Los viajes a La Habana

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Camila ZuluagaPor Camila Zuluaga

@ZuluagaCamila

Se ha convertido en toda una controversia entre los miembros de las instituciones más importantes del país si es o no delito ir a La Habana para reunirse con los integrantes de la guerrilla de las Farc.

El procurador Alejandro Ordoñez comenzó con las acusaciones al respecto. Él fue quien se pronunció al anunciar investigaciones contra los congresistas que habían estado en Cuba sin autorización del gobierno, justo después de conocida la orden de captura contra el exgobernador de Antioquia Luis Alfredo Ramos, afirmó que ellos estarían incurriendo en una falta disciplinaria y además, en su concepto, en una conducta penal.

Como es lógico, uno se pregunta qué tiene que ver el exdirigente antioqueño con los viajes de los congresistas a La Habana. El procurador mismo ha dado la respuesta. Lo que el ente de control estaría investigando es lo que para él es una conducta igual a la realizada por Ramos cuando era gobernador de Antioquia y que hoy lo tiene en la cárcel. Es decir, lo que quería evidenciar Ordóñez es que a Ramos lo privaron de su libertad por algo similar o igual a lo que hoy están haciendo ciertos congresistas.

Sin embargo, por su lado, el fiscal general, Eduardo Montealegre, ha dicho también abiertamente que ir a La Habana a hablar con las Farc sin el permiso del Gobierno no es un delito ni una falta. Recordando además que las órdenes de captura de los integrantes de la guerrilla que se encuentran en Cuba están suspendidas, recalcando que por ser territorio extranjero, las conductas realizadas ahí no pueden ser sujetas al control penal ni disciplinario por parte del Estado colombiano.

En el mismo sentido se pronunció el exfiscal y hoy ministro de Justicia Alfonso Gómez Méndez. Esto a pesar de no tener muchas coincidencias por estos días con el fiscal, pues las relaciones entre ellos también están tensas. El ministro ha manifestado, en su conocimiento como penalista, que efectivamente no se pueden enmarcar dentro de la conducta penal los viajes de los congresistas y los particulares a La Habana.

¿Pero qué es lo que hay detrás de toda esta discusión? Desde la barrera es fácil dilucidar que hay una clara intención de ciertos sectores de demostrar la injusticia que se está cometiendo con el exgobernador de Antioquia y con otros políticos que han sido acusados, privados de su libertad y condenados por parapolítica.

Sobra decir que no es lo mismo, pero por si acaso, vale la pena recordarlo. Los guerrilleros de las Farc hoy son visibles, no están escondidos de nadie. Es pública su ubicación como público también es el permiso para que estén allá. Además, a quienes se les condenó o se les acusa por parapolítica se les ha comprobado en muchos de los casos que obtuvieron provecho electoral de las conversaciones con las autodefensas; es decir, que estos influyeron para que su interlocutor obtuviera un mayor apoyo en las regiones de influencia. Esto sin hablar de otros casos en donde se comprobó que cohonestaron y fueron cómplices de masacres y asesinatos. Aquí están queriendo comparar peras con manzanas, y no parece correcto hacerlo en medio de un diálogo que es fundamental e histórico para el país.

Más bien, deberíamos estar pensando en que de ser exitosos los diálogos con las Farc, deberían salir unas propuestas muy serias para que ese «empezar de cero» incluya a todos los actores inmersos en el conflicto, es decir: militares y fuerza pública, paramilitares, políticos y ciudadanos involucrados. Deberíamos centrarnos más bien en buscar las alternativas que nos lleven a salir del conflicto en donde todos los que actuaron o actúan en él encuentren mecanismos para lograr por fin la terminación del mismo, y no en enfrascarnos en discusiones que jurídicamente no tienen ni piso, ni sentido alguno.

Una cosa más: Y el telón se abre para la nueva pelea entre dos altas dignidades institucionales. Por un lado, nuevamente el fiscal general de la nación, Eduardo Montealegre; y, por el otro, el nuevo ministro de Justicia y exfiscal general de la nación Alfonso Gómez Méndez. ¿Pelea de egos, pelea política o una verdadera pelea de ideas?

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