Los Detectives Salvajes, 20 años después

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

El universo literario es tan basto que son más los libros sobre las cuales un lector  puede prescindir. Por eso las grandes obras son tan importantes, porque hacen parte de esa estrecha lista que uno como lector comprometido debe conocer. Pero cuando se está joven es difícil determinar la calidad de un libro, y no es que subestime la capacidad intelectual de la cual puede ser dueño una de estas personas, es que son las mismas lecturas (y el análisis de ellas, claro) las que van robusteciendo el nivel estético, las que van regalando nuevos aires y nuevas atenciones sobre elementos que antes se soslayaban.

Me he convencido que Los detectives salvajes es una de esas novelas que un lector novel y avezado debe conocer. Sobre todo si se tienen pretensiones literarias, es decir, si uno quiere llegar a ser escritor. Para decirlo sin ambages –y no es que esto sea nuevo– para mí Roberto Bolaño hace parte de esos escritores, que un joven novelista (novelista latinoamericano) debe leer.

Adentrarse en sus historias es vivir paisajes deseados, es sentir que la literatura es posible, es aprender de un estilo aparentemente sencillo, pero con espacios temporales muy bien logrados. Dan ganas de irse a México de la misma forma que a Perú, Buenos Aires, La Habana, Guatemala, París, Londres, Dublín, Moscú, New York y todas esas ciudades que los grandes autores han dibujado.

Pero Bolaño tiene un ingrediente especial, pues a pesar de que son 4 obras que hay que leer de él, definitivamente, es la romántica y agresiva historia de los miembros del ‘real visceralismo’ la que lo hace detenerse a uno en su obra. Y querer devorar todo lo que sigue.

 Algunos dirán que 2666 es mucho más ambiciosa, y desde luego lo es, pero es en Los detectives salvajes donde Bolaño nos presente ese magnífico grupo dispuesto a revolucionar la poesía mejicana. Donde presenta ese conjunto de jóvenes lectores que creen que la literatura puede ser un estilo de vida. Donde nos revive el fervor iconoclasta por el que hemos pasado (y siguen y seguirán) pasando muchos. Y luego sigue la derrota, y la resignación y la aceptación. Y uno quisiera seguir, pero no, el libro se acaba.

Además, el talante aventurero y altanero de los protagonistas, Belano y Ulises Lima, son otro elemento que nutre a la novela de esa perspectiva tan juvenil, tan quimérica, que uno, queriéndolo o no, termina por lograr una identificación, como pasa con el otro protagonista, el poeta García Madero.

Y lo palpitante que es cuando empieza a emerger la polifonía que da cuenta de las andanzas de esos dos caminadores poéticos. Dan como ganas de salir corriendo a conocer el mundo.

Curiosamente, el relato es una exposición de numerosos poetas, pero en el texto no hay ni una poesía. Hay parodias, como el poema de Césarea Tinajero, y enigmas gráficos que tal vez intentan demostrar que hay veces que las palabras no siempre son el canal de expresión adecuado, incluso para los poetas.

La búsqueda de la poeta Tinajero es equivalente a la de los profesores Pelletier, Espinoza, Morini y Norton en Santa Teresa, quienes, como se sabe, buscaban al escritor Archimboldi. Pero en esta las emociones son distintas, porque se trata del escape y a la vez el trabajo de los detectives.

Se cumplen 20 años de la publicación de esta grandiosa obra. Una novela que marca una generación reviviendo otra (la del joven Bolaño).

Leer esta obra de Bolaño es revivir el fervor por hacer de la literatura un instrumento que trasciende mucho más allá del espectro cultural. Es sentir esa vieja disputa entre revolución y literatura y literatura y revolución, de la cual Cortázar fue contundente al señalar que se necesita  “los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”. Los detectives claro ejemplo de esa transformación.

 

 

 

 

 

 

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