Los libros que arruinan la lectura en el colegio

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Los resultados del Índice Sintético de Calidad Educativa vuelven a demostrar que los estudiantes de Colombia padecen agudos problemas de lectura (sobra decir de escritura, porque quien no lee no escribe, ya está).  Aunque las causas son múltiples, vale la pena detenerse en una fundamental: los libros que promueven los colegios.

Sí, para nadie es una revelación que muchas de las lecturas que se impulsan en el colegio resultan tediosas, y ello no solo por la falta de hábitos por parte de los estudiantes, también porque muchos docentes son inflexibles, y creen que el canon es inamovible; otros perezosos, y no leen las novedades literarias que hay el mundo editorial; los hay displicentes, chabacanos y otros más a los cuales no les interesa ingeniarse una manera, diferente a la fracasada tradición, de promover la lectura. No. Sencillamente, eso no es con ellos (o sí, pero cuando se trata de reclamar su estipendio).

Hace un tiempo hablaba sobre esto mismo en un aula de clase de Lengua Castellana, un profesor me había invitado a hablar de literatura y el proceso creativo, y todo terminó en una pequeña revolución a la forma en que los profesores “incentivan” el inagotable ejercicio de leer.

Decía que estaba bien que se leyera a Fernando de Rojas, Benito Pérez Galdós, Pedro Calderón, Lope de Vega y demás autores que hacen parte del currículo escolar, pero no resultaba de más pensar en autores con propuestas audaces y novedosas, que tocaran los intereses de los estudiantes, que presentaran una perspectiva de su realidad.

Por decir algo, si me tocara de docente metería en el plan lector autores como Nabokov, Miller, Sade, Bukowski, Vargas Llosa, Faulkner, Bolaño etc. Las obras pueden variar (de acuerdo al grado, claro), pero la intención siempre sería la misma: llegar por medio de historias que estén a la altura de los estudiantes a impulsar el ímpetu por la lectura.

Y aunque ya advierto el ceño fruncido de muchos de los sapientes letrados, ustedes profesores olvidan varias cosas: 1) que la lectura es un proceso, es decir, que el joven que empieza leyendo una saga de moda, mañana puede estar consumiendo otro tipo de literatura. El nivel estético avanza con el tiempo, un buen lector es exigente; 2) no todos los que cursan lengua castellana se preparan para ser licenciados en literatura, no sé quién fue el que estableció que el estudiante se debe volver un versado en los géneros literarios. La lectura es goce que privilegia la libertad y la reflexión, de modo que no hay volver a esta camisa de fuera que, como si fuera poco, toca reforzar con la traicionera memoria; 3) la forma en que evalúan. Está bien que se hagan pruebas de lectoescritura, lo que no es correcto es que se privilegie la memoria antes que la reflexión. No. En lengua castellana se debería promover la escritura como prueba del conocimiento. El error de los maestros es que alientan el aprendizaje mecánico, y por eso cuando los estudiantes llegan a la universidad su escritura suele ser lamentable por lo deshilvanada, sucia y pesada. (Y eso que me ahorro la crítica a los que se dedican al ejercicio de la escritura periodística; en muchos casos fatal).

Por supuesto, no todos los profesores son así, los hay quienes amenizan la literatura y la enseñan como debe ser. (Aprovecho para volver a agradecer a los profesores que tuvieron que soportarme en bachillerato, Eduard Narváez, Helga Castro).

Lo cierto, es que se hace necesario evaluar la forma en que los educadores imparten sus clases, no se puede seguir con esa mirada horizontal, que le involucra toda la culpa a los alumnos y sus círculos familiares.

Yo de docente (Padre de las tinieblas, ¡bendíceme!) pensaría de esta forma: ¿qué es más importante? ¿Que lo estudiantes sigan bajando los resúmenes de Wikipedia o que, alternando los libros que se imponen en dicho programa, los educandos tengan la oportunidad de acercarse a autores que narran realidades similares a la suya? En Cali, por decir lo menos, hay un importante número de narradores con novelas que siguen a la espera de lectores. Pero los profes –o las instituciones de las que hacen parte– no se dan la oportunidad, y entonces le dan toda la razón a Bernard Shaw:

-Yo me estaba educando muy bien hasta que mi padre les dio por meterme al colegio.

 

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