Las mujeres Paz-Haremos

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

El pasado 25 de noviembre, Día Internacional de la No violencia contra mujeres, las mujeres de la Ruta Pacífica del Cauca realizaron la movilización denominada “las mujeres Paz-haremos”. Con esta consigna, este grupo de mujeres buscó servir de “caja de resonancia” al discurso de la paz e insistir en la importancia que tiene lograr una salida negociada al conflicto armado en Colombia. La misma que organizaciones de mujeres, como la Ruta Pacífica, vienen promoviendo desde hace 25 años. Este tipo de organizaciones, movilizaciones y consignas nos llevan a pensar en la esencia más profunda de la guerra y en sus consecuencias para la vida en sociedad. Y son las mujeres, dadoras de vida, quienes nos llaman la atención sobre esas razones fundamentales para acabar con la guerra; esas razones que trascienden las argumentaciones políticas porque nos llevan a pensar en lo esencial: en la vida.

Si bien la paz, entendida como proceso político para finalizar la guerra, es un pacto entre los grupos que han estado en combate, la cultura de paz es una construcción social que nos compete a gruesos sectores de la población; a todos y todas. La cultura de paz, entendida como las actitudes, prácticas y comportamientos proclives a convivir sin agredirnos, a pesar de las diferencias, es la condición necesaria para que la paz, como proceso político, sea estable y duradera. Las mujeres de la Ruta Pacífica y muchas otras organizaciones de mujeres indígenas, campesinas, afrodescendientes, populares y de distintas procedencias, nos señalan que el camino hacia la paz, es la cultura.

La cultura de paz es la tarea de largo aliento que debe emprender la sociedad colombiana. Sacar la palabra cultura del vano cliché en el que ha caído y comprenderla como práctica cotidiana de vida, donde la diferencia de pensamiento sea compañera de viaje, que permita crecer en la pluralidad, la democracia y el reconocimiento de lo diverso, sin el más mínimo atisbo de pretender eliminar las diferencias cuando superan los límites de nuestra comprensión. Ampliar nuestra capacidad de entendimiento, de empatía; para convivir con la diferencia, porque entre iguales es más fácil.

El reto es convivir con el diferente. Con el que piensa radicalmente diferente. ¿Cómo logarlo? Tal vez lo lograremos cuando nos remitamos a pensar, sentir y vivir lo fundamental, lo vital, eso que nos enseñan las mujeres a través de sus manifestaciones; no gratuitamente una de las consignas de la Ruta Pacífica de las mujeres ha sido la de no parir más hijos e hijas para la guerra, pues es un sin-sentido entregar los críos a la barbarie, y ese sentimiento profundo de dolor por la pérdida, máxime cuando es violenta, de un hijo o de una hija, sí que lo han sentido las mujeres, mucho más que los hombres. Porque mientras que los hombres han estado en el mundo de lo público, incluida la guerra, las mujeres han estado en el mundo privado, cuidando de la familia, del hogar, de los hijos, de las hijas, de las nuevas generaciones.

Vidas que siempre son una promesa, una esperanza, un comienzo, un despertar, como lo propone la filósofa alemana Hannah Arendt. Es allá donde tenemos que remitirnos siempre, cuando la vida esté en riesgo, tal y como sucede en tiempos de guerra. Eso tan fundamental que las mujeres están llamando a reconocer para parar esta guerra por vía negociada: la Vida.

Por eso el 25 de noviembre siempre sera exclusivamente para reivindicar la vida de las mujeres, en conmemoración de las hermanas Mirabal, quienes fueron asesinadas por militares bajo el mando del dictador Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana hace 55 años, lo han elegido para honrar sus nombres, éste justo momento en el que Colombia se avecina a la salida política y negociada de un conflicto armado.

Las mujeres del Cauca aprovecharon el pasado 25 de noviembre para refrendar simbólicamente la firma de la paz en Colombia con su consigna las mujeres paz-haremos. Ellas pasan por las calles de los pueblos del Cauca, uno de los epicentros de la guerra en Colombia, para decir, de nuevo, como hace 25 años, no pariremos más hijos e hijas para la guerra.

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