Modernización para unos y lamentos de otros

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Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Recientemente, voceros representativos de la dirigencia local y regional han  argumentado a favor de la situación positiva por la que atraviesan la Ciudad y el Departamento, en el contexto nacional, en controversia con opiniones críticas que destacan problemas en la situación económica, política y social de la sociedad regional. En medio de este debate que es sano y se debería profundizar públicamente, se presenta un deslizamiento de tierra en el barrio Siloé que deja seis personas fallecidas. Este lamentable hecho, para cualquiera de las partes es inadmisible, máxime en una ciudad que se promueve como “competitiva”, “innovadora” y abierta al mercado internacional. Algo está mal en la manera como se planifica, se controla y se evalua el acontecer de la ciudad y de la región. Nuestra modernización es ambigua y se promueve como positiva cuando algunos sectores sociales se benefician, mientras que otros, al mismo tiempo, tienen que lamentarse de sus condiciones de vida y de los riesgos que corren ante fenomenos que pueden ser previsibles y controlables como es el caso de los derrumbes. El problema es también inadmisible cuando catastrofes similares se presentan periódicamente y parece que nos tomaran de sorpresa. En el fondo, no enfrentamos las condiciones concretas de la modernización con un sentido ético y político que privilegie los intereses colectivos y propenda por atender de manera prioritaria la situación de los más desprotegidos, es decir, con un sentido moderno. Hacia adelante, es fundamental proponerse metas, para la ciudad y la región, que propendan por su sostenibilidad, ambiental, económica, política y social, para ésta y las futuras generaciones.

El caso del Jarillón del río Cauca es un buen ejemplo de un problema en el que la solución no se ha abordado de manera integral. Es cierto que hay un convencimiento del enorme riesgo que presenta la posibilidad de la ruptura del jarillón para casi la tercera parte de la población de la ciudad. Existe por lo tanto urgencia de reacondicionarlo. Pero este no es un problama exclusivamente de ingeniería civil y de inversión en obras. Allí hay una población asentada, que tiene derechos sobre el suelo y sus viviendas. Ante la emergencia debe ser reubicada, pero atendiendo a la dignidad de la población (no son invasores), a sus derechos adquiridos que deben ser compensados con viviendas como las que han tenido por varios años (no con dinero). En otras palabras, hay un tema social humano que se debe privilegiar. Atendiendo la información que se conoce públicamente, la reubicación de la población no se ha hecho de la mejor manera, mostrando una vez más la precariedad del sentido ético y político con el que enfrentamos los problemas de la ciudad y los ideales con los que queremos construir ciudadanía.

Existe otro caso al cual se le ha dado muchas vueltas en los últimos cinco años, por lo menos, sin que se puedan observar soluciones de fondo en favor del conjunto de la ciudad. Se trata del problema del agua. De nuevo se refleja la precariedad de nuestra modernización. Afecta la inversión empresarial, pero de manera especial a todos los ciudadanos, especialmente a los más pobres. No se conocen públicamente soluciones de largo plazo para el abastecimiento del líquido, con las que el alcalde de turno se comprometa. Seguramente a sabiendas de que no se obtienen réditos políticos tangibles, precisamente porque son inversiones de largo plazo. Las soluciones que se conocen son paños de agua tibia, para no mencionar en detalle la construcción de piscinas que permiten el abastecimiento de 24 horas de la cuidad, paradójicamente cuando llueve y las plantas de tratamiento del agua quedan fuera de servicio. Más allá del abastecimiento de agua para el acueducto, está todo el problema de las aguas servidas, del alcantarillado y de los vertimientos de regreso al río Cauca.

No considero que la situación de la ciudad y del Departamento sea cada vez peor. Por el contrario, me parece que estamos entrando en una nueva fase que tiene elementos positivos. Lo que sí creo es que faltan “ideas fuerza” sobre los principales problemas de la ciudad que permitan construir futuro con sentido colectivo. Habría que comprometer a las autoridades locales y regionales con estas “ideas fuerza” que pueden tener un impacto colectivo significativo en el largo plazo, que seguramente no son bien vistas por los pobladores y los políticos que miran el corto plazo. Los problemas que emergen a futuro son distintos. Los recursos inagotables que tuvimos se van a tornar escasos y estamos obligados todos “vivir juntos”, en medio de diferencias que se deben procesar de manera civilizada.

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