Los ciegos

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ana-maria-ruiz-bandaAna María Ruiz

@anaruizpe

 Fue un solo tronar seco y potente que convertido en grito reverberó sobre las calles ardientes de Fundación al medio día. “¡Los pelaítooos… !!!!”

Minutos antes, Jaime Gutiérrez maniobró para orillar el bus varado por combustible; consiguió gasolina pronto, y usó una manguera como tantas veces, introduciéndola en la pimpina, aspirando por la otra punta y escupiendo. Ya la Fiscalía determinará si llevaba la pimpina en el carro o la compró ahí, si traía el bus a gas o a gasolina y si se trataba de un tanqueo o “una purga de motor”, lo cierto es que en un instante el líquido encontró la chispa y llegó el apocalipsis.

El bus, con cupo para 27 pasajeros, explotó con 43 niños y 2 adultos adentro. A la iglesia Pentecostal Unida de Aracataca que lo contrataba cada fin de semana para transportar niños a su culto en Fundación, le debió parecer que salía muy caro contratar un segundo bus; debe ser efecto de la fe en que “el señor los acompaña” que también creyeron innecesario percatarse de las condiciones mínimas de seguridad del servicio que contrataban. Si no vieron el sobrecupo, muchos menos que el bus no estaba adscrito a ninguna empresa transportadora, no tenía revisión técnico mecánica, ni SOAT, que debía 7 comparendos y que el señor Gutiérrez, el conductor, no tenía pase.

Quién va a saber cuántos domingos Belkis Pau de 10 años, fue embutida en ese vagón repleto rumbo al culto; igual que Yerison, Mauricio, Desiré, Keiner, y así uno a uno hasta nombrar 33, el mayorcito con 13 años recién cumplidos, la más peque, Keissi, con 2 añitos. Una cantidad de personas adultas los condujo sin fórmula de juicio a la explosión, y en su defensa hoy desgranan un rosario de torpezas, ignorancia y desidia, de violación de normas y evasión de responsabilidades.

La mamá, el papá o los cuidadores de Eylen, de Bladimir o de Clarena pensaron que “es mejor que los pelaos pasen el fin de semana en el culto y no cojan calle, ya tu sabe cómo es la cosa”. Confiados, entregaron los niños a los pastores para que los volviera rebaño, sin verificar las condiciones en que eran llevados “pa que el pelao crezca a lo bien, en gloria de Dios”.

La iglesia, por boca de su abogado defensor, dirá que contrataba un servicio y se atenía de buena fe a la garantía de seguridad de la empresa, ¿cuál empresa?; dirá que es ciega porque no le correspondía ver; dirá que invita a menguar el dolor en la oración y no en la justicia.

La alcaldesa y el secretario de tránsito de ese municipio de pimpinas de gasolina en cada esquina, no ven ni admiten lo que en materia de prevención les atañe, y solo atinan a repetir el libreto hasta el cansancio: “en adelante, seremos más estrictos para evitar que tragedias como ésta se repitan”.

No ve nada el Ministerio de Transporte, que deja ocurrir barbaridades en calles y carreteras más allá de Soacha; no ve nada la policía de tránsito, que deja circular (a veces por tres pesos de coima) chatarras en cuatro ruedas; no vieron nada los adultos que se apretujaron con los niños en el bus.

Nadie vio lo que podía suceder porque entre los muchos absurdos que reúne esta tragedia, aquí todos los implicados por la justicia creen, mitad en chiste mitad en serio, que “por acá eso de la seguridad vial no pegó, ajá”.

No hay peor ciego que aquel al que no le conviene ver.

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