Los Riders y algunas anotaciones sobre el proceso creativo

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jAIRPor Jaír Villano

@VillanoJair

La lectura es un ejercicio que se debe hacer en soledad. Se lee para aprender, reflexionar, cuestionar, concluir, pero también, claro, para reír, llorar, y otros estados que afloran a  medida que van pasando las páginas  y con estas los dramas, reflexiones o teorías de los personajes o los hechos.

La lectura silente es ideal, pero pasa que se disfruta más eso que se lee  cuando se presentan charlas con diferentes puntos de vista, que rescatan elementos que  pasan desapercibidos, o se olvidan o se soslayan.

Con todas las artes es similar. Me acuerdo que una noche al salir de la cinemateca La Tertulia una amiga dijo:

-¡¿Y si vieron la metáfora de la botella?!

Y todos, que habíamos hablado de la calidad de los planos, la delicadeza de las elipsis, la estética tan bien lograda de la fotografía, todos quedamos mudos; claro, esa botella le daba más poder a lo que el argumento del largometraje quería metaforizar.

Perogrullada: la discusión enriquece la perspectiva que se tiene en torno a algo, por eso Platón dijo que en los debates nadie pierde, pues el que “pierde” se da cuenta que no le asiste la razón.

En Cali hay un grupo de jóvenes lectores que se reúnen hacer esto que refiero. Se hacen llamar ‘Los Riders’; qué orgullo, el sábado que salga esta columna estaré hablando de literatura con ellos.

Como  buenos lectores que son, es posible que muchos sean dueños de ambiciones literarias. De manera que la charla girará en torno a la pertinencia de eso que ellos hacen, y sobre algunas anotaciones alrededor del proceso creativo (desde mi experiencia).

Dado que no me considero buen orador, escribiré aquí las principales cosas que se me ocurre resaltar.

Así, lo primero que hay por señalar es que el ejercicio de la escritura no se basa en ese ritual bello e inefable del que hablaron los románticos y siguen hablando algunos romanticones: me refiero a la inspiración.

No. Es verdad que hay ocasiones en las que uno cree estar iluminado, o con muy buenas ideas. De modo que mi recomendación es actuar conforme a ese estado: es decir, escribir, expresar eso que siente. No hay que olvidar que si hay algo que hacía el joven Varguitas era no aplazar cualquiera idea literaria que se le cruzara en la mente.

De tal modo, que hay que escribir, pero una vez se tenga el texto, se debe empezar a releer para efectos de lograr eso que, según un escritor vallecaucano, dijo Rulfo: esto es, el arte de tachar.

En efecto, Rulfo era un maestro de la síntesis, por eso sus dos libros no pasan de las 200 páginas; y sin embargo, son dignos de los más fastuosos homenajes y objetos de múltiples lecturas. Hay una fábula que Augusto Monterroso hizo a propósito del escritor mexicano. Hablando de Monterroso, otro de meditada profundidad, resume todo esto que dije en escazas líneas: “uno es dos, el escritor que escribe (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno)”. ¡Ay, la síntesis!

Ahora bien, es posible que luego de releer eso que se escribe se entre en un estado de decepción; no obstante eso que parece deplorable, –lo sé, lo entiendo–,  debería atenuarse con la experiencia de los maestros de la literatura; pensemos: si así de fácil fuera a Joyce no le hubiera costado tanto tiempo escribir ‘Ulyses’, y  Proust no habría tardado tanto  en escribir ‘En busca del tiempo perdido’. Hay que hacer de la recomendación que Flaubert le hizo al joven Maupassant un salmo: “el talento no es más que una larga paciencia”. De manera que calma.

Hay que entender que de un millón de poetas hay un Rimbaud, de mil artistas gráficos hay un  Basquiat, de un millón de cineastas hay un Dolan. Es decir, que la precocidad artística acompañada del talento innato son prodigios, que como tal se suceden muy de vez en cuando. A los demás, a los mortales, nos toca esforzaros y entender que la escritura y la lectura son procesos, y como todo proceso es a largo plazo.

Otro cosa que vale la pena sobresalir es la relacionada a la lectura en retrospectiva. En una entrevista Tomás González, uno de mis escritores colombianos preferidos,  dijo que él prefería dejar descansar a los textos. Me parece que eso es muy bueno. Leer en caliente es un arma de doble filo: por un lado, puede que se descarten elementos que podrían ser valiosos, y recoger otros que no; esto puede suceder a la inversa o de otras maneras. Luego, la invitación es a dejar que los textos reposen, a leerlos una vez logremos olvidarnos de estos.

Y aunque quedan muchas cosas por fuera, una última sugerencia es entender que se está en una génesis, en el albor de un amplio camino, pero esto no quiere decir que se deba dejar de caminar. No. Hay que escribir, expresarse, manifestarse, pero por sobre todo hay que seguir haciendo esa actividad placentera y maravillosa que tanto nos gusta: leer, leer y leer más.

 

 

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