Literatura en la revolución y revolución en la literatura

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Hace unas semanas el escritor Óscar Collazos escribió una columna sobre la influencia de las ideas de Sartre en los escritores del Boom latinoamericano. En el libro ¿Qué es la literatura? Jean Paul expone sus ideas en torno a la razón de la ficción: una función social, un compromiso del escritor con su entorno, para decirlo a grandes rasgos.

Collazos acepta que desde entonces ha madurado, por consiguiente da a entender que las ideas expuestas en su ensayo Encrucijada del lenguaje (1969), no fueron más que producto de una veleidad en tiempos en que Fidel Castro y el Che Guevara fungían como los grandes revolucionarios en un continente víctima de las mezquindades del capitalismo y de la subestimación intelectual frente a la élite europea.

Ese ensayo y las dos respuestas que se desprendieron de él (respuestas por parte de Cortázar y Vargas Llosa), son de una interesante lectura en tiempos en que las ideas del autor de La náusea se han superado.

Collazos reclamaba mayor compromiso social por parte de algunos escritores como Cortázar y Vargas Llosa, quienes ya eran referentes de las nuevas generaciones y en consecuencia los modelos a continuar (y eso que Varguitas no había escrito La fiesta del chivo y La guerra del fin del mundo, y eso que por no mencionar a Borges, Rulfo, Fuentes, Cabrera Infante…). El joven escritor colombiano (para aquél entonces) concluía de la siguiente manera su texto: “en una revolución se es escritor, pero también se es revolucionario. En una revolución se es intelectual, y tiene que serse necesariamente político (…) las palabras, cuando el lenguaje está reestructurándose, con el tono de una nueva conducta y de un nuevo tipo de relaciones culturales y sociales, se vuelven rigurosamente significantes”. (Muy mamerto).

Voy a omitir los argumentos de Vargas Llosa para darle paso a los puñetazos verbales de Cortázar: “un cuentista o un novelista no lo es por lo crítico sino por lo creador”. ¡Tenga!. El creador de Rayuela remata diciendo: “uno de los más agudos problemas latinoamericanos es que estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”. El joven Collazos respondió más retórico que razonable, por eso no vale la pena subrayar sus contraargumentos.

Ahora bien, ¿a qué viene todo esto?

Sucede que si bien Cortázar y Vargas Llosa tenían razón en términos de la autonomía de la realidad de la ficción y de la realidad real (así se escuche pleonástico), hay elementos para decir que esa literatura ha sido un gran aporte para una generación como la mía; generación en donde la romería informativa suele ensombrecer problemáticas que se vienen sucediendo a lo largo de los años.

En su columna de El Tiempo Óscar Collazos dice que de las ideas sartrianas salieron más obras malas que buenas. Pero yo, que no tengo el bagaje del escritor y por eso es dable que yerre, no lo veo así. Por el contrario, me parece que aun cuando fue una discusión de mamertos y extremo mamertos (los tres autores mostraban admiración por los revolucionarios cubanos), esas ideas sirvieron como insumo para que textos como Cien años de Soledad y La rebelión de las ratas, surgieran; incluso me atrevería a decir que influenciadas por autores como José Eustasio Rivera, Tomás Carrasquilla, Manuel Zapata Olliveira, Eduardo Caballero Calderón, entre otros. Es que novelas como El fusilamiento del diablo, Siervo sin tierra y La rebelión de las ratas ilustran tres problemáticas que siguen presentes: la de una sociedad inequitativa y racista, la del campesino que lucha por su parcela, la del minero que es víctima de la explotación de sus patronos. Relatos que se pueden leer como si estuvieran inspiradas en los conflictos del siglo XXI y no –lo cual dice mucho de la clase dirigente de este país– como en realidad fueron escritas, es decir, a mitad del siglo XX.

La literatura militante, en ese sentido, fue un gran aporte cultural.

Es verdad que detrás de las ideas de Sartre se escondía una coartada a la libertad temática del escritor, que bajo las utopías de la revolución socialista se perpetraron (se siguen perpetrando) delitos contra las expresiones artísticas. Precisamente por el arresto del poeta Heberto Padilla (1971) el boom escindió en pro y anti castristas, la publicación de su poemario Fuera del juego (1968) en Cuba fue asumido como antirrevolucionario. (Curiosamente, Sartre junto a Simone Beauvior y Susan Sontag firmaron la carta (publicada en Le monde) en la que algunos miembros del boom protestaban por el arresto del poeta cubano).

La pregunta clave en todo esto, es si hoy por hoy hay más, igual o menos literatura de denuncia social. No sé. Que el escritor haga lo que quiera, pero que no se olvide de los versos de Padilla:

Di la verdad/ Di, al menos, tu verdad/ Y después deja que cualquier cosa ocurra/ que te rompan la página querida/ que te tumben a pedradas la puerta/ que la gente se amontone delante de tu cuerpo como si fuera un prodigio o un muerto”.

Ah, revolución, ah literatura…

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