Los políticos no son los únicos torcidos

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Los políticos no son los únicos torcidos

Por: Gustavo Orozco

Gustavo-OrozcoSer funcionario en Colombia se ha convertido en sinónimo de corrupto y ladrón. La fama no es gratuita y los escándalos que el país ha venido descubriendo han reforzado la concepción de que hay mucho podrido dentro del Estado. Pero el problema no es exclusivo de los funcionarios, porque la falta de ética en nuestro país se extiende hasta lo mas alto del empresariado.

Después de todo el comportamiento hampón de los funcionarios corruptos es el reflejo de toda una sociedad facilista, oportunista y egoísta que los crió y los toleró. No es gratuito que los escándalos que reveló recientemente la Superintendencia de Industria y Comercio sobre el cartel de los panales (y aún más cerca de casa y actualmente en investigación: el de los azucareros) demuestren un comportamiento similar al de un funcionario corrupto. Puede que los empresarios no tomen las ganancias de sus precios inflados para sus ya abultadas billeteras como lo harán los torcidos del Estado, pero son igual de descarados al exprimirle los bolsillos a la manada de consumidores inocentes que no tenían alternativa que comprar más caro.

Obviamente los funcionarios se deben regir por unos estándares éticos superiores al de los ciudadanos del común, dada su condición de servicio y poder. Pero no deja de ser igual de grave que los empresarios se alíen para robarnos a los que indefensamente caemos en las garras de sus controles monopólicos. Si así es el sector privado, supuestamente transparente, eficiente y solidario, ¿qué esperanzas para el sector publico? ¿qué ejemplo nos dan, acaso, los ‘empresarios lideres’ de este país – tan preocupados supuestamente por el bienestar del pueblo y el desarrollo económico de Colombia?

No serán todos, pero para algunos lo único que importa es el precio de sus acciones, reportar ganancias y quedar bien con los dueños y la competencia. Una sed insaciable por más y más, un capitalismo podrido que prioriza las ganancias corporativas conscientemente en detrimento de muchos otros.

Constituir un cartel no será lo mismo que robarse la plata de la salud o de la educación, pero es un reflejo del poco respeto al otro, de un individualismo repugnante y un comportamiento ventajista que dice mucho de nosotros como sociedad.  Es así, como no solo los políticos le roban a los pobres, sino que hay ricos que roban mientras critican hipócritamente. Atrevidos los que reniegan de que pagar impuestos para que se los roben los políticos torcidos es inaceptable, pero cuando el robo lo hacen ellos con artimañas del mercado es totalmente tolerable.

Difícil hacerse ilusiones con el empresariado para el posconflicto, más aún cuando su gremio no sale a rechazar la putrefacción de varios de sus miembros. Que ética ni que nada. Los empresarios y los ricos salen igual o peor de ladrones que los funcionarios que lo hacen desde adentro. Generalizar no es justo, pero las pocas manzanas podridas dan mucho que criticar y aún más por desear.

 

Los carruseles de la contratación son el ejemplo perfecto que la corrupción se ha vuelto una alianza corrompida entre el sector público y el privado. No es un problema de funcionarios ni de empresarios, sino de lo mas básico de nuestra cultura corroída.

 

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