Maestro Phazan

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Por José Alejandro Vargas

En alianza con Revista EL CLAVO

Los años sesenta fueron una época de proliferación artística y cultural. El hipismo, el rock and roll y la música popular marcaron una identidad. Mauro Phazan, un ecuatoriano que vive en Cali, a través de la cerámica ha plasmado durante años una tradición de mitos y leyendas caleñas.

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Phazan junto a las cerámicas sin pintar

Así como los monjes tibetanos viven en las alturas de las montañas, en Cali, en lo alto de la colina de San Antonio, vive Mauro Phazan. Su casa, o mejor su templo, es un espacio sereno donde las gotas de la fuente no cesan de caer, igual que los mangos maduros que reposan sobre un baldosar empedrado. Allí el silencio prima, en medio de una vegetación abundante de palos de mamey, mamoncillo, chambimbe y palmeras. Al fondo se alcanzan a divisar diferentes esculturas de cerámica hechas a mano, se ven chontaduros, macetas, corteros de caña, estatuillas como la reina Jovita y vírgenes de todas las diferentes culturas de Suramérica. Abajo está el taller, donde las mujeres pintan con pinceles las alas de los colibríes. También están los moldes de arcilla y los hornos que se calientan a altas temperaturas.

Cae la tarde y en medio de ese silencio aparece el maestro, con traje de lino blanco, cabellara larga y canosa, lleva sandalias y un cigarrillo piel roja entre sus dedos. El maestro o Mauro, como le dicen sus amigos, vive en Cali desde hace cincuenta años, es de Cuenca Ecuador, tierra de escultores. Phazan es 1947, época en la que monseñor José Joaquín Salcedo (sesenta y seis años atrás) fundó la radio Sutatenza, emisora cuyo propósito estaba encaminado a educar y culturizar a la población rural en Colombia. Phazan cuenta que cuando cogía la señal de esta emisora colombiana, en Boyacá, escuchaba cómo hablaban los colombianos de bien (además de escuchar su música popular, la cumbia), motivo que lo impulsó a querer ir a esas tierras.

El maestro afirma que su viaje fue “con mochila y a dedo”: fue subiendo Pasto, Popayán y así arribó a Cali. Llegó a la plazoleta de Santa Rosa, no había terminal, era ahí donde llegaban los buses. Los altos tejares que sobresalían de aquella peña llamada San Antonio lo motivaron a conocer lo que es hoy uno de los barrios más tradicionales de la ciudad. Ese mismo día se hospedó en uno de los recintos que reciben turistas aventureros.

Cali estaba en plenos Juegos Panamericanos. El impacto de las revoluciones, en gran parte de Suramérica, estaba en todo su esplendor: en Chile, Salvador Allende; en Colombia, Camilo Torres; y en Cuba, Fidel Castro. Otro movimiento que causó rebelión e impacto social fue el hipismo, que involucró la vida de muchos de la generación de los sesenta, entre ellos la de Mauro Phazan, quien aún conserva esos donaires de hippie y las anécdotas de los caleños de aquel entonces: “Se hablaba del valle de los hongos, la marihuana y las bandas de rock como Pink Floyd y los Rolling Stones; también, de los suramericanos como Facundo Cabral y Mercedes Sosa”. A todos ellos Phazan les guarda respeto y admiración.

Fue después de entrar a estudiar al Sena que se codeó con la cultura popular y aprendió a bailar salsa en  la discoteca Séptimo Cielo y en Juanchito. Esaa época revestía los tiempos de la novela Qué viva la música, de Andrés Caicedo, y de los relatos de Bomba camará, escrita por Umberto Valverde.

Mauro heredó la tradición de la escultura de su abuelo Fernando Phazan, un hombre dedicado a hacer ángeles e iglesias. Recuerda cuando por primera vez fue a conseguir arcilla a las montañas de Siloé. Bajó con dos bultos y amasó, como un niño, la especie de plastilina que había entre sus dedos. Lo primero que se le ocurrió hacer fue unos pájaros, y de ahí nació el nombre de su primer taller de cerámica: El Palomar.

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Caballo en cerámica

Ya con el tiempo y empapado por el oleaje de la cultura popular de Cali y el Valle, decidió plasmar su identidad en las cerámicas: las macetas, la virgen del chontaduro, en conmemoración al pacífico; los corteros de caña y mitos y leyendas que se han acumulado a lo largo de la historia de departamento.

Y así es como como este hombre de sesenta y seis años decidió convertir la cultura de esta región en porcelanas de cerámica.

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