Las hijas e hijos de la paz

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Ochenta y seis  nuevas criaturas están por nacer. No es cualquier tipo de ser el que viene llegando. Son las hijas e hijos de la paz. Son las hijas e hijos de madres y padres que tuvieron sosiego para concebir, gracias a un proceso de negociación de un conflicto armado que parecía innegociable. La vida se impone. La vida renace. Las hijas e hijos de hombres, y sobre todo mujeres valientes, que decidieron abrirle paso a una descendencia con la fe puesta en un futuro mejor, en geografías donde antes se le abría paso al fuego, a las armas, al dolor, a la guerra. Dice Hannah Arendt que toda vida es sagrada, porque ninguna vida se parece a otra. Estas son vidas con propósito, con sentido. ¿Por qué un hecho tan significativo no está ocupando las primeras planas de la prensa local y nacional? ¿Por qué las grandes empresas mediáticas no están cubriendo este tipo de sucesos? Como tampoco el proceso de dejación de armas, con el despliegue mediático que debería tener.

¿Será que nos hemos acostumbrado tanto a la guerra, a la ignominia y al dolor, que no logra conmovernos la ternura de un recién nacido? No solamente los hombres y mujeres deben desarmarse. El gran desarme que necesita la nación colombiana para renacer junto con los pequeños que vienen llegando, es también simbólico, mental, emocional y psicológico, pero como no se ve, es más difícil de lograr. Las armas simbólicas que se han instalado en las mentes del pueblo colombiano no son fáciles de dejar. Esa dejación de armas simbólicas necesita  de dispositivo comunicacionales, tan poderosos y penetrantes, como los mismos que las instalaron.

La gran tarea, como lo indicó el profesor de la Universidad de Los Andes, Andrei Gómez-Suárez, invitado a la Universidad Autónoma de Occidente, en Cali, el martes 28 de febrero, es construir nuevos dispositivos emocionales que nos permita aflorar sentimientos de solidaridad, justicia, compasión, amor, ternura, compañerismo, de forma que la llegada de nuevos infantes merezcan nuestra atención y afloren nuestra alegría. Es necesario practicar nuestra inteligencia emocional y ello empieza por poner en evidencia, es decir, traer a la conciencia, lo que nos conmueve y lo que no, y reflexionar por qué no nos conmueve lo que nos debería conmover. Que después de la guerra, haya nuevos nacimientos es como ver brotar una flor de una piedra o un árbol frondoso en medio de un desierto. Es como presenciar lo inimaginable, lo casi imposible y permitirse creer en que ese asombro tiene asidero, es posible.

Por el contrario, el fruto del vientre de esas 86 mujeres exguerrilleras ya está enfrentando desde las entrañas la precariedad o casi ausencia estatal. Sus madres no tienen una atención médica de calidad, no están inscritas en un programa prenatal, no se sabe si están bien alimentadas, si han seguido todos los protocolos de atención que debe seguir una mujer en embarazo. ¿Y al nacer? La ropa, los pañales, los implementos necesarios, un hábitat digno, unas condiciones básicas para tener una infancia feliz, todavía son materia de duda. Sus esperanzas se ciernen, por ahora, en las campañas de solidaridad que circulan por las redes sociales digitales.

Ojalá la esperanza sea mayor que el desgano, para que estos casi 6.000 hombres y mujeres que depusieron sus armas no desistan en el empeño por articularse plenamente a la vida civil y democrática; es obvio que esto será posible si el Estado cumple con lo prometido, no sólo con lo básico, sino con todo. Y una buena oportunidad de demostrar que en serio una Colombia en paz es posible, sería garantizando buenas condiciones de vida para esta nueva generación de pequeños que nacen fruto de la paz.

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