Medioambiente, cultura y proyecto humano

0

Por Germán Ayala Osorio

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 

Hechos socio ambientales como la muerte de chigüiros y otras especies de animales, acaecidos a mediados de abril de 2014 en el Casanare, y los  efectos que viene dejando la ampliación de las fronteras agroindustrial, minera y ganadera en zonas de especial valor ambiental, muchas de estas actividades en cercanías e incluso dentro de Parques Nacionales Naturales, nos llevan a señalar como único culpable al Estado, por su incapacidad y precariedad y por operar en condiciones de captura y cooptación (Garay, 2008) por parte de disímiles mafias clientelares.

El crecimiento no planeado de ciudades que poco a poco arrinconan valiosos ecosistemas y ponen en riesgo lógicas de vida rural sustentables, en donde sobresalen los planes de vida y prácticas consuetudinarias de comunidades afrocolombianas, campesinas e indígenas, es una circunstancia que se suma a las preocupaciones de ambientalistas y científicos por la perdida de masa boscosa y de biodiversidad, que vienen produciendo dichas actividades antrópicas.

Diversos analistas fustigan las disposiciones que en materia ambiental adoptó Uribe Vélez en sus dos administraciones (2002-2010), así como la decisión de Santos Calderón de profundizar y extender el modelo extractivo que poco a poco viene agotando las riquezas del suelo y del subsuelo. Se suma a lo anterior, y sin que ello preocupe al grueso de la opinión pública, que el posconflicto lo financiaría este Gobierno con los recursos de la minería, actividad que cada vez gana más espacio en zonas frágiles y ecosistemas estratégicos y deja profundas huellas de devastación ambiental.

Pero no solo el Estado es responsable. Por el contrario, hay otros actores responsables y también unas circunstancias contextuales (culturales) que hacen aún más complejo comprender lo que está pasando y sobre todo, intentar detener este preocupante nivel de deterioro ambiental en el que deviene el país de tiempo atrás. En primer lugar, las élites con poder político y económico desconocen ese manido y “resbaloso” concepto de soberanía estatal y por supuesto, una empobrecida idea de lo que es la Nación y la defensa de los intereses colectivos.

En segundo lugar, hay que señalar que la élite empresarial y política poca conciencia ambiental exhibe a la hora de proponer e imponer sus proyectos productivos y de desarrollo urbano. Por ejemplo, poderosas empresas constructoras presionan la intervención de zonas de protección ambiental y los últimos rincones verdes de Cali y Bogotá (en los Cerros Orientales y el humedal La Conejera), para levantar allí complejos habitacionales. Con la anuencia de las autoridades ambientales, varios particulares poco a poco “invaden”, para el caso de la capital del Valle del Cauca, los Farallones de Cali para el desarrollo de minería, legal e ilegal y proyectos habitacionales. De  igual manera, un turismo voraz y mal planeado, presiona fuertemente y afecta a varios ecosistemas de los Farallones de Cali.

Si bien los ambientalistas vienen llamando la atención de los medios masivos y por esa vía, intentan presionar cambios en las directrices gubernamentales, la inercia del “proyecto humano” que está detrás de la modernización y el consumo de bienes y servicios continúa inamovible. Y transita así, imperturbable, porque en la agenda pública el tema del control a los límites de crecimiento a las ciudades no aparece. Habría que pensar en controles efectivos de visita de turistas (citadinos) a ciertas zonas rurales de  municipios, que acusan ya agotamiento por la presión que ejercen más y más visitantes, especialmente los fines de semana y días festivos. Y por supuesto, discutir sobre la expansión de ciudades como Cali.

Recientemente la prensa local y algunos columnistas pusieron de presente los problemas que afronta de tiempo atrás la zona de Pance, al sur de Cali, debido a un turismo irresponsable que presiona fuertemente los ecosistemas naturales presentes allí en ese concurrido territorio. Una multitud que demanda recreación, en condiciones de precariedad del Estado regional y local y en el contexto de una empobrecida conciencia y cultura ambiental, termina desbordando la capacidad de resiliencia de cualquier ecosistema y por ese camino, poniendo en riesgo la viabilidad del “proyecto de vida humana” que está detrás. Y en las denuncias y críticas a las situaciones vividas en la zona de Pance, parecen reducirse a un problema de congestión vial. Y por ello, las autoridades ya anunciaron que la solución a los trancones viales está en ampliar la vía que conduce de La Vorágine hasta el pueblo de Pance. Todos sabemos que ese no es el único problema. Es la típica respuesta de quienes hacen parte de un proyecto de vida humana que está por encima de cualquier consideración ecológica y ambiental.

Además de un urgente cambio cultural generalizado que las élites política y empresarial deberían asumir, y en general el que debe asumir esa insaciable sociedad de consumo, ya viene siendo hora de que los seres humanos en esta parte del mundo discutan la posibilidad de frenar la reproducción humana por un espacio de tiempo, en aras de permitir que los ecosistemas naturales afectados por la acción humana, se recuperen. Es posible que a menos gente, y con una mayor conciencia ambiental (cambio cultural profundo), valiosos ecosistemas naturales puedan conservarse y recuperarse, para el goce visual, estético y recreativo, en condiciones que eviten conflictos socio ambientales e incluso, problemas de orden público asociados a la escasez de recursos y del uso adecuado de espacios de esparcimiento.

Comments are closed.