Los extranjeros también adornan los semáforos de la Sucursal del Cielo

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foto-4Las calles de Cali están habitadas por muchos extranjeros que viven del diario que se hacen en los semáforos y parques, inmigrantes que aunque la gente conoce y distingue no hacen parte de ese registro que desde al año pasado ha convertido a la capital del Valle en una de las principales ciudades de destino reportadas al ingresar.

Amanece de forma tardía, la oscuridad y la amenaza de lluvia hacen que el sol aparezca tímido e indeciso. Las calles comienzan a llenarse y los visitantes esporádicos de las pequeñas residencias del centro siguen cómodos en medio de
su montonera de nuevos amigos.

Muchos son extranjeros, viajeros del mundo como dice Raúl, aunque él parezca haberse estancado o acostumbrado a vivir en Cali. Lleva casi seis meses y aún no tiene intensiones de irse. Llegó con las ilusiones del año pasado y ahora se queda con las promesas de cada día. Trabaja por monedas y recorre todo el oeste de la ciudad ofreciendo su espectáculo de malabares en semáforos, parques o simplemente en la calle.

Y es que al inicio de este año y después del 2013, cuando Cali celebró eventos internacionales tan importantes, la ciudad se convirtió en un lugar reconocido a nivel mundial.

Según Bania Guerrero Ramos, coordinadora de la Oficina de Turismo de Cali, en el último año la ciudad albergo el 12 % del los inmigrantes que llegaron al país. Además, en los últimos cinco años hay una clara muestra en el crecimiento y reconocimiento de la capital del Valle del Cauca como lugar que hay que visitar. Según los reportes de Centro de información Turística del Viceministerio de Turismo (CITUR), la ciudad de Santiago de Cali recibió en el año 2013 un total de 119.327 turistas no residentes en Colombia, siendo la segunda ciudad en cantidad de turistas solo superada por Cartagena.

Los World Games y recientemente el Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista han dejado un legado de ciudad deportiva y aportado a la ciudad escenarios incomparables en el país. La Cumbre de Presidentes del Pacífico, la Cumbre de Mandatarios Afro, la Bienal Internacional de Danza, la Reunión del BID, el Festival Petronio, son algunos de los eventos que solo en el 2013 mostraron a Cali en todo su esplendor.

Como dijo el alcalde Rodrigo Guerrero Velasco: “Lo más importante durante el 2013 fue que los eventos que ocurrieron en la ciudad nos devolvieron la confianza a los caleños, fue el año en el que Cali recuperó su orgullo”.

Sin embargo, Raúl ya no reconoce esa imagen de ciudad que tanto se pregona, para él es simplemente igual a todas las ciudades suramericanas por donde ha pasado. Es chileno y hoy va a visitar el Gato de Tejada. No para conocerlo porque le ha hecho compañía muchas veces, lo hace para trabajar. En esa calle está “su semáforo” por estos días.

Al igual que la Avenida del Río todo espacio ha sido acogido por viajeros que han llegado con la promesa de alegría, salsa, deporte y civismo. La ilusión de poder llegar a pasar por la calle 5 que tanto se ha escuchado en la canción del Grupo Niche o de ver como se baila en Cali, porque lo de capital de la salsa es verdad; de caminar por el Boulevard del río, que es el techo de ese tan famoso túnel mundialista, el más extenso en cualquier ciudad de Colombia. De vivir el deporte de nuevo, algo que no se había sentido igual desde los juegos panamericanos de la década de los setenta. Y por supuesto, de conocer la cultura negra, que gracias al Petronio Álvarez se ha convertido en una tradición.

Sin embargo, dice Bania Guerrero que el registro que se tiene no es exacto porque es solo el de los visitantes del Punto de Información Turística (PIT) y el registro de migración que hace el DAS en las fronteras y en los terminales aéreos. Raúl es uno de tantos que no ha visitado estos puntos, es uno de los muchos más foráneos que llegan a Cali sin decir nada y que muchos ven y conocen pero que para los registros solo están en Colombia no necesariamente en Cali.

Henry, quien se encuentra en un semáforo de la misma calle pero más abajo, es uno de ellos. Llegó hace apenas una semanas desde Popayán, donde fue su anterior parada en Colombia. Viene viajando por carretera desde Ecuador. Dice que no le ha gustado mucho la ciudad, que le ha ido realmente mal. “Me quiero ir, volverme a Popayán, allá me fue mejor, aunque sería mejor ir más al norte. Será que aún no le cojo el tiro o no he estado de mala suerte”, dice como si no entendiera lo que pasa.

Ha viajado por 6 años a lo largo de America del Sur, Colombia y Venezuela son sus últimos países antes de seguir su camino a Centroamérica. Desde que arribó en ese bus rojo que atravesó todo el norte del Cauca no se ha encontrado con Lucía, su compañera. Viajan juntos desde hace un par de años, los dos son de Argentina. Henry nació y desde los 13 años comenzó con los malabares y las artesanías en Mendoza; Lucía por su parte inició su travesía en Córdoba hace un poco más de 4 años.

Sus pocas pertenencias están arrinconadas a un lado de la calle. Lleva un morral casi tan grande como él y una tela estirada en donde cuelgan variedades de creaciones, según él, su arte: “todo es hecho a mano, con semillas de plantas,
dientes y huesos recogidas en la selva de Brasil y Perú, con conchas y piedras encontradas en las playas de Ecuador y Chile; con metales, maderos y muchas cosas que he recogido en cada lugar por el que he pasado”, asegura.

Por está razón, habla con tanta rabia de todos esos puestos de “chorradas que hay por toda la ciudad”.

“Esas ventas de aretes, collares, pulseras, adornos… que se venden en cada parte como artesanía. Lo peor es que los venden a huevo y entonces le toca a uno ofrecerlas igual. Así no se gana nada y todo se hace más duro, por ejemplo ayer no comí nada”, comenta.

Es medio día y el sol brilla como si quisiera evaporar lo más rápido posible el agua que inundó las calles de la ciudad la tarde del día de anterior. El semáforo está en rojo, se para frente a su público: una hilera de autos lujosos que llevan los vidrios de sus ventanas arriba.

Los tres pinos blancos vuelan por el aire, tira uno por la espalda, otro por delante de su rostro sudoroso, cuya mirada concentrada en lo que hace se tiñe de cansancio. Su voz fina y ese acento tan reconocido se hacen sentir con un grito
para terminar su show: “más o menos”. Camina despacio entre su público esperando que alguien baje el vidrio y estire la mano con un premio que le permita completar para almorzar. Hace esto una y otra vez pero en hora y media
solo ha reunido $1.200, los cuales guarda después de contarlos con desgana en su mochila. No le alcanza ni para el bus que lo lleve al terminal, dice que se va a encontrar con un amigo brasilero para ver qué hacen y para donde van.

Cuenta que en Bolivia es muy bueno lo de los malabares, que en cada esquina no hay uno o dos trabajando sino hasta diez y todos salen con los bolsillos llenos y que del mismo modo en Brasil los respetan mucho. Se queja de su día pero
después de dos horas y media reúne lo que necesita y decide irse, atraviesa la calle y camina hacia San Antonio.

Su destino parece lejano pero al final de cuentas decide caminar otro rato por la ciudad. Camina por la calle 5, se acerca a la Loma de la Cruz y como si todo estuviera arreglado escucha su nombre. Es Lucía, acaba de llegar con otro viajero y dice que una amiga uruguaya le ha ofrecido donde quedarse. Decide darle a Cali otra oportunidad.

Quizá como Raúl, se termine acostumbrando de la gente y de las calles o por qué no, hasta le guste la salsa. Por ahora guarda su morral en su nueva residencia y solo agarra sus instrumentos de trabajo. Ahora no se ve solo como en ese
semáforo al lado del río, viaja al lado de su compañera. Comienzan una nueva jornada de trabajo, inicia de nuevo la función y espera que esta vez si le alcance para comer y reúna lo suficiente para poder continuar su viaje.

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