Los cholados

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Santiago Jiménez Quijano

Cuando a Luz Marina le entró el gusto desmedido por los cholados, pensé que sería algo pasajero. Nunca antes le habían gustado y ahora quería tomarse uno cada dos minutos. Le compraba los que podía, pero un día no aguanté más y le dije que sin el restaurante ya no teníamos cómo financiar esas extravagancias. Me miró con los ojos muy abiertos y estuvo a punto de decir algo, pero sus facciones se fueron relajando hasta la inexpresión y luego se acostó en la cama con el rostro hacia la pared. Me partía el alma verla así, pero en lugar de disculparme salí, como todos los días, a recorrer las calles de la ciudad buscando trabajo como ayudante de cocina.

En esos viajes desesperados, cada vez que pasaba por un puestico de cholados pensaba en mi mujer, tirada en ese cuartucho, cuando hacía unos meses vivíamos en un bonito apartamento. A pesar de ser arrendado, teníamos la ilusión de que ahí crecería nuestro hijo. Luz Marina había pintado su habitación de rosado, segura de que iba a ser una niña, pero yo sabía que nos iba a salir varoncito y hasta nombre le había puesto: Jorge, como Aravena, el chileno que había jugado para el Cali y a quien habían apodado El Mortero porque tenía un cañón en la zurda. No me aguantaba las ganas de que mi hijo naciera y tuviera la edad suficiente para llevarlo al estadio. Pero Luz Marina nada que quedaba embarazada.

El doctor dijo que el problema era mío, pero que había soluciones: medicamentos, dietas, ejercicio. Seguí todas las indicaciones, pero el resultado seguía siendo el mismo. A Luz Marina le dio muy duro, se la pasaba con la mirada en otra parte y sólo hablaba para echarme la culpa de su tristeza. Después fue tomando las cosas con optimismo moderado y hasta me convenció de irnos de peregrinación a Buga, para pedirle ayuda al Señor de los Milagros.

Pero, como dice la gente, Dios actúa de formas misteriosas. Después de aquel viaje mis problemas médicos siguieron iguales, pero el restaurante pasó de ser un negocio que tenía sus buenos y malos momentos, a estar siempre lleno, sin importar el día o la hora. Tanto éxito pronto se convertiría en una desgracia. Fue la tarde en que se bajaron dos rostros recios de una moto, pidieron almuerzos especiales y ante el reclamo de Luz Marina porque se iban sin pagar, le respondieron que iban a venir cada semana a recoger una contribución por dejarnos trabajar. Ella se puso pálida y uno de los hombres le dijo que no se asustara, que si les cumplíamos con la plata, no nos iba a pasar nada.

Luz Marina era la encargada de la caja, pero con el trabajo de entonces tenía que ayudarme de mesera. Una tarde, cuando iba hacia una mesa, pegó un grito y salió corriendo. La bandeja se había escurrió de sus manos y los comensales la miraban huir en medio del estrépito de la loza rompiéndose contra el suelo. Al principio le pasaba una o dos veces al mes, pero después fue tan seguido, que no pudo volver a poner un pie en el restaurante por orden médica.

Entonces tuve que encontrar a alguien de confianza para que manejara la caja. Luz Marina me sugirió a un sobrino suyo que, decía, era muy juicioso. También contraté una nueva mesera. Los costos subieron al mismo tiempo que la cuota de los hombres de la moto. Yo les decía que a ese ritmo me iban a dejar sin ganancias y no me quedaría otra que cerrar, pero sus rostros permanecían impasibles detrás de los lentes oscuros.

Al poco tiempo estábamos dando pérdidas. Entre otras cosas, porque el sobrino de Luz Marina había estado robando dinero de la caja todos los días. Tuvimos que cerrar para no quedar en la calle. Vendimos lo que pudimos, devolvimos el apartamento y nos fuimos a la pensión en la que vivimos ahora.

Lo del gusto repentino de Luz Marina por los cholados empezó la semana después de la mudanza, hace casi dos meses. Yo se lo atribuí a la ansiedad por el giro tan abrupto que había dado nuestra vida. El día que le dije que se olvidara de esa excentricidad, volví al final de la tarde, con los pies hinchados de caminar, y me acosté a su lado. Ella dormía y pude ver los surcos que habían dejado lágrimas recientes en sus mejillas. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en voz alta, como hacía siempre que quería burlar el hambre. Después de todo lo que ha pasado, dije, el hecho de que no haya quedado embarazada, ha sido una bendición. Entonces Luz Marina se irguió y sentí la furia de sus ojos mirándome desde un rostro ensombrecido. Me preguntó si todavía era tan estúpido como para pensar que lo de los cholados era sólo un capricho. Sus palabras me recorrieron como el frío que la noche traía consigo sobre la ciudad.

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