Mary

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Por Patricia Suárez

el color de la lecheRelacionar  entre sí las realidades,  el bucólico respirar del entorno, el pájaro negro que se come el grano, la vaca que espera y aquel recostarse contra ella,  calor,  faena,  estar allí entre los suyos y  no en el tic tac  de los segundos en casa del vicario, mejor es el afán en el ordeño, allá, en la granja,  y el gruñir  del padre, la tosca ternura del abuelo, la invisible figura de la madre en  el ir y venir de los oficios,su no afecto, Hope, Violet y el olor a manzanas.

Tensión y ritmo en el  trágico-compacto universo de un microcosmos que se abre camino en la más elocuente exactitud de la conciencia cuya lógica sincera elabora,  desde la profundidad de su yo, el más sencillo, coloquial y profundo repetir de los días;la palabra dicha deja silencios de aliento y a cada paso, a cada gesto, la ductilidad de lo preciso   en su paradojal dinámica nos apresa.

El rechazo de Mary a creer que  Dios todo lo provee y  ordena, que sin él nada es posible pues él lo es todo,  la clara condición de ser rectora de sus actos,   del apuro para encender el fuego  y que todos en casa se calienten, ese repetir las letras que el vicario le enseña  lento, demasiado lento, y el señalar las frases siguiendo las letras con el dedo, aprender a escribir y dejar testimonio de su inocencia, de su razón, de su derecho.

El correr tras las hermanas que olvidadas de ella la dejan atrás en el camino (cojea por su pierna lisiada), la mirada que sigue a los suyos, al niño que ha nacido, hijo de su hermana,  y  el padre que les pega y las grita sin dar  pausa al cansanciopero permite que  el nieto–por  ser  hombre-  se quede en casa: será fuerza y renta que la granja necesita.

Mary, personaje central en el clásico de Nell Leyshon,  Del color de la leche, es rastrojito magullado  en el constante quehacer de la faena, tosquedad de tierra, obediente y singular, pregunta,   relaciona, intuye, genera, hila, teje al narrar -con su mano que duele- los días y las noches,  los cuerpos encorvadosa la tierra y la lechuza que asoma en los paréntesis integradores; letras aprendidas a precio de esclava  y elpertinaz coloquial   que fusiona  cada frase  en un  todo  que repiten los ecos, los  agudos finales    bajo el alero,  el soplo a la vela,   la triste soledad en el abuso, la noche, el día, las estaciones que marcan el cotidiano, las estrellas que salen tras la luna.

No decae la tensión en el narrar preciso y compacto de NellLeyshon,  escritora que ubica -en la rutina de una granja del siglo XXIII en Inglaterra- el régimen de servidumbre familiar que  magulló la amargura de su personaje central: una niña granjera que  vivió bajo el poder que explota la   fuerza y  a la vida reduce en la despótica utilitaria de su condición.

La novela de Leyshon es voluntad de  lógica sensible, lenguaje integrador de magistral sencillez que logra la explosión del asombro.

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