Marcador en contra

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Por Camilo Granada

El prolongado paro se ha degradado.  Los inaceptables bloqueos de las vías ponen en peligro el abastecimiento de bienes esenciales, incluyendo medicamentos, y han paralizado sectores económicos enteros, agravando la crisis económica que vivimos. Lo peor es que no pareciera haber una solución en el corto plazo. El manejo de la protesta por parte del llamado comité nacional del paro y del gobierno ha sido confuso y plagado de errores que hacen más difícil encontrar salidas.

Desde la perspectiva de comunicaciones, el manejo de una crisis social es una batalla por las mentes y los corazones de los colombianos. Se trata de lograr y mantener el apoyo de la ciudadanía: a las reivindicaciones –para los organizadores del paro—, y a la capacidad de superar la situación con soluciones reales y realizables, para el gobierno. Del resultado de ese pulso político depende la conclusión y los resultados de la protesta.

En la situación actual, ambos lados han fallado porque no tienen una estrategia clara de salida y por lo tanto carecen de una comunicación pública en línea con ella. Han avanzado o retrocedido por los errores del contrario y no por sus propios aciertos. Si fuera un partido de futbol, sería un “picadito” entre familiares y no uno de liga profesional. El marcador parece moverse solo por autogoles y no por la destreza de los jugadores. El problema es que todos los goles son contra los colombianos.

Luego de iniciar el movimiento de protestas contra la reforma tributaria, el comité del paro ha venido alargando su pliego de quejas y exigencias lo que desvirtúa su propósito original. Esto hace que su mensaje sea confuso y deje ver un tufillo de oportunismo político que le hace daño a la urgente y legítima atención a los problemas que plantea. El maximalismo y la táctica de metas cambiantes, no contribuye a un diálogo constructivo y rompe la necesaria confianza entre las partes para negociar de buena fe.

Tampoco puede el comité asumir la representación de todas los colectivos y sectores movilizados. Tiene que reconocerlos y validar sus demandas. No pueden cooptar toda la agenda de negociación con el gobierno a favor de sus reivindicaciones sindicales.

El error más grave que comete el comité es no canalizar las marchas y no condenar los bloqueos prolongados y el vandalismo. Con esa actitud ambigua, parecen condonar la violencia y esto se traduce en la pérdida de apoyo de la ciudadanía, algo que habían logrado de manera muy amplia al inicio de las protestas. Hoy, el comité del paro parece cada vez más una parte del problema y no parte de la solución.

El gobierno también se ha equivocado gravemente. Confunde liderazgo con omnisciencia. Cree que admitir errores y corregir el rumbo, mina su liderazgo y lo hace parecer débil. Es todo lo contrario. Pero lo peor es que en realidad cede y recula pero no lo reconoce y por ende no lo capitaliza a su favor. Los ejemplos son múltiples: retiró la reforma tributaria, renunció el ministro de hacienda, se cayó la reforma a la salud. Pero en ningún caso admite error alguno. Inicialmente se negó a negociar con el comité, solo para sentarse una semana después.

El presidente anunció políticas importantes para los jóvenes como la matrícula cero en universidades públicas, un plan de apoyo al empleo juvenil, un programa para el acceso a la vivienda de los jóvenes. Pero todo eso lo hizo por fuera de los espacios negociación.  Si el presidente hubiera ido a las reuniones con el comité del paro, y después de escucharlos, hace esos mismos anuncios, habría ganado apoyo y reconocimiento de la opinión pública y habría puesto al comité en la difícil posición de rechazar cualquier avance. Su negativa a reconocer la validez de los reclamos y de los voceros de los mismos hace que sus concesiones caigan en el vacío y no le permitan retomar la iniciativa. Pierde la oportunidad de mostrar que está escuchando, que tiene el valor de corregir el rumbo y de actuar en consecuencia.

Algo similar pasa con los cambios en el gabinete. Duque ha hecho cambios en cuatro ministerios. Pero, como no quiere admitir que la crisis requiere ajustes y tampoco quiere abrir su gobierno para incorporar nuevas perspectivas y voces, lo ha hecho a cuentagotas, sin aprovechar los cambios para darle un nuevo aire a su gobierno en la recta final de su mandato.

Errores de estrategia de parte y parte, soberbia y cálculos políticos por encima de la necesidad de superar la tensión y desescalar el conflicto y no comprender que en todo pulso político las comunicaciones son esenciales han cerrado puertas al entendimiento. La gente está cansada y castiga a los que no negocian ni encuentran soluciones. Y eso le pasa factura a ambas partes. Y mientras tanto los colombianos seguimos perdiendo.

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