Los huecos de Cali

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leo quinteroPor Leo Quintero

Las primeras calles de Cali que fueron pavimentadas estaban en las márgenes del parque de Caicedo. Ocurrió hacia los años treinta del siglo pasado. Estaban en las márgenes de la Plaza de la Constitución, hoy llamada de Caicedo, en homenaje a don Joaquín de Caizedo y Cuero, el ilustre Alférez Real.

Aunque veinte años atrás hubo esfuerzos por llevar una red de vías, que se conjugó con el sistema de tranvía que tuvo Cali a comienzos de 1910 y se extinguió tan rápido como el sistema masivo de la época, que se acabó  diez años después. Sí, Cali tuvo tranvía, que virtualmente atravesaba la ciudad desde el oriente, en el puente Carlos Holguín Mallarino, y llegaba hasta la plaza de mercado de El Calvario, hoy en día en frente de donde se erigen las torres del Palacio de Justicia de Cali, en plena carrera Diez entre calles Trece y Catorce.

La vieja plaza que desapareció conforme la ciudad se modernizó y determinó eliminarla y trasladar a los comerciantes a la hoy compleja Galería de Santa Elena. Eran las acciones  de ciudad  para los Sextos Juegos Panaméricanos de Cali, a comienzos de los setenta, aunque el evento internacional se cumplió en agosto de 1971.

Decíamos del tranvía que tuvo Cali, que se encargaba de recibir los  alimentos que llegaban a la ciudad por el río Cauca, trasladados  en los barcos a vapor que recorrían al cauce desde la Virginia y llegaban a Cali a desparramar en las orillas de Puerto Mallarino las frutas y productos de consumo que eran transportados luego a la pequeña ciudad en el tranvía, que se adentraba a Cali por la carrera Octava, buscaba la Diez y luego la calle Catorce para dejar  a borde de galería los productos de la tierra.

El tranvía luego atravesaba la Catorce hasta la carrera Cuarta y volvía a buscar la Octava, hasta el puerto Mallarino, y su puente que se levantaba al paso de los vapores. Este transporte fluvial  desapareció de la región después de los años cuarenta.

La región tuvo el auge de los Ferrocarriles Nacionales, que también fenecieron pasados los Panaméricanos y entrado el siglo en su último tercio.

Para antes de los juegos Panaméricanos de Cali,  la ciudad de menos de 600.000 habitantes contaba realmente con menos de la tercera parte de sus calles con pavimento y surgió el liderazgo regional y comarcano por construir autopistas, porque la pequeña ciudad no contaba con ellas.

La carrera Primera era de doble sentido. La carrera Quince era el cordón umbilical entre el oriente y el sur de Cali.

Surgieron avenidas como la calle Quinta, que partió en dos el barrio San Antonio y provocó hasta un movimiento político que quiso atravesarse al desarrollo de la ciudad. Claro, sus promotores alcanzaron dos curules en el Concejo en las elecciones  de 1970, cuando se elegían los cabildantes por dos años.

En ese año se entregó la Autopista,  de 19 kilómetros, entre el Parque del Amor y el autocine El Limonar, hoy un centro comercial, al sur de la ciudad, en el barrio el Limonar. Pero en esa época no existían baches. Más de la mitad de Cali  no tenía pavimento y no había punto de comparación, diferente a la ciudad que se desarrollaba hacia el norte, con proyectos urbanizados como Vipasa, o Viviendas Panaméricanas S.A  y toda la zona contigua.

La ciudad comenzó después de los Panaméricanos a dirigirse hacia el sur, porque al norte no encontró más tierras. Habíamos llegado al límite con Yumbo.

Hoy, después de treinta y cuarenta años, esa ciudad que avanzó hacia el desarrollo, jalonada por un evento deportivo, padece las consecuencias de la falta de mantenimiento de sus vías durante ese periodo. Los huecos, baches, troneras, como se quiera llamar, son enormes. Los barrios que surgieron de los Juegos Panaméricanos tienen vías destruidas que reclaman que los recursos que pagan los contribuyentes sean retribuidos en la recuperación de la movilidad y la valorización de los predios.

Además por locura de algún gobernante se acabó el Fondo de Pavimentos de la Alcaldía de Cali, que consiguió llevarle el asfalto a numerosos barrios del oriente de la ciudad, que hoy en día reclaman un mecanismo con el cual se reponga además de las obras el espíritu que llevó a que los habitantes se pusieran de acuerdo para pavimentar sus calles, y los integrara en el respeto de sus comunidades.

El pavimento en las calles,  encargado de elevar el nivel social de la ciudad, también multiplica el sentido de pertenencia a la ciudad y el respeto de los ciudadanos por su gobernante.

 

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