Los irreconciliados

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¿Se imaginan poner a un godo de ultraderecha junto a un guerrillero de izquierda y un manzanillo liberal? Imposible, ¿cierto? Esas deben ser las tonterías que se le ocurren a los mamertos que quieren hacer acuerdos de paz en contravía de los deseos de algunos politicastros poco pulcros. Es evidente que no se pueden reconciliar los polos opuestos, que las diferencias entre las extremas no deben negociarse, que las décadas de odios y crímenes no se perdonan y que todo se debe resolver con las armas y no con papeles firmados.

Caricatura Osuna

Sin embargo, eso fue precisamente lo que pasó hace 25 años, y no con un proceso de paz entre dos bandos con ideas diferentes, sino con todo un país y su multiplicidad de conceptos y sentires. La Asamblea Constituyente de la que hacían parte liberales, conservadores, guerrilleros desmovilizados, indígenas, negritudes y, al menos en teoría, los representantes del país, trabajaron durante meses para crear la nueva constitución, una que pudiera forjar una nueva nación incluyente y con más opciones para la convivencia pacífica.

Desde luego, como tantas otras cosas de nuestro terruño, muchas de las esperanzas puestas en la nueva carta magna se quedaron en el papel y se desvanecieron con los años. También hubo muchos avances, claro, pero Colombia no se convirtió en la utopía que todos soñábamos. Aunque en el momento, a pesar del escepticismo de algunos, se respiraba un optimista viento de cambio.

Hoy se presenta una situación similar con el proceso de La Habana. La mayoría del pueblo colombiano quiere tener esperanzas de paz, algunos más prudentes se preparan para los inconvenientes que vendrán, otros braman odio en su implacable sed de sangre y corrupción, y casi todos olvidamos que sí es posible convivir sin conflicto, combatir con ideas y no con balazos. Ese es el verdadero reto que nos espera.

De ahí esta caricatura de Osuna de 1992. En ella se ven los tres presidentes de la Asamblea Constituyente: Álvaro Gómez Hurtado, hijo del monstruo Laureano; Antonio Navarro Wolf, militante del desmovilizado M-19; y Horacio Serpa, astuto político que más adelante se vería involucrado en el proceso 8.000. Estas tres importantes y cuestionadas figuras bailan con el mesías de Haendel que sonó para celebrar la nueva constitución. Si ellos pudieron en su momento ponerse de acuerdo, ¿por qué no podremos nosotros ahora?

Sí, ya sé que la aparición del expresidente Alfonso López merece una explicación aparte, pero, como dijo Michael Ende, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

 

Oscar Perdomo Gamboa

Escritor

Doctorando en Humanidades

 

 

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