Los hombres han hecho la guerra, las mujeres harán la paz

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 Toda paz es imperfecta. Pero la de Colombia sería mucho más si no tuviera la participación decidida de las mujeres. La semana del 14 al 19 de marzo de 2016, en la Universidad Autónoma de Occidente, realizamos la Cátedra de paz con invitadas muy especiales. Mujeres que han pasado de ser víctimas de una guerra que no es suya, a ser sobrevivientes y poco a poco a ser lideresas de sus comunidades. Se trata de Francia Márquez, Delis Palacios, Martha Giraldo y Rosalba Riascos. Todas ellas sinónimos de dignidad y lucha, pero además poseedoras de una gran y generosa visión del conflicto que las lleva a plantear, entre otras cosas, que este proceso de paz debe tener en cuenta el punto de vista de las comunidades porque han sido afectadas directamente por el conflicto armado; que el perdón y la reconciliación son aspectos fundamentales de un nuevo proceso social e histórico para Colombia y que, más allá de una concesión a los victimarios, es una opción para construir nuevos proyectos de vida.

Francia Márquez, oriunda de Suárez, Cauca, lidera, junto con otras grandes mujeres de su territorio, el proceso conocido como “La Toma”, desde el cual se viene dando la lucha contra la minería legal e ilegal. En su testimonio se dimensiona cómo el Cauca ha sido entregado en un 60% a la explotación minera; sus palabras nos llevan a imaginar un Departamento del Cauca plagado por retroexcavadoras que extraen de sus aguas la riqueza que las comunidades han cuidado por siglos. Como aves de rapiña, los llamados empresarios mineros, nacionales y extranjeros, con el auspicio y la anuencia y del Estado colombiano, van volviendo lodazales envenenados los ríos Patía, Timbiquí, Guapi y Ovejas, entre otros.

Al escucharla, queda claro que es urgente y necesario firmar un acuerdo de paz porque las comunidades necesitan resolver, por lo menos, uno de los tantos problemas que les aquejan, pero una vez firmado el fin del conflicto armado entre el Gobierno y las Farc, las comunidades continuarán librando en sus territorios la lucha contra las empresas extractivas que las devuelven a la época más gris de la conquista, la colonia y la esclavización. Francia Márquez nos deja ver con su testimonio la importancia de la lucha por la recuperación de sus territorios.

Delis Palacios, víctima directa de la tragedia de Bojayá, con un ritmo pausado en su hablar, nos fue llevando poco a poco a comprender cómo se va tejiendo un proceso de perdón y reconciliación. No es fácil. Valga insistir en que es un proceso, no se da de la noche a la mañana. Hay que hablar de los hechos violentos y contar la historia muchas veces para que el dolor se vaya desenraizando del cuerpo y se vaya transformando en palabra, en reflexión, en vida, en lucha, en perdón. Para ello es necesario repensar en lo que ha sido nuestra historia, esa historia no contada en los libros escolares y que tendrá que reescribirse para una nueva educación; esa nueva historia incluye pensar en las razones por las cuales se originó el conflicto armado en Colombia hace más de medio siglo, y dimensionar que en la guerra, pero sobre todo allá en la confrontación armada directa, hay, especialmente, hombres jóvenes, pobres, afrodescendientes, indígenas, mestizos y campesinos que disparan, muchas veces, sin saber el propósito de sus balas. Perdonar no es nada fácil, pero es posible para quienes han estado, como Delia, directamente en el fuego cruzado y saben desde el fondo de su corazón que el perdón tiene muchas dimensiones; morales, sociales, emocionales, políticas, pero sobre todo son la opción de una nueva vida. Delia nos lleva a pensar en que si las víctimas directas perdonan, ¿por qué no habría de apoyar ese proceso de perdón esa buena parte de la población colombiana que nunca ha estado un día en la guerra y que de manera absurda es más reticente al perdón y la reconciliación?

Martha Giraldo es la Directora regional del Movimiento de víctimas de crímenes de Estado, Movice. Para muchos es una sorpresa que un movimiento así exista, y para claridad de todos, este año está cumpliendo diez años de existencia. Este movimiento social recoge a las víctimas de los crímenes de Estado que, cansadas del silencio, tuvieron el coraje de denunciar que el Estado colombiano ha cometido crímenes, lo cual es muy grave para un país que se comprometió con ser un Estado social de derecho, es decir, que una de sus principales funciones sería velar y defender los derechos humanos.

Martha Giraldo nos muestra a través de su testimonio que nuestra democracia es bastante precaria, que en ella no ha habido derecho a la diferencia, al disenso, a la controversia, a pensar diferente, error fatal para construir la paz. La verdadera paz estable y duradera para Colombia, pasará por el hecho de que aquí se pueda pensar diferente, expresar tales pensamientos sin el miedo de ser aniquilado. La paz necesita de reconocer la divergencia, el pensamiento alternativo. Reconocer realmente, y no de papel, como ha sucedido con nuestra Constitución del 91, que llega a su vigésimo quinto aniversario, que la vida política y social se construye entre diferentes y no entre iguales.

Finalmente, Rosalba Riascos nos ilustra con la grandeza de su testimonio, lo que muchas académicas vienen estudiando en Colombia hace dos décadas: las víctimas del conflicto armado colombiano como también la pobreza, tienen rostro de mujer. Las estadísticas oficiales lo refuerzan. En los procesos de desplazamiento forzado, dado que los hombres han muerto en la confrontación, son las mujeres con sus hijos e hijas, en su mayoría, quienes se desplazan a otros lugares del territorio colombiano. Cali y el Valle del Cauca han sido destinos obligados para las víctimas del suroccidente colombiano. Rosalba lidera el Colectivo de mujeres desplazadas del Valle del Cauca, que han tenido que sobreponerse a los horrores de la guerra para continuar viviendo y sacar adelante a sus hijos e hijas en nuevos y hostiles contextos sociales que las obligan a una nueva marginación y que las estigmatiza, desconociendo su perfil de liderazgo y los procesos que llevan sobre sus hombros. Pero ellas continúan luchando, ahora en la ciudad, porque sus opciones de vida están ligadas al trabajo comunitario, al proceso colectivo y, por tanto, a la paz.

Estas cuatro mujeres, como tantas otras que cruzan la geografía nacional, como las que han estado en La Mesa de Género, en La Habana, son un claro ejemplo de que si los hombres por diversas circunstancias han estado empuñando las armas y haciendo la guerra, las mujeres vienen silenciosamente haciendo la paz. Pero ahora su labor silenciosa cobra visibilidad y reconocimiento. La paz en Colombia, como en otras latitudes del mundo, tendrá rostro de mujer. Así fue, por ejemplo, la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, así ha sido en Guatemala y Nicaragua, también en Sudáfrica. Las mujeres cumplen un papel fundamental en la reconstrucción y en los nuevos y delicados tejidos de la paz.

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