Los niños de San Antonio, los niños que nadie recuerda

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

La masacre de los niños Vanegas, en Florencia, Caquetá, ha despertado la indignación de buena parte del país. Medicina Legal dice que en Colombia diariamente asesinan dos niños. La degradación de la sociedad colombiana resulta dantesca; da tristeza que por culpa de unos pocos, la gente de este pueblo tenga la fama de violenta. Es que somos violentos por inherencia, dicen algunos indignados.

No voy a poner en cuestión las manifestaciones viscerales y dañinas porque creo que las emociones obnubilan juicios sensatos. Pero creo que tiempo después de lo ocurrido vale la pena observar la situación con aplomo.

Con el mayor de los respetos, me parece que la sociedad colombiana debe dejar de posar de humanista (verbigracia, indignados vía Facebook y/o Twitter), me explico, aquí la gente se exaspera y entristece por los niños muertos, pero parece que pocos recuerdan los niños vivos, o más exactamente – y qué triste aceptarlo– los niños que fallecen en vida.

Los niños que mueren de física hambre en La Guajira, los niños que deben caminar horas y horas para llegar a su escuela, los niños que ven maltratar a sus familiares, que sin entender por qué deben dejar su finca para migrar a la indolente ciudad, los niños huérfanos que por la actitud de “los correctos” se les niega la posibilidad de una familia homosexual, los niños que sienten el desprecio de una sociedad que los juzga por su aspecto físico.

Niños como los de la vereda de San Antonio, en Santander de Quilichao, que hará un año perdieron a sus padres en una mina ilegal que llegó alrededor de dos años a esta tierra de gente afable. Como se sabe en esta mina ilegal murieron 11 personas que trabajaban en ella en horas de la noche. He tenido la oportunidad de hablar con los familiares de estas personas y manifiestan que algunos de ellos tenían trabajo pero no les alcanzaba el dinero para cubrir todas sus necesidades. La familia Carabalí es una de las más afectadas: cinco de los suyos quedaron sepultados ese miércoles 30 de abril. Lo hacían porque con el dinero que les dejaba el oro podían cubrir otros menesteres, Edilsa, Yeli, Miller, Jhoiner e Ílder, se aventuraban en la mina, a pesar de que conocían los riesgos de trabajar en esta, porque con los recursos que recogían compraban cemento y ladrillos para las casas que estaban construyendo.

Estas cinco personas dejaron niños que sobreviven gracias a la ayuda de sus familiares, pero necesitan ayuda, pues amén de la ausencia de sus figuras paternas –que ya es mucho–, se hacen imperiosos recursos para aliviar sus penas y poder continuar sus estudios.

En San Antonio hay, mal contados, alrededor de 7 niños que quedaron sin papá y mamá, mi pregunta –para todos aquellos que dicen defender los derechos de estos seres indefensos– es ¿quién se acuerda de ellos?

Importante resaltar que de nada sirve luchar por los derechos de los muertos, la rapidez con la que han actuado las autoridades en la captura de los presuntos autores del crimen de Florencia, el reclamo de justicia por parte de la opinión pública, o en suma, la indignación nacional debería ser igual que con los niños que siguen viviendo.

¿Dónde están los medios de comunicación que a través de masacres infantiles se erigen como empresas comprometidas con la sociedad colombiana? ¿Dónde están los columnistas, senadores, funcionarios públicos que dicen velar por los derechos de las almas indefensas?

Aquí el discurso oficial dice que en las minas ilegales trabajan criminales, y si bien es cierto que en efecto en estas colindan delincuentes, no se puede dejar de resaltar que hay personas que trabajan por física necesidad económica. Detrás de esas personas hay familias, es decir, hay niños.

En San Antonio no ha habido ayuda alguna, las autoridades locales y nacionales arguyen que se trataba de una tragedia anunciada, que la alcaldía había expedido decretos en los que advertía la peligrosidad de la mina. ¿Son tontos o se hacen? ¿Es que acaso los niños huérfanos tienen la culpa de que sus responsables se hayan arriesgado a ejercer esta actividad?

¿Quién se acuerda de los niños de San Antonio (y de tantas otras partes del país)? Es hora de dejarse de poses y de ser más coherente con las causas por las que se dice adherir, ¿o es que acaso habrá que esperar a que estos niños mueran para que – ¡por fin!– alguien se acuerde de ellos?

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