonio de la ciudad. Las hay para sacar la libreta militar, para cambiar el pase de conducción, para renovar la cédula de ciudadanía, para todos los servicios. Y ahora han vuelto las filas para tomar el MIO. Son enormes filas de personas que disgustadas  deben esperar a que llegue el bus para llevarlos a su destino. En estas filas el nivel social cambia, porque el servicio es diferente según el estrato socioeconómico, en salud cuando hay medicina prepagada y también con los que no tienen que esperar al MIO, los que se han desmontado de este servicio y han pasado a la motocicleta o al primer vehículo  en su vida, o han tomado el motorratón, el pirata, que ahora se convirtió en el motor del transporte público en Cali con los de 350.000 viajes diarios, según lo reconocen las Directivas de Metrocali  y lo certifica el secretario de Tránsito, quien asegura que ha inmovilizado más de 2.450 en lo corrido del año.

 Las filas que en los años setenta y ochenta fueron marca de ciudad, con las que se evidenciaba el civismo en Cali, ahora demuestran que algo está fallando, especialmente cuando se debe esperar durante varias horas para conseguir un servicio del Estado, comenzando por la salud y terminando por el MIO.

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