Lecciones de El Salvador

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Gustavo-OrozcoPor: Gustavo Orozco

Hace poco más de un mes, El Salvador celebró su segunda vuelta de elecciones presidenciales. Además de la controversia sobre la transparencia de los resultados, la demora del Tribunal Supremo para entregarlos y la mínima diferencia entre ambos candidatos, el escenario político de la campaña nos deja varias lecciones por aprender. Sobre todo viniendo de un país que, veinte años después de firmada la paz, vive en un posconflicto lastimoso.

El Salvador es un ejemplo perfecto para probar que la paz es más que el fin de la guerra. Los partidos salvadoreños siguen hasta hoy con un discurso guerrerista y hostil; la derecha insiste en enterrar a los comunistas en su tumba y la izquierda, por siempre dogmática, acusa a los oligarcas e imperialistas. La paz no es solo la deposición de las armas y la firma de un acuerdo; dos pasos muy fáciles ante los desafíos monumentales del posconflicto.

El Salvador no ha vivido una etapa de sanación y reconciliación. En su afán por terminar la guerra, firmar un papel y seguir adelante, ignoró la importancia de la reconstrucción del tejido social, de la sanación de las heridas sociales. A diferencia de Sudáfrica, donde el descubrimiento de la verdad fue fundamental en su proceso de paz, El Salvador intentó pasar la página sin mayor explicación. Nunca nadie ha aceptado responsabilidad alguna, los partidos y sus electores se continúan lavando las manos encima del otro. Los exguerrilleros justifican la toma de armas, la derecha justifica su accionar contrainsurgente. Ambos fueron igualmente sanguinarios. Ambos fueron asesinos. Ambos son culpables. Pero cada uno vende su historia, cambiada y remachada para salir como vencedor a como dé lugar.

Por eso, hoy por hoy, los salvadoreños siguen apegados a los sentimientos y a las historias de la guerra. Siguen peleando (aunque en las urnas, afortunadamente) el comunista y el oligarca, que no se dan por enterados del fin la Guerra Fría. La polarización del país es indiscutible y los sentimientos de la época de guerra siguen igual de vivos y enconados. La guerra ya no se hace con escopetas, pero si con pullas, odio y mentiras.

Es justamente esa misma fuerte división social la que se vive hoy en Colombia, lo que se pondrá en el camino para avanzar hacia la verdadera paz. Si la sociedad se muestra incapaz de aceptar el pasado armado de los miles de futuros excombatientes, jamás logrará alcanzar la tranquilidad. ¿Qué esperanzas de vida tendrá una persona que la sociedad rechaza por ‘asesino’? ¿Cómo vivir, de qué comer, qué hacer, si un país entero les cierra la puerta en la cara? Los programas del Gobierno serán insuficientes si la sociedad se rehúsa a adoptar a sus nuevos hijos. Son personas que como usted y como yo metieron la pata y ahora buscan una segunda oportunidad, pero marginalizados y estigmatizados por una sociedad excluyente y hostil. Pocos se molestarán en escuchar.

Y todos seremos culpables. Los futuros ladrones de celulares, los futuros asaltantes de su casa serán nuestros propios engendros. Porque el rechazo social hacia esta gente, desde una sociedad que grita cárcel y nada más, no les dejará alternativa alguna a lo único que saben hacer: delinquir. Ahí volveremos a llorar, a mentarle la madre a este país que no nos ha dejado criar ni a una sola generación en paz, a renegar de este país que nos cansamos de decir que está jodido.

Amnésicos, como siempre, nos olvidaremos que la embarrada la habremos cometido todos, como cómplices activos o silenciosos de esta sociedad ciega, excluyente y retardataria. Firmar la paz de poco servirá si la sociedad es incapaz de tenderse los brazos entre sí. Con el debate intestinal que vemos en Colombia hoy en día es bastante difícil creer que vamos por el camino correcto.

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