Miento, luego existo

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Por Mauricio Cabrera Galvis

¿Qué impulsa a un personaje público a mentir inventando hechos sin pruebas ni sustento? ¿Por qué una persona que ha alcanzado los más altos cargos del Estado dice y repite mentiras tan evidentes que acaban minando su propio prestigio? ¿Cuáles son los motivos por los que una persona llega a convertirse en mitómano y mentiroso consuetudinario?

Es claro que estas preguntas se refieren a la estrategia que ha adoptado el expresidente senador, y replicada por sus acólitos, para oponerse a todo lo que haga el gobierno de Santos y sobretodo al proceso de paz con la guerrilla. Aplican con buen éxito el aforismo atribuido a Voltaire: “calumniad, calumniad que algo quedará”

¿Por qué lo hacen? Se pensaba que podía ser la reacción explicable de un hijo que no acepta ninguna negociación con los asesinos de su padre y solo busca su derrota militar a cualquier costo. Pero esta hipótesis del motivo venganza ha quedado descartada con las revelaciones recientes de los múltiples intentos que hizo el expresidente de los falsos positivos para negociar con “lafar”, incluyendo el ofrecimiento de una zona de despeje para las conversaciones.

De estas revelaciones surge otra posible explicación que sería una especia de celos políticos, es decir ese sentimiento de envidia ante la posibilidad de que otro presidente pueda lograr lo que él intentó por todos los medios y no pudo alcanzar. Es sabido que los celos pueden inducir conductas obsesivo-compulsivas y llevan a imaginar hechos y evento que no ocurren en la realidad, como por ejemplo repetir y repetir que Santos es un peligroso comunista que le va a entregar el país al castro-chavismo. Si este fuera el origen patológico de las mentiras, no corresponde tratarlo a los analista políticos sino a los psiquiatras.

En el campo político otra razón para mentir puede ser la vieja estrategia de que la mejor defensa es el ataque, en los casos en que se recurre a inventar historias como cortina de humo para distraer la atención de las acusaciones por los propios delitos. Eso fue exactamente lo que sucedió con las calumnias del ingreso de millones de dólares a la campaña de Santos. Nunca se presentó una sola prueba de esas acusaciones, pero si fueron muy útiles para que pasara a un segundo plano todo el escándalo del hacker contratado por la campaña de Zuluaga para chuzar a su rival.

Una de las últimas mentiras del expresidente al que apoyaron los paramilitares es que el gobierno va a expropiar 20 millones de hectáreas de propietarios agrícolas para entregarla a “lafar” y sus aliados. Por supuesto es una afirmación totalmente falsa pues lo cierto es que no se le ha aceptado nada nuevo a la guerrilla y solo se van a aplicar los mecanismos de expropiación que existen en la Constitución desde hace décadas para las tierras improductivas u obtenidas ilegalmente.

En este caso la mentira puede servir para defender los intereses de los amigos del mentiroso, quienes sienten la amenaza de perder sus extensas propiedades arrebatadas a sangre y fuego a los campesinos.

Como en un test de respuesta múltiple, la respuesta correcta puede ser “todas las anteriores”. En cualquier caso lo cierto es que la repetición continua de las mentiras, y su amplia difusión por los medios de comunicación ávidos de chivas y escándalos, tiene un efecto político importante al darle visibilidad y protagonismo a personajes que ya deberían haber pasado a la historia. Parodiando a Descartes, se trata de una nueva filosofía política: ¡Miento, luego existo!.

Por Mauricio Cabrera Galvis

*Olapolítica.com

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