Libre asociación

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Por Santiago Jimenez Quijano

@santiagojq

Yo ya sé cómo funciona esto porque me lo explicó el juez, pero también porque lo he visto en las películas gringas, así que no se preocupe. Yo sé que usted solo me va a hacer preguntas y que yo tengo que responderlas, pero a veces ni siquiera eso, a veces usted me va a dejar hablar todo lo que yo quiera y de vez en cuando va a anotar algo en su libreta y a partir de eso que escriba usted se va a decidir si estoy bien o mal y eso va a ser la gran diferencia, ¿no?, porque dependiendo de lo que usted diga me envían a un sitio o a otro, lo raro es que en estos casos la respuesta correcta es estar mal, por lo menos para la mayoría de la gente, aunque yo no lo creo así, yo estoy bien y quiero que me pongan en un sitio con personas iguales a mí. También sé que usted no me va a ayudar a aclarar nada, que lo máximo que va a hacer es mover la cabeza y yo no podré saber nunca si eso es algo bueno o algo malo y tampoco podré preguntarle nada porque usted es la que hace las preguntas, ¿cierto?

Mire, la verdad es que a mí nada de eso me importa, ni lo que usted anote en su libreta ni lo que deje de decirme. Es más, le voy a hacer un favor, le voy a ahorrar el tiempo y le voy a decir una vez más que yo estoy bien, que lo hice con plena conciencia y no en un estado de locura, ni bajo el efecto de las drogas o el alcohol. De pronto los que llegaron a la escena se llevaron la impresión equivocada, de un evento que se salió de madre, porque no le voy a negar que las cosas, para alguien no está acostumbrado, se podían ver un poco, digamos, desordenadas. Pero eso es normal. Como le digo, yo estaba en mis cinco sentidos y la verdad es que lo planeé todo con tiempo, dos semanas antes. Si me hubiera dejado llevar por la ira lo hubiera hecho en el momento que confirmé mis sospechas y no hubiera esperado ese tiempo, ¿no le parece? Ya sé que usted no responde mis preguntas, pero es para que lo piense, acá usted es la experta. Para completar su diagnóstico le puedo decir que entiendo perfectamente la diferencia entre el bien y el mal y sé que lo que hice fue malo y que me voy a podrir en la cárcel, pero la verdad es que no me importa porque lo hecho, hecho está, ¿no? y a mí me enseñaron que lo que uno hace es para siempre, en especial cuando hace daño y que hay que ser valiente y aceptar las consecuencias.

Ya sé cómo son ustedes, siempre queriendo averiguar por el pasado de sus pacientes, ¿no?, hurgando en las miserias de la gente para encontrar lo que les gusta, hechos atroces que les ayuden a poner más notas en la libreta. La suya es la profesión más morbosa que hay, doctora, perdone que se lo diga. Pues a mí eso de las consecuencias de los malos actos me lo enseñó la calle, sí señora, nada más y nada menos, ¿cómo le quedó el ojo? Seguro que esperaba que le dijera que eso me lo había enseñado una persona en particular, pero las cosas nunca son así, por lo menos no de donde yo vengo. Bueno, dejémonos de pendejadas, le voy a contar lo que quiere oír, pero yo creo que se va a decepcionar, a mí nunca nadie me tocó un pelo, ni mi papá, ni un tío, ni nadie. Mi papá porque nunca lo conocí, mucho menos a mis tíos. Y nadie más porque yo desde chiquito ya me sabía defender. A la que sí se cansaron de hacerle cosas malas fue a mi hermanita, que era mayor que yo pero no tenía la fuerza para evitarlo. Pasaron muchos años para que yo supiera qué era lo que le hacían todos esos hombres que mi mamá metía en la casa cada semana. La pobre siempre tratando de encontrarnos un papá a mi hermanita y a mí, pero cada vez buscando en los peores lugares, como si estuviera pagando una pena que le impidiera conseguir a alguien decente. En esa época dormíamos todos en el mismo cuarto, mi mamá en una cama con su amante, mi hermanita en otra y yo en la mía. Pero los hombres se bajaban de la cama de mamá a media noche y se subían a la de mi hermanita, ella no decía nada, si me lo hubiera contado desde el principio yo hubiera tomado medidas antes. Yo me vine a enterar de lo que pasaba mucho después, aunque todavía era un niño. Tenía como ocho o nueve años y lo primero que hice fue plantármele al novio de turno de mi mamá esa vez, un tipo gordo y rosado que olía a aguardiente y se la pasaba con un palillo dentro de los dientes y decirle que respetara y que si no se las tenía que ver conmigo. El tipo se rió al verme tan chiquito, pero cuando le clavé el cuchillo en la pierna se le fue la sonrisa y se puso como loco a perseguirme, pero yo era muy ágil para su exceso de grasa. Me escapé y el tipo nunca volvió. Mi mamá, en cambio, no aprendió la lección. Cada vez llegaba con un hombre que parecía peor que el anterior y a mí me tocaba proteger a mi hermanita, pero a la pobre el daño que le habían hecho ya era irremediable. Ella le haría llenar a usted diez libretas de esas por la forma en que se comportaba y con las cosas que decía.

En medio de todo, le puedo decir que tuve una infancia feliz, porque a mi mamá no le importaba lo que hiciera y prefería que estuviera lejos de la casa y no amenazando a sus amantes. ¿Le parece raro que no haya abandonado el colegio? Pues entonces es que usted no sabe nada de nada. Yo me quedé porque los dueños del barrio se dieron cuenta de lo que yo estaba hecho y me encargaron para que les vendiera drogas a los niños. El trabajo era muy fácil y yo hacía mucho dinero. Esos fueron los mejores tiempos. Nadie se metía conmigo, ni los profesores ni los alumnos, porque estaba respaldado. Estuve yendo casi hasta los veinte años y de vez en cuando hasta entraba a las clases de puro aburrimiento, por eso fue que aprendí muchas cosas, en especial a hablar como los profesores. Como me quedé chiquito y era lampiño pensé que podría quedarme ahí de por vida, pero llegó un cambio de mando en el barrio y tocó dejarle la vacante a un miembro de la nueva administración. Eso sí, logré que me dieran el cartón de bachiller, aunque no lo usé para nada. Ahora que lo pienso, en la universidad me hubiera hecho millonario, pero nunca se me ocurrió, como le dije, lo mío era la calle.

Yo sabía que en mi infancia no iba a encontrar nada para anotar en su libreta. Para resumir, de ahí en adelante seguí en lo mismo, en lo mío, trabajando de independiente. A mí nunca me gustaron los grupos ni las pandillas. Yo trabajo solo y el que quiera contratarme que pague y listo. Después de hecho el trabajo yo me largo.

Ahora sí me hizo reír, doctora. No, ella no fue la primera. Antes había conocido a otras y por ahí debo tener dos hijos, pero si algo aprendí de mi papá es que uno crece mejor sin saber quién lo trajo al mundo, así que nunca los he visto. A pesar de eso, todas mis exnovias tratan de encontrarme y de que vuelva a su lado, yo soy como un imán para las mujeres, pero a mí no me gusta quedarme en el pasado, yo siempre voy para adelante y cada día es una historia nueva. Todavía me estoy riendo de su pregunta, doctora, perdóneme. Aunque yo sé qué usted no lo hizo por ingenua, todo lo contrario, usted lo que quiere es llegar al punto que le interesa de verdad. Quiere que hablemos de ella. Pues entonces le cuento: la conocí hace más de un año y duramos saliendo todo este tiempo. Una relación normal, como todas las demás. Aunque ella me gustaba mucho, era muy bonita y tenía una cara que la hacía parecer de buena familia. Eso sí, le dejé claro desde el principio, como a todas las demás, que yo no era hombre de una sola mujer y que si le gustaba bien y si no podía conseguirse a otro, pero que a mí no me gustaban las peleas ni las escenas de celos, por eso no había disculpa para que hubiera hecho lo que hizo. Pero yo sé lo que usted quiere saber, usted quiere que hablemos de su mirada, eso es lo que todo el mundo siempre quiere oír, cómo era su mirada en ese preciso momento. Y no, doctora, no se lo pienso decir, eso me lo guardo yo para mí, será la imagen que me va a acompañar el resto de mi vida encerrado. Usted nunca sabrá la forma en que me miraron sus ojos cuando supo que su suerte estaba echada, ni cómo esa mirada se fue transformando mientras le hacía lo que se merecía. Tampoco creo que haya palabras para describirlo, ¿no le parece?

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