Las zonas verdes de Cali

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leo quinteroPor Leo Quintero

De las ciudades de Colombia, Cali es quizá de las más verdes. Claro, por sectores. En su zona urbana se puede observar tal variedad de especies, que en muchos países, desarrollados y del tercer mundo, no alcanzarían a conocer todos sus habitantes. Pero aunque es verde, tiene un déficit grande en materia de arborización, de parques y esencialmente de respeto por el derecho que tiene el ciudadano de gozar de esos espacios.

Los técnicos aseguran que cada ciudadano tiene derecho a por lo menos quince metros cuadrados de zonas verdes para su esparcimiento –¿qué dirán los japoneses?–, pero muchas de esas áreas no pueden ser disfrutadas por el ciudadano común y corriente porque tienen dueño, porque  son inseguras o por mero comportamiento ciudadano.

Hay zonas verdes inmensas, como del parque de la calle 26, antiguo corredor férreo, con la que los gobiernos sueñan para desarrollar autopistas, ciclovías, áreas de integración, pero que están dejadas a su suerte.

Allí están ubicadas las bodegas del Ferrocarril, abandonadas luego de la muerte de monseñor Isaías Duarte Cancino. Recordemos que los dos pistoleros que cegaron la vida del prelado –el Calvo y el Cortico– se «fugaron» (así, entre comillas) de ese reclusorio, recogieron las armas y luego del crimen volvieron a entrar como Pedro por su casa a las mismas bodegas. Después de esa fecha, desde hace más de un decenio están abandonadas, convertidas en motel de consumidores de vicio.

Ese es el mismo camino que están corriendo las antiguas bodegas de la Industria de Licores del Valle, para las cuales no hay recursos del estado regional. No hay plan y menos opciones diferentes a las de convertirse en símbolo de los sueños del departamento de hacer un complejo tecnológico, como lo pensó el hoy vicepresidente Angelino Garzón, o Ciudad Salsa, como también lo proyectó el gobierno caleño.

Los parques de barrio hoy están convertidos en dormidero de locos, de enfermos consumidores de alucinógenos o en las noches son parqueadero de carros. Las más agraciadas zonas verdes reciben serenatas nocturnas de quienes no tienen en donde rematar y van a parar a los parques para seguir la rumba y la rasca, prendiendo y haciendo traquear a todo volumen el equipo de sonido de su carro, nuevo o viejo, y perturbando la tranquilidad del vecindario.

Esos parques son los que debe recuperar la comunidad para su recreación en las mañana y para el dialogo en la noche, que ahora solo se hace puerta a puerta en los barrios populares ante el temor de que al cruzar la calle el dueño de la calle y su frontera imaginaria genere una desgracia en su demostración de poder sobre un área de Cali.

Las zonas verdes, los árboles, son un derecho de los ciudadanos, de quienes habitan Cali, pero quienes tienen también una obligación con el futuro de multiplicar su número, con su cuidado y protección, para conjugar aquello que enseñaban hace muchos años y que pocos se acostumbraron a cumplir: a dejar el planeta mejor de lo que lo encontramos.

 

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