Madame Bovary

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Por Patricia Suárez

Madame BovaryCharles Bovary  se enamora de la hija  de  uno de sus pacientes,  hacendado  a quien  ausculta,  holgado campesino de pecuniario balance. Ema, educada en un convento y soñando futuros de casada  feliz… El, Viudo, de  viuda rica, recomendada por su madre en ese trajinar de los enlaces donde convergen intereses y  miedos se encontró solo,   impresionable, en su estrecha  ambición, se enamoró de Ema.

La joven complacida dio el sí de ser la señora Bovary, el facultativo rural,  incompetente, carácter   desprovisto de imaginación, edípico  diseño burgués,  tipo cultural anquilosado entre las márgenes de los lenguajes represores de  la moral maniquea, injerto de una sociedad provincial en la mitad del siglo XIX, vivirá la tragedia del fracaso y la ruina, gracias a los derroches de quien soñaba en París, en aquel entonces,  centro del universo, y él, pusilánime y vástago de su época…, sufre a la   infiel Ema y   sordo  a las mentiras convierte en  verdad los continuos engaños de la fatua,  cómplice, de su maleada realidad.

Pusilánime, adicción agresiva de su carácter,   grosera pasividad, resignado en aras de un hogar que diluyo su sentido, si alguna vez lo tuvo,  en la diametral oposición de dos  personajes menores ( matrimonio Bovary), en términos de la universalidad integradora cuyo  amor  y disciplina  en   impecable  continuidad    son faro de  responsabilidad creativa al asumir  en consecuencia lo  filosófico  de la vida donde ética y estética integran la orgánica pulsión de la existencia.

Pero los Bovary   no imaginaron tal construcción.

Madame Bovary,  idílica, desoye la voz  de natura,  voz primigenia, el llamado materno, rechaza el imperativo de su pequeña hija, sacrifica lo cotidiano en ilusorio escapismo,  marca su futuro, no se le ocurre mirar el firmamento, conocer las estrellas, el asombro de imaginar    los espacios infinitos, reconocer la tierra prodiga y diversa,  los elementos en la  esencialidad de la vida.

Ajena a los indispensables  de la   inteligencia fracasa y se equivoca en su pueril ilusionismo, engañada por sus señores,  inducida por  la verbosidad del mercader que le presta y al no ser escuchado  el eco a su necesidad económica,  consciente del engaño de  solo inspirar a sus amantes   sexo,  en abandono sufre  la burla,  herida por el  utilitarismo  del patriarca moral,  volátil  y errada se suicida.

La Señora Bovary   trasgrede los convencionalismos,   ante  la estética de la verdadera pasión, esto no importaría, porque vemos en ellos la pacata y reducida moral que huele a moho, pero, abandonar su hija que huesito a huesito se formó en sus entrañas, por el baboseo de amantes traidores es (desafío grosero), al ideal estético de la espiritualidad inteligente y sensible de la vida.

La luminosidad de un refugio de espacios airados en lo vital del amor, no podía ser la   famélica ilusión de  Madame Bovary  quien  solo es  residuo  de un  rostro múltiple de irónica mueca.

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