Mediación, mejor no

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Laura GilPor Laura Gil
Twitter: @Lauraggils

Sobran mediadores y falta voluntad. “No estamos considerando la mediación”, dijo el canciller venezolano, Elías Jaua. No sorprende. Cobijada en el principio de no injerencia en asuntos internos, Venezuela ha rechazado toda oferta de facilitación internacional de los últimos tiempos. 

De hecho, con la presencia del Centro Carter y la Organización de Estados Americanos, OEA, en el conflicto posreferendo revocatorio de 2004, se acabó la mediación internacional en Venezuela.

De Uruguay a Colombia, pasando por Estados Unidos y Cuba, todos quieren mediar.  La alta polarización venezolana hace creer conveniente la ayuda de un tercero. Pero más allá de ella, la situación no parece todavía madura para una mediación.

Algunos países, liderados por Cuba, analizan una propuesta de este corte: para dar espacio al diálogo, las partes deben dar muestras de buena voluntad –la detención de las marchas a cambio de la liberación de los arrestados, incluido Leopoldo López–. ¿Para llegar adónde?

La oposición fija su meta en la caída del Gobierno, y el Gobierno se atrinchera en su posición de autoridad elegida en las urnas; pero ningún actor internacional puede apostar a la renuncia de un Gobierno elegido.

¿A qué aspirar, entonces, en una facilitación? ¿Elecciones anticipadas al estilo Ucrania? ¿El abandono de una política económica equivocada? ¿La devolución de algo de independencia a los poderes del Estado? ¿O algo mucho más coyuntural, como el establecimiento de una comisión de la verdad para hacer claridad sobre los asesinatos de los días recientes?

¿Cómo definir un resultado legítimo, posible y viable del diálogo? He allí el quid del asunto. 

Un tercero debe tener en cuenta que las marchas resultan la única moneda de negociación y ceder en ellas, de manera prematura, una derrota.  Leopoldo López preso vale más que libre, y su entrega no representa una ganancia. La propuesta cubana está destinada al fracaso.

¿Y diálogo entre quiénes? No está de más preguntar quién se sentaría a la mesa.  ¿Leopoldo, María Corina o Henrique? ¿Quién representa a una oposición cuya unidad se pone a prueba todos los días? No es un secreto que la presión de las marchas acentúa las diferencias en la Mesa de la Unidad Democrática y, al tiempo, cohesiona el chavismo.

Los estudiantes han logrado más en unas semanas que la oposición política en 12 años.  ¿No merecen ellos una voz?  ¿Y quiénes más deben participar?  

Todas estas son preguntas que un actor internacional debería estar dispuesto no solo a abordar sino también a moldear. ¿Quién puede hacerlo? No lo puede hacer Estados Unidos, por más acercamiento que esté buscando hoy Nicolás Maduro. El próximo nombramiento de un embajador venezolano en Washington no podrá borrar de un tajo 15 años de un discurso antiamericano; mucho menos podrá liderar la negociación, ni siquiera desde la sombra, un Secretario de Estado que se muestra partidario de sanciones del Congreso.

No lo puede hacer Colombia, por más cariño que se declaren los países vecinos. El discurso anticolombiano de Nicolás Maduro y del resto de su gabinete ha convertido a Colombia en un protagonista involuntario de la crisis venezolana. Lo cierto es que Colombia necesita de Venezuela en La Habana, pero Caracas no quiere a Bogotá metida en sus asuntos.

No lo puede hacer la OEA porque, bajo el mando de Insulza, renunció a todo rol en Venezuela. No lo puede hacer Óscar Arias porque el Gobierno venezolano no confía en él. No lo puede hacer Pepe Mujica porque el Gobierno cree en él pero simplemente no quiere la mediación.

Nadie puede obligar a Venezuela a aceptar una mediación, y lo peor para los venezolanos y para la región sería una intervención diplomática fallida por lo anticipada.

Quedan todavía muchas marchas antes de que las partes venezolanas entiendan la necesidad de alcanzar una salida pacífica. Quizás entonces; ahora, mejor no.

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